Veto al voto

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La principal organización de campesinos de Bolivia ha anunciado que se propone controlar a sus afiliados,  gran parte de los cuales vive en las áreas rurales del país, para que voten verticalmente por los candidatos del partido de gobierno. Bajo ese razonamiento,  quien en las elecciones del 12 de octubre vote por el presidente Evo Morales (opción cuya legalidad es aún discutida), lo hará también por el candidato del partido en todas las circunscripciones electorales. Una forma ciega de voto cascada.  

La instrucción causa inquietud entre quienes creen que el voto es una manifestación suprema de la libertad individual y juzgan que condicionarlo es vetar un derecho elemental. En la otra esquina, los defensores de ese control dicen que se trata de una manifestación de la vida comunitaria que debe ser respetada.  En una reciente declaración el Vicepresidente García Linera defendió la iniciativa como un “control moral”, expresión de la que denominó como “democracia comunitaria”  enmarcada en la Constitución.

La práctica de controlar el voto no es nueva. Existía desde la instauración del voto universal, hace más de 60 años. Hay, incluso, algunas ocurrencias en elecciones recientes, cuando algunos votantes fueron acompañados hasta la caseta de emisión del voto por supuestos asesores que ayudarían en ese ejercicio democrático.  Ahora se la presenta como un mandato forzoso de sindicatos adscritos al partido de gobierno.

Sobre llovido mojado. El anuncio se suma a la sensación de inevitabilidad que parece ganar espacio al aproximarse las elecciones el 12 de octubre. De esa sensación, mal augurio para las cimientos colectivos de democracia, son responsables en gran medida los dirigentes que discrepan de la necesidad de enfrentar los comicios con una fórmula unitaria capaz de abrir una alternativa válida, incluso para un período difícil como el que empieza a asomar, con nuestros vecinos en dificultades económicas (Brasil para de crecer y, con la “avalancha Marina”,  es posible un cambio en el timón brasileño,  mientras Argentina tiene el  cuello amenazado por una inflación agobiante, segunda en la región después de la de Venezuela).  Si ellos se resfrían, nosotros corremos el riesgo de una pulmonía, dice un adagio.

Con las perspectivas de voto controlado, fuerzas políticas dispersas y un afán hegemónico manifiesto, es como si el país entrara a una tormenta que arrecia sin paraguas protector. 

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