El volcán venezolano

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Las multitudes que el pasado fin de semana vaciaron los escaparates de electro-domésticos en Venezuela semejan heraldos de la agonía que parece rodear a un gobierno y un sistema hasta ahora incapaces de conducir al país petrolero más rico de América Latina por la ruta de bienestar y progreso que lo elude desde hace décadas. No se ve luz al final del túnel. En los días que vienen la situación de ese país puede empeorar y llegar a una violencia mayor que nadie racionalmente desea.

El otorgamiento de poderes extraordinarios al presidente Nicolás Maduro aprobado por el Poder Legislativo es un elemento irritante adicional. Poderes semejantes fueron concedidos al fallecido Hugo Chávez y no sirvieron para detener la crisis que ahora amenaza al gobierno bolivariano. El regocijo con la repartija que estalló a partir del grito de Maduro para “vaciar los anaqueles” deberá acabar pronto, cuando no quede nada por liquidar. Para entonces es posible que muchos perciban que se comieron la gallina de los huevos de oro. Tendrán nuevos bienes pero sobre la mesa faltará el pan. En ese cuadro, no es improbable un ajuste de cuentas con los responsables de la decepción por haber creído que los bienes adquiridos a precio de costo, o tal vez aún por menos, eran un bono que en nada agravaría la rutina de la ya difícil vida diaria.

Las nubes que oscurecen el cielo bolivariano han crispado los nervios de las cancillerías de la región, particularmente las del ALBA, que incluye a Bolivia, que apuestan a revivir el socialismo que sucumbió con la caída del Muro de Berlín hace más de 20 años.

La crisis venezolana es aleccionadora y vuelve pertinente una pregunta: ¿Puede una sociedad crecer con cierta armonía y resolver al mismo tiempo sus problemas mayores (educación, empleo digno, salud, vivienda, infraestructura) sin provocar estallidos por la impaciencia de los de la base de la pirámide que quieren avanzar más rápido? La clave, dicen sociólogos y economistas, está en robustecer la clase media, pero curiosamente no es fácil hacerlo sin provocar las reacciones disparadas por la impaciencia de la base que, a medida que el desarrollo cobra impulso, la vuelve más consciente de su propia marginalidad y a menudo se vuelca a las calles. Los disturbios en Chile, primero, y en Brasil, después, parecen un ejemplo a tomar en cuenta.

En la segunda mitad del siglo pasado, Venezuela parecía encaminada raudamente a convertirse en un país efectivamente rico. Entre los primeros productores mundiales de petróleo, en la punta del norte sudamericano, sobre el Caribe, con Europa al frente y Estados Unidos y México al costado, Venezuela parecía contar con todo para ser feliz. Los economistas y críticos de la conducción de Venezuela dicen que el declive acelerado se dio con el gasto público a manos llenas que imprimió Carlos Andrés Pérez a su primer gobierno (1974-79). Ese modelo colapsó pocos años después con la caída de precios del petróleo, la que detonó una crisis que, dos intentonas golpistas mediante, acabó catapultando la elección de Hugo Chávez.

Con una inflación de un 50% rumbo a batir el récord mundial al son del circulante que traen las “utilidades” (aguinaldo), sumada a una escasez creciente de alimentos y de divisas que ha multiplicado por diez el valor del dólar en el mercado negro, no son muchos los que apuestan que los que vienen seránmeses de tranquilidad.

Posiblemente consciente de la necesidad de calmar la tormenta que provocó su llamado, Maduro ha exhortado a los comerciantes minoristas (“yo les pago”) a que vendan barato (no especificó cuánto es barato). De hecho, no ha habido mayores tumultos esta semana. Con elecciones municipales con sabor plebiscitario el 8 de diciembre, nadie está seguro (se lo percibe en los medios venezolanos) de que la aparente calma esté consolidada.

En un artículo en El Nacional, de Caracas, el jesuita Luis Ugalde, rector de la Universidad Católica Andrés Bello, resumía el pasado jueves el clima de incertidumbre que se vive en su país: “Vivimos un caos planificado para destruir el capitalismo y el éxito es tal que se va destruyendo la sociedad…”

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