Sube y baja del analfabetismo

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Hace cinco años, el gobierno divulgó una noticia que alegró al país y lo llenó de optimismo: bajo los datos de la Unesco, Bolivia podía ser considerada una nación libre de analfabetismo. Al cabo de muchos esfuerzos y campañas, el número de bolivianos que no sabía ni leer ni escribir equivalía al 3,77% de la población mayor de 15  años. Era un salto notable, pues a principios de siglo la cifra bordeaba el 14% y éramos el país sudamericano con mayor porcentaje de analfabetos.

Los datos más recientes sobre la cuestión muestran un grave retroceso: el porcentaje de analfabetos en Bolivia es superior al anunciado hace un quinquenio. Ese segmento representa el 5,02% de la población y deja al país fuera de la franja de seguridad que permitió al gobierno divulgar la hazaña de haber alcanzado un porcentaje de alfabetización cercano a 100. La nueva información es resultado del censo del año pasado, uno de cuyos efectos más visibles ha sido poner en duda la credibilidad de los datos estadísticos que de él han surgido y enyesar a la población de La Paz en un paro compacto y masivo el miércoles pasado. 

El grado de alfabetización de una sociedad mide su desarrollo y su potencial de progreso económico y social.  La decepción que representan los nuevos datos ha llevado al Ministerio de Educación a anunciar un “plan de emergencia” (La Razón, 8-8-2013) para reubicar al país hasta fines de año en el grupo cada vez mayor de países libres del freno del analfabetismo.

Los datos sociales no cambian de la noche a la mañana y es ilusorio afirmar que en tres meses el país conseguirá que cerca de 400.000 bolivianos aprendan a leer y escribir. En hipótesis, podría llegarse a la meta. Pero erradicar el analfabetismo no es solamente enseñar lectura y escritura. Ese es apenas el comienzo. Es preciso que los alfabetizados mantengan y consoliden el hábito de leer y el interés por el conocimiento que de ese hábito deriva. Ruptura con un mundo de oscuridad, ese  hábito es indispensable para vivir bien y está en la base de una sociedad: surge de la familia, de la escuela, del ambiente social y del apoyo del estado y de los líderes. Es entonces que nace la “masa crítica” de una sociedad que permite prosperar en todas las direcciones y que la consolida. En una época dominada por la difusión de la información y el conocimiento, la tarea de enseñar lo más elemental debería ser menos complicada de lo que fue en décadas pasadas. Allí donde hay quienes se jactan de no haber cursado la primaria o de no haber asistido a la universidad, las dificultades para avanzar son más empinadas,  aunque no son imbatibles.

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