Récords no registrados

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Hace algunos años, Mariano Baptista Gumucio escribió un trabajo que llamó “El país tranca, la burocratización de Bolivia”. Abordaba las normas que hacen de los trámites legales un infierno burocrático que trancan iniciativas de todo tipo, incluso algunas que podían haber sido beneficiosas de no haber sido interrumpidas por las “normativas” (normas, por favor) que los funcionarios doctos en trancar se regodean en aplicar. Hay otra forma de trancas más agresivas y peligrosas cuya magnitud empieza a ser objeto de cálculos que exhiben los daños que causan a la economía de todos: los conflictos que atormentan al ciudadano. Esos  conflictos casi inevitablemente se traducen en bloqueos callejeros y, otras veces, en violencia. Bolivia ostenta récords nada privilegiados de inestabilidad.

Un estudio de Fundación Milenio ilustra la gravedad de los conflictos sobre la economía boliviana. Milenio nos dice que en 2012 tuvimos 745 eventos conflictivos. Un promedio de 62 por mes, uno cada dos días. El ritmo es alto para una sociedad que necesita armonía para progresar y el daño mayor al que causa la mediterrraneidad. Con todo, es menor al índice de 2011, cuando hubo 73 conflictos por mes (dos y medio por día), 876 en todo el año y un récord de más de 40 años, desde que el “conflictómetro” empezó a funcionar.

Pese a lo debilitada que parezca, nuestra  “conflictometría” de 2012 no es para subestimarla: supera a todo el promedio de los siete años del gobierno del propio presidente Morales: 55,3 conflictos por mes. Un consuelo podría ser que el número de conflictos es inferior al del el gobierno de Hernán Siles Zuazo, quien estuvo, sin embargo, menos de tres años Palacio Quemado, y al que tuvo Carlos Mesa, que duró 20 meses.

Milenio cuantifica que en el período 2006-2012, los conflictos, de huelgas a bloqueos, evitaron que el Producto Interno Bruto boliviano (la suma total de la actividad económica) creciera un 16 por ciento. Es retroceder cuando menos tres a cuatro años. Sin conflictos la pobreza sería menor y habríamos acortado la distancia que nos separa de nuestros vecinos. En lugar de un producto interno bruto que oscila los 30.000 millones de dólares, habríamos sobrepasado ese nivel y nos encaminaríamos a los 40.000 millones de dólares.

¿Vale algo este razonamiento para los bloqueadores y para los adictos al conflicto? Uno esperaría que sí.

Se puede concluir que los conflictos atentan contra el país; son una conjura contra todos. Muestran una sociedad desordenada y atenazada por todos sus cuatro costados. Vienen a la mente cuando se quiere promocionar al país turísticamente. Deberían pensarlo quienes patrocinan rutas transoceánicas o carreras de vehículos. Imagine algunos ejemplos de eventos publicitados que vendrían al caso y tendrán la razón. No sólo los paisajes promocionan. La tranquilidad interna es la mejor convocatoria.

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