Día: abril 18, 2013

¿La hora del bravo pueblo o la búsqueda de un Vildoso?

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Henrique Capriles podría alegrarse de no haber vencido. Admitamos que Nicolás Maduro ganó limpiamente la elección del 14 de abril. Ocurre que el candidato opositor se ha agigantado en un avispero económico y social del que es responsable el gobierno que representa Maduro y que éste (tampoco Capriles) parece capaz de controlar.  El líder opositor tiene a por lo menos la mitad de la población a su lado y ese número tenderá a crecer con el probable retorno a la rutina de la escasez y de los apagones, para los cuales no hay solución inmediata a la vista. Eso, en sí, vuelve difícil un gobierno de Maduro.

El precio promedio de los crudos venezolanos oscila estos días los 100 dólares el barril. Sería bonanza aún para un país que requiere de un precio de 90 dólares para mantener a su industria a flote, pero insuficiente para el crecimiento exponencial de los gastos públicos. Los precios han estado en declive en las últimas semanas debido a un crecimiento económico de China menor al previsto y a que Estados Unidos importa menos porque produce más. Después de Estados Unidos, China encabeza la lista de  compradores de petróleo venezolano, con más de 600.000 barriles diarios, de los cuales un tercio amortiza pagos anticipados. Una deuda púbica creciente, del Estado y de la empresa gana-pan PDVSA, agravan un círculo ceñido por la violencia responsable de unas 20.000 muertes el año pasado, uno de los peores índices del mundo.

La escasez de alimentos, la presión por divisas para importaciones, las expectativas de su propio electorado y la necesidad de restar fuerza a los reclamos de la oposición que encabeza Capriles apuntan hacia la única fuente capaz de incrementar los ingresos del estado de inmediato: el precio ridículo de la gasolina (20 litros equivalen a siete bolivianos). Tocar la gasolina puede resultar explosivo. Lo sabía Hugo Chávez, quien surgió a la vida pública al reprimir “el caracazo” de hace 24 años provocado por  una mínima alteración del precio. Los venezolanos pueden estar dispuestos a todo, menos a que le toquen el precio de algo que consideran que les debe ser gratuito, o casi.

Con una inflación que bordea el 30%, no es ninguna sorpresa que la previsión del crecimiento de la economía venezolana en 2013 que hacen organismos internacionales hubiese bajado drásticamente de 3,3% para 0,1%. (Para Bolivia la previsión es de 4,8%, menor que la de 5% de principios de año). La negativa de Consejo Nacional Electoral de aceptar un recuento total de votos y la precipitada proclamación de Maduro como vencedor puede basarse en un punto: ¿Qué hacer si se confirman las denuncias de irregularidades?

Una pregunta más angustiosa todavía es la actitud que puedan asumir los militares. Cuando en Bolivia se agotaron las opciones de las dictaduras, hubo un general que se atrevió a dar un paso que parecía imposible: asumió el mando y en poco más de dos meses completó la transferencia del gobierno a las fuerzas civiles y al ganador de las elecciones de 1980. La situación venezolana es muy diferente, pero en estos momentos pueden caber todas las hipótesis. Uno puede preguntarse si del “bravo pueblo” al que da glorias el himno nacional surgirá un general Guido Vildoso.

Internacionalmente, el cuadro venezolano es más complejo que el de Bolivia en 1982. La supervivencia del régimen boliviano no era vital para ninguno de sus vecinos.  La Venezuela de hoy encabeza el grupo de regímenes del ALBA y es pivote de UNASUR.  Cuba está muy presente en la vida del vecino país. Las misiones de decenas de miles médicos cubanos sustentan las obras sociales, por las cuales Venezuela paga con petróleo: entre 100.000 y 115.000 barriles diarios.

Ese intercambio, en el que el petróleo es entregado a precio menor al del mercado, es fundamental para la economía cubana. Una dirección diferente de la brújula política venezolana colocaría a Cuba al borde de otro “período especial” como el que sobrevino tras la caída de la ahora ex Unión Soviética. Venezuela está al norte de Sudamérica, pero las ramificaciones de la crisis en que se encuentra se extienden mucho más allá de su geografía: bajan hacia el sur y cubren gran parte del Caribe.

Ley del Talión

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La licencia para matar sicarios otorgada por el Ministro de Gobierno equivale a una capitulación ante el crimen, organizado o desorganizado, que sacude a Santa Cruz. El Ministro Romero, generalmente mejor articulado y más sereno que otras autoridades, dijo este miércoles, horrorizado por el asesinato de una persona en el centro de Santa Cruz, a pocos metros del Parque Urbano, que la policía estaba autorizada a disparar contra los sicarios sorprendidos in fraganti  que se resistan a obedecer las órdenes policiales.
La muerte del ciudadano Honorio Rodríguez fue registrada por una cámara de seguridad y con su divulgación por las redes de TV todo el país fue enfrentado a una realidad que parecía pertenecer a Tijuana, en México, o a Medellín, en la Colombia en la década de 1980. Santa Cruz estaría rumbo a una “tijuanización”.
Sin vueltas, el ministro Romero ordenó aplicar la Ley del Talión (ojo por ojo, diente por diente): como los asesinos tienen sangre fría para matar “yo quiero que se les aplique la ley de fuga”.
Con esa orden, capaz de generar ejecuciones tan nauseantes como las que hemos presenciado por TV en los últimos días, el Ministro reconoce la impotencia de los servicios de seguridad de brindar una protección adecuada a la ciudadanía ante la oleada criminal que sufre Santa Cruz.
No fue el “ojo por ojo” la norma que devolvió los niveles normales de seguridad a Medellín. Fue la preparación adecuada de sus policías y la reorganización drástica de los sistemas de seguridad pública.
Algunas “favelas” en Río de Janeiro fueron pacificadas con la instalación de la “policía comunitaria” en las que ciudadanos y policías trabajan mano a mano para combatir la delincuencia. La norma draconiana anunciada por el Ministro Romero acaba de abrir un nuevo debate sobre la inseguridad pública que crece en Santa Cruz.