Para un ex sacerdote

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Hace algunas noches escuché por TV a un ex sacerdote comentar con mucho pesimismo la elección del cardenal Jorge Mario Bergoglio como Pontífice y vaticinar días muy difíciles para la Iglesia Católica. Desde entonces he leído informes e informaciones por doquier sobre la participación del Papa Francisco a favor de los perseguidos por la dictadura argentina, incluso los esfuerzos que realizó a favor de dos jesuitas, a quienes el ex sacerdote (dejó de ejercer formalmente por vountad propia hace muchos años)  mencionó en la entrevista que le hacia la televisión. Esos informes incluyen testimonios de personas de impecable militancia “progresista” como Adolfo Pérez Esquivel, argentino como Francisco. No escuché ninguna expresión del mismo ex sacerdote que suavizara sus opiniones, menos para explicarlas, pues salvo algunas voces extremadamente radicales, los episodios que provocaron el comentario mencionado han sido aclarados: Francisco hizo todo cuanto pudo, dentro, de incluso fuera, de los  límites que, bajo regímenes de la verdad única, era posible.
Recordé las palabras inusitadamente duras del ex sacerdote (con fuertes vínculos con el primero,  segundo y tercer círculos del gobierno) cuando, gracias a un amigo, leí un artículo-testimonio en el diario El País, de Montevideo, registrado ayer domingo. Lo tomo de la edición digital de aquel importante diario uruguayo:

Fui testigo

Jorge Scuro | Montevideo

@| “En febrero de 1966 ingresé en el Colegio Máximo de San Miguel, Seminario de la Compañía de Jesús en Buenos Aires y conocí a Jorge Mario Bergoglio; él tenía 29 años y yo 24. Trabajé junto a él en la cátedra de Metodología de la investigación científica hasta 1969 y fundamos una amistad que se perpetuó en el tiempo.

Volvimos a encontrarnos en otras condiciones. El Jueves Santo de 1975, mientras celebraba la liturgia, las Fuerzas Conjuntas detuvieron a Carlos Meharu, provincial, y a otros cinco jesuitas entre los que se encontraba Luis `Perico` Pérez Aguirre y treinta y tres laicos. Las circunstancias me llevaron a hacerme cargo del tema. La primera llamada fue a Carlos Mullin, obispo de Minas, a quien nunca vi retroceder ante ninguna adversidad. Llamó al Gral. Vadora: `Si no los libera el Domingo de Pascuas con las iglesias repletas hago leer un comunicado del Episcopado entablando juicio eclesiástico al Estado uruguayo`. Vadora redobló la apuesta y amenazó con poner soldados en las puertas de todas las iglesias, capillas y colegios de la República. La respuesta de Mullin fue fulminante: `Ud. no tiene fuerzas para controlar todos esos lugares entre las seis de la mañana y las nueve de la noche`.

El Sábado Santo empezaron a liberar a los laicos menores. Se nos informó que el lunes se retomaría el tema, pero que a Perico y a Meharu los pasarían a la Justicia militar. Entonces me fui a Buenos Aires. Bergoglio ya era provincial de los jesuitas. Nos encontramos en un bar de Corrientes y Callao. No me pidió detalles. Decidimos que había que lograr la intervención del superior general de la Compañía, el padre Arrupe. `Esperame en la puerta del Salvador, necesito conseguir un auto`. Volvió en un ratito, se sacó el cuello romano y lo metió en la guantera. Dimos vueltas por Buenos Aires en busca de una cabina telefónica segura. Terminamos en una de Avellaneda. Se comunicó con Arrupe y me pasó el teléfono para que yo le explicara. Le pedí que pidiera a la Santa Sede que enviara telegramas al Presidente, ministros del Interior y Defensa y a las FF.CC.

El lunes a primera hora llegaron todos los telegramas. Siguieron liberando a los laicos, los jesuitas y el martes por la mañana sin más trámite a Pérez Aguirre y Meharu.

Pasaron muchos años. En 1997, imprevistamente, me viene a ver Juan Luis Moyano, el viceprovincial argentino de los jesuitas, para pedirme que reciba a Orlando Yorio, uno de los jesuitas argentinos, junto a Francisco Jalics, secuestrado en 1976, de quienes tanto se ha hablado en los últimos días. Ambos, junto a Luis Dourron fueron mis compañeros y amigos durante los años de seminario. Jalics se radicó en Alemania, hasta hoy. Nunca escuché una sola palabra de reproche ni resentimiento en privado o en público contra el hoy Papa Francisco. En cambio Yorio, recuperada la democracia, volvió a la Argentina y fue nombrado párroco en Berazategui.

Un día, sufrió un atentado, pero quien resultó muerto fue su teniente cura, un joven sacerdote.

Instalamos a Yorio en una casita en la Costa de Oro y al poco tiempo Mons. Gottardi le confió la parroquia de Santa Bernardita, en Avenida Italia. Nos volvimos a tratar con frecuencia y conversamos mucho. Falleció tres años más tarde, el 9 de agosto de 2000.

Hay quienes hacen gárgaras con los dolores ajenos. Que se animen a presentar pruebas y no suspicacias, el que se sienta libre de errores que acuse con evidencias. Siento a Francisco como uno más de nosotros. ¿No era eso lo que queríamos? ¿O esperábamos al Arcángel Gabriel?”

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3 comentarios sobre “Para un ex sacerdote

    Jaime escribió:
    marzo 26, 2013 en 10:38 am

    Una vez escuché decir a José Ros (ex jesuita) que no hay ex sacerdote. Uno recibe los sacramentos, dijo él, para toda la vida. Lo que no sé es como se los deben llamar entonces.

      haroldolmos respondido:
      marzo 26, 2013 en 11:32 am

      Tiene razón. No se puede decir “ex médico” pues nunca dejará de serlo. En este caso creo que se aplica a quenes dejan de ejercer el sacerdocio formalmente,si bien no pierden las órdenes con las que fueron consagrados. En verdad, esto suele ser una dificultad para la descripción en un menor número de palabras. No se puede decir que “se alejó de las funciones sacerdotales oficiales, y repetirlo cada vez que debe ocurrir una referencia directa a la persona. Pero supongo que debe existir algún término, que exprese esa condición y lo buscaré. Disculpas.

        haroldolmos respondido:
        marzo 27, 2013 en 4:39 pm

        No existe, en el lenguaje común (y desconozco si existe en alguna otra forma de lenguaje) una denominación específica equivalente a “ex curas”. . El sacramento (orden sagrado) que reciben no es “eliminable”, así como un bautizado no puede ser “desbautizado”. Pueen, sin embargo, excluirse o obtener licencia para hacerlo, de los ritos formales.

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