Laberinto en Venezuela

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Los venezolanos solían notar con orgullo que en su país los militares estaban sujetos al poder político y que los ministros de defensa eran removidos del cargo anualmente sin ningún bullicio. En otras partes, el cambio, la designación del Ministro de la Defensa y los destinos de los oficiales solían estar acompañados de tensiones políticas. En la Venezuela democrática los militares respetaban la subordinación al poder civil.
Esa era la tradición. Cuando se reinstaló la democracia en 1958, derrocado el dictador Marcos Pérez Jiménez, “los hombres de Punto Fijo” (Rómulo Betancourt, Rafael Caldera, Jóvito Villalba y Luis Beltrán Prieto en primera línea) quisieron apartar a las fuerzas armadas del dominio político. Las mantuvieron como factor importante de poder, sin ejercicio político, salvo el Ministerio de Defensa, en el nombramiento de cuyo titular siempre tuvieron la primera y la última palabra. La fórmula persistió hasta el ascenso del Tcnl. Hugo Chávez, quien llegó al Palacio de Miraflores con un discurso reminiscente del que había postulado sin éxito el general peruano Juan Velasco Alvarado y que, según se lee en informes filtrados desde Venezuela, aún está latente.
Tras el fugaz golpe que lo apartó horas de la presidencia, Chávez buscó una inspiración más radical en Cuba, tradicionalmente un rival geopolítico venezolano en la estratégica región del Caribe. Desde entonces los destinos políticos de los dos países ensamblaron. La ostensible rivalidad de antaño puede pesar en la incomodidad de círculos militares venezolanos con la presencia influyente del gobierno cubano en el régimen chavista. Es sintomático que en los últimos meses hayan proliferado documentos atribuidos a grupos militares contrarios a Chávez en los que se critica el control decisivo que se atribuye a la inteligencia cubana sobre áreas estratégicas de Venezuela. Se especula que en ese descontento medra el nacionalismo de antaño.
Para mantener secretos los detalles importantes del cáncer que se le descubrió hace veinte meses, Chávez prefirió Cuba antes que otras opciones, incluso la propia Venezuela, que le sugerían galenos de prestigio mundial. La decisión fue políticamente correcta pues en Cuba Chávez estuvo como en una cripta como en Venezuela, aunque médicamente inapropiada para el tipo de cáncer que lo atacó. Un médico boliviano que vivió muchos años en Venezuela me dijo que colegas suyos le habían asegurado que, al retornar de Cuba, el comandante había perdido entre 32 y 35 kilos. Para un hombre como Chávez, que en apariencia pesaba unos 90 kilos, perder en dos meses un tercio de su peso reviste una gravedad extrema, quizá suficiente para que su personal médico y político trabara el paso a su colega del alma Evo Morales. Curiosa similitud con Bolívar, de quien algunos de los seguidores más fanáticos de Chávez dicen que es su reencarnación. El Libertador pesaba 47 kilos antes de morir en patria extranjera, en la localidad colombiana de San Pedro Alejandrino.
Ese impedimento ha dicho más que los partes oficiales sobre la salud del comandante. “Me pregunto por qué un presidente, de quien se dice que ha estado cinco horas dictando medidas, discutiendo y conversando con sus allegados más próximos, no hubiese podido dedicar un solo minuto al presidente Morales”, me escribió un amigo de la región de los Andes venezolanos.
Con la enfermedad sin remisión y en medio de rumores en todas las esquinas, es posible pensar que los venezolanos, incluso los del núcleo duro del chavismo, empiezan a preguntarse por qué se les mintió. “Estoy como una uva”, se ufanó el 10 de junio del año pasado, antes de inscribirse como candidato a la reelección. En cuestiones de la naturaleza, tarde o temprano los informes oficiales imprecisos o incorrectos enfrentan la realidad de la finitud humana. Y ahora muchos venezolanos empiezan cada jornada angustiados por el temor de que tal vez esa sea la última con el comandante.

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