Día: noviembre 11, 2012

¿Qué hace una bandera boliviana en un puerto de Ghana?-Actualización

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Me sorprendió ver que una bandera boliviana flamea al lado de la de Argentina y la de Venezuela en el barco Libertad de la armada argentina detenido en Accra por orden de un juez que dio curso a la demanda de acreedores del vecino país que reclaman el pago de 1.300 millones de dólares. Si Uds. oprimen aquí verán la nave y las inconfundibles tres banderas.

¿Es un acto solidario de los otros dos países con la acosada Argentina que desde hace una década mantiene una disputa con tenedores de bonos argentinos? ¿Qué riesgos conlleva esa actitud? O ¿es que había oficiales de la fuerza naval de los otros dos países en la nave? A esa supuesta solidaridad  no se han sumado otras naciones del continente? Urge una explicación.

La disputa se  había vuelto más álgida este fin de semana cuando los tripulantes de la nave exhibieron sus armas para evitar que las autoridades del puerto africano la abordasen para trasladarla a otro muelle.

Actualización:

En la fragata había cuando menos 36 tripulantes extranjeros invitados de varios países, entre ellos de Bolivia. Me gustaría -al igual que a los lectores de este blog- saber si algún medio nacional trajo la nómina de los bolivianos. Un párrafo de la noticia de un diario chileno (El Mundo) decía hace unos días al informar sobre la autorización para evacuar parte del personal de la nave:

Entre el personal que será repatriado se encuentran los 36 tripulantes extranjeros del buque escuela, procedentes de Uruguay, Chile, Paraguay, Bolivia, Venezuela, Brasil, Perú y Sudáfrica. 

Aniversarios sin luces

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Estos días han traído aniversarios de acontecimientos de significado mayúsculo, incluso (o especialmente) en Bolivia, pero para gran parte del mundo han pasado desapercibidos. Octubre y Noviembre son meses en los que ha quedado marcado un pedazo de nuestra historia y de la historia del mundo moderno.
No ha habido salvas al pasar 56 años de la primera gran revuelta contra el sistema comunista que entonces dominaba gran parte de Europa. Obreros, estudiantes e intelectuales húngaros salieron a las calles para apoyar a un gobierno reformista que quería romper con el stalinismo denunciado por los propios soviéticos que, sin embargo, rehusaban que sus satélites los imitaran. Eran los tiempos del Socialismo del Siglo XX, cuando la ahora fenecida Unión Soviética tenía a Europa Central en el puño. El 4 de noviembre de 1956, mil tanques rusos rodaron por las calles de Budapest y ahogaron las esperanzas libertarias e impaciencia de los húngaros, que a 11 años de acabada la II Guerra Mundial seguían tan pobres como antes mientras sus vecinos de Europa Occidental empezaban a vivir una bonanza para ellos imposible. En pocas horas las tropas rojas acallaron a los rebeldes, en cuyos últimos mensajes transmitidos por la radio de Budapest sólo pedían que les dieran armas adecuadas para defenderse, pues incluso niños disparaban pistolas ametralladoras impotentes frente a los blindados rusos. Estados Unidos consideró que Hungría no valía el riesgo de una guerra nuclear y se mantuvo ausente del conflicto.
Siete años después, en los días finales de octubre de 1963, John Kennedy ganó la partida a Nikita Khruschev, quien tuvo que abrir las cartas del póker monumental que estaba en curso con el emplazamiento de misiles nucleares en Cuba. Esta vez Estados Unidos sí estaba dispuesto a un enfrentamiento y Khruschev ordenó desmantelar los cohetes sin consultar a los líderes barbudos que pocos años antes habían asumido el control de la isla. Los historiadores dicen que Ché Guevara reprochaba a los rusos no haber apretado el botón para lanzar los cohetes con ojivas nucleares sobre Florida y Nueva York. Salvo los medios estadounidenses y europeos, en América Latina no hubo, que hubiese visto, ediciones especiales de los medios sobre ese suceso, que aflojó la guerra fría y dio paso a la “coexistencia pacífica” y a líneas de comunicación directas entre Washington y el Moscú para prevenir un holocausto nuclear. China, que entonces sostenía que Estados Unidos era un “tigre de papel”, tragó a desgano la respuesta rusa: Un tigre de papel con dientes nucleares.
El 17 de octubre pasó desapercibida la jornada en la que la entonces Bolivian Gulf era nacionalizada. También entonces los campos petrolíferos fueron ocupados por el ejército. Pasaron casi 30 años antes de que viniesen a Bolivia inversiones privadas de significación para la búsqueda y desarrollo de yacimientos petrolíferos. De no haber habido esas inversiones, es poco probable que Bolivia hubiese podido llevar adelante el proyecto de exportación de gas natural a Brasil, ahora el ombligo vital que da vida a la economía boliviana.
En los cuarteles bolivianos fue aún más silenciosa la conmemoración de los 45 años de la derrota de la guerrilla de Ernesto “Ché” Guevara en las selvas del sudeste, en octubre de 1967. Hace rato que se ordenó asignarle un bajo perfil a esa campaña y al papel del ejército boliviano, y de ser posible ignorarla. Todo en aras de las relaciones entre La Paz y La Habana.
Octubre también es el mes de la nacionalización de las minas decretada por el MNR en 1952. Poco se habla de ese paso, menos todavía del partido que lo protagonizó. El MNR solía conmemorar ese día como parte de sus banderas. Sesenta años después, parece un escombro de la historia.

Sí, nos importa

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La semana ha sido pródiga para comentaristas que hablaron sobre la elección del martes en Estados Unidos. Algunos sostuvieron que esa elección no representaba nada para Bolivia y que cualquiera que hubiese sido el resultado, ningún cambio ocurriría en las maltrechas relaciones bilaterales. Es cierto que América Latina estuvo casi totalmente ausente de la campaña. Pero una cosa es no tener mayor significación para la superpotencia que ocupa gran parte del hemisferio norte. Otra cosa es negar que los actos de nuestro vecino en el barrio también nos puedan afectar. Sólo por un instante imaginemos como real una hipótesis absurda: que los norteamericanos decidan no tomar café. Las exportaciones de Brasil se verían golpeadas y nuestro vecino, con menos ingresos, se vería forzado a comprar menos gas de Bolivia. Es fácil ver la bola de nieve que se formaría. No estamos ubicados ni en la Luna ni en Marte. La buena relación que Estados Unidos tiene con Chile, Paraguay, Perú, Colombia y Brasil proyecta, por vía de comparación, la mala relación que existe con nosotros. Eso ya es un efecto que no debemos ignorar. No podemos jactarnos de carecer de un buen relacionamiento con la principal potencia económica y militar del planeta. Mucho menos de que ese relacionamiento sea malo, en el peor nivel de la historia bilateral.
Una victoria de Mitt Romney habría privado a Barack Obama de alcanzar lo que dos predecesores notables de su partido lograron: Franklin D. Roosevelt (electo cuatro veces) y Bill Clinton. La economía estuvo en la cabeza de los votantes como cuestión prioritaria. Los 57,6 millones que votaron por el candidato perdedor quieren que la economía sea reactivada más rápida y más sólidamente. Quieren lo mismo los 60,5 millones que votaron por Obama, pero no a costa de reducir impuestos a los más ricos o con una política exterior agresiva a la que atribuyen gran parte de los problemas económicos que se han abatido sobre la única superpotencia y que afectan a todo el mundo.
Es natural suponer que los movimientos de la política externa de Obama persistirán en el énfasis sobre China (por razones económicas), en Irán (por su programa nuclear) y Corea del Norte (por razones de seguridad). La lista de interés mantendrá en la cima a los aliados tradicionales de Estados Unidos en Asia, África, Europa y el Oriente Medio y a los países de América Latina con los que mantiene una relación fuerte, política y comercialmente (México, Brasil, Chile, Perú y Colombia, entre otros). Con Cuba no se deben esperar variaciones significativas, salvo cambios internos en la isla. Como están las cosas, es improbable un cambio en la relación con Venezuela, menos con Bolivia (persiste el desagrado con la afirmación de que las relaciones con Estados Unidos son “una c…”, agregada a una cadena de declaraciones inamistosas o disparatadas, incluso la más reciente: Quienes eligen son los empresarios, concepto también utilizado por Mahmoud Ahmadinejad, de Irán.)
La victoria de Obama tiene algunas lecciones adicionales sobre las que los analistas aconsejan reflexionar. Una es que el llamado “voto latino” no es el que algunos comentaristas se regodeaban en destacar como factor que apuntalaría una victoria del candidato republicano. Fue al revés. Es un grupo importante, con cerca de 20 millones de votantes, más de ocho veces la magnitud de hace sólo unos años y representa el 11% del electorado, sólo un par de puntos porcentuales debajo de los afro-americanos, la primera minoría. Pero dos de cada tres latinos votaron por el demócrata Obama y pusieron en jaque a los grupos conservadores de origen latino que viven en Florida, estado que acabó en la bolsa del lado victorioso. Esta elección también subraya que una mayoría de latinos votó con la mirada puesta en asuntos internos inmediatos (inmigración, salud, desempleo) más que en la patria distante.