El extraño silencio de los vencedores

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Una amiga venezolana me hizo llegar un artículo de Américo Martin, un hombre de izquierda y actualmente activo columnista, con un blog en el que aparece, junto a otros, el trabajo que podrán ver a continuación. Recomiendo leer a quienes desean un análisis lúcido de lo ocurrido en Venezuela el 7 de octubre.

“Imposible” es una palabra que usan los débiles para vivir en el mundo que se les dio, sin atreverse a explorar el poder que tienen para cambiarlo. “Imposible” no es un hecho, es una opinión. “Imposible” no es una declaración, es un reto. “Imposible” es potencial. “Imposible” es Temporal, “Imposible” no es nada. Muhammad Alí

1 Aun cuando creo que el presidente Chávez ganó la elección, su ventaja sobre Capriles no es la que campaneó el CNE.

Esa victoria es algo extraña en sus consecuencias. Debió dar lugar a reacciones oficialistas que no se aprecian con claridad. Comenzaré pues con un par de preguntas: 1) ¿Por qué el 8 de octubre los vencedores no salieron a festejar el triunfo que pregonaron? Raro en\verdad. Las calles oscuras, vacías, tanto en urbanizaciones de sectores A-B-C como en barrios y poblados C-D. Si recordamos la campaña electoral, esa no reacción encaja en los actos inducidos del gobierno, su intermitencia, su por lo general modesta concurrencia, en comparación con las oleadas humanas espontáneas que salían al paso de Capriles, a razón de dos o tres por día. 2) Si se ufanaban de contar con una amplia ventaja, ¿por qué efectivos del Plan República y los fascios del chavismo depredaron Centros de Votación, presionaron a los sufragantes, impidieron el cierre de mesas, se apropiaron de la lista de los que aún no habían votado y tuvieron eldesparpajo de conducirlos en carros oficiales bajo amenaza, a votar por el comandante? No son, convengamos, las reacciones que se esperan de un ganador pero sí de quien no estando seguro de vencer le tuerce el brazo al adversario.

2 Está bien, no es mi intención denunciar un fraude. Las actas se corresponden con los votos, aunque estos hayan sido a ratos arrancados a la fuerza. Del que se viene hablando es del fraude de “Estado”, el estructural, el de un cuadro electoral que no hubiera aceptado ningún candidato en nuestro hemisferio. Con el bárbaro predominio de medios, el ventajismo desenfadado, el uso corrupto de los recursos públicos, la utilización de locales del Estado y de la fuerza militar, la compra abierta de personajes y pequeños grupos en subasta, la tolerancia del CNE al descaro de las interminables cadenas para que el Presidente, cerrado el plazo, hiciera publicidad electoral. Todo eso y más ocurrieron para favorecer a Chávez. Al conocerse el boletín del árbitro surgieron protestas indignadas pero el punto es que estas condiciones viles ya las conocíamos y sin embargo, después de ponderar como es debido la situación, decidimos entrar en las elecciones, organizarnos y votar. Esa decisión fue salvadora.

Si atendiendo a los fatalistas no hubiéramos sufragado la MUD quizá hubiese pasado a mejor vida, la oposición estaría atomizada y envuelta en violentos intercambios de acusaciones, y la consolidación de la voluntad totalitaria sería un hecho. En cambio, no sólo hay un mar de votos, sino un programa de gobierno solvente, una dirección experimentada y un líder que la personifica. ¡Difícil es construir un liderazgo! ¡Difícil destruirlo! No obstante asombra el enloquecido empeño de minarlo.
3 Minuciosos estudios se han hecho para demostrar fraudes y algo más: la imposibilidad matemática de vencer al gobierno. En el fondo del escenario lo que se asoma es un profundo pesimismo, un fatalismo derrotista, que no puede explicar por ejemplo por qué la molienda del fraude fue derrotada en Táchira y Mérida y que la oposición hubiese crecido sustancialmente respecto a las presidenciales de 2006, bastante más por cierto que el gobierno. Son números impresionantes que seguramente fueron más, si pensamos en la agresión que se descargó sobre centros electorales mal protegidos, con participación de las milicias.
Esos hechos están documentados y si pudieran no dar para afirmar que le quitaron la victoria a Capriles, sí que revelan que el potencial opositor es todavía mayor que el anunciado.

La obsesión de demostrar la “invencibilidad” de Chávez ha replanteado el tema de la abstención, fantasma jurásico que siempre sale. Habrá quien diga que en esas condiciones “no votará”. Apelaría a un suicidio seguro para prevenir una derrota improbable. Como el tipo que se corta la mano para poner el brazo al nivel del paltó que le queda corto.

Aquí no queda sino entrar con todo el brío del mundo al reto de las regionales de diciembre. El gobierno confía en la influencia que las presidenciales tendrán en ellas. Efecto “derrame” que llaman. Pero aun admitiendo esa fortaleza, fortalezas mayores presentan las candidaturas democráticas. Si aquellos fueron escogidos a dedo, éstos lo fueron por el pueblo; los del gobierno son el brazo largo del ejecutivo contra la descentralización, los de la oposición son el escudo protector de estados conscientes de que están en peligro si los invasores logran sentar sus reales en regiones importantes.

Es muy llamativo el tema de la división de candidaturas. Se suponía que el dedo era omnipotente, pero en siete estados ha sido desobedecido. Ese fraccionamiento oficialista debe favorecer la victoria democrática en lugares claves como Bolívar, Mérida y otros. Si Chávez va a meterse en el juego, deberá recordar que no es candidato y que si no pudo guardar el ritmo de Capriles en función de su aspiración personal, tendría por delante la tarea ardua de correr detrás de 24 Correcaminos. Devolver el golpe causaría un impacto de efecto disolvente en un oficialismo que no se sintió especialmente a gusto el 7-O puesto que le ahorraron al país esperables explosiones de entusiasmo, tan frecuentes en tiempos mejores.

Vamos pues a las elecciones regionales con la tenacidad del boxeador que se eleva del suelo para derrotar al rival. Caer y levantarse, es la clave del pugilismo, decía el gran Muhammad
Alí.
Y mire que tenía razón.

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