Cruzadas inconclusas

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El testimonio de Marcial Fabricano

El dirigente indígena Marcial Fabricano, conocido internacionalmente tras el flagelo que le  propinaron hace tres años quienes habían sido compañeros en la larga travesía hasta la elección del presidente Morales en 2005 y la Asamblea Constituyente  después, dice que está inconclusa la cruzada que encabezó hace 22 años.

Eligieron a Morales y hubo Asamblea Constituyente, como demandaban los nativos,  pero los objetivos, asegura, han sido distorsionados; el sueño de respeto pleno para sus derechos sobre las tierras que habitaron desde siempre está distante y muchos de  quienes los defienden son ahora enemigos del gobierno y se los persigue.

Una parodia de la conquista

En un extenso relato de su vida en el sitio http://tevetk.com/Videoteca/ del instituto Prisma, dice que los cocaleros ingresaron al codiciado lugar acogidos por los nativos quienes, en una trágica parodia de los engaños de  los conquistadores de hace cinco siglos, fueron cautivados con la hoja generadora de la cocaína, e incorporaron a algunos comunarios a su causa depredadora. Los que serían  llamados colonizadores abrieron la brecha para carcomer el territorio y convertir en pugna nacional una carretera que, dicen los críticos, acabará inmolando  ese territorio un día considerado como el Edén de las llanuras bolivianas.

“Había sido fácil” sumarse al cultivo de la coca, explicó a la presentadora Jimena Costa, a cargo del programa, una  novedad que se propone registrar el testimonio de bolivianos a quienes entrevista para que cuenten sus vidas. “De ahí es que ahora aparecen indígenas yuracarés y mojeños (contados) como si fueran (representaran a) comunidades que están a favor de la  carretera…” Después denuncia: “Hay familias que han sido convertidas  y sometidas bajo presión para poder continuar ahí. ¡En su propia tierra!”

En la visión del dirigente nativo (59 años) la coca engrupió a los comunarios con oportunidades materiales inmediatas, pues obtenían más  dinero por su cultivo que por los productos naturales.

El relato registrado por Prisma,  disponible para quien quiera oírlo con paciente atención, informa sobre la epopeya indígena y la lucha de los nativos por preservar un hábitat que temen que en poco tiempo desaparezca como la zona que cedieron a los  cocaleros. Esa zona está ahora cubierta por sembradíos de coca.

El pivote de la cuestión es el Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro Sécure o Tipnis en el centro de Bolivia que tiene a los indígenas del lugar y a los ambientalistas en una esquina y al gobierno en la otra. El gobierno quiere a toda costa construir esa carretera sin admitir alternativas al curso que atravesaría el lugar. Los nativos han realizado 10 marchas en los últimos 22 años, dos bajo el gobierno actual, y han logrado sólo parte de sus reivindicaciones.

Del relato de Fabricano se deduce que los  colonos que apoyan una consulta para aprobar la construcción de la obra, llegaron al Tipnis como inmigrantes y los nativos del  lugar les facilitaron el asentamiento.

Independientemente de la controversia que tuvo su clímax con un castigo brutal a latigazos de sus compañeros en mayo de 2009 (50 azotes atado a un cepo), el relato de Fabricano permite radiografiar  el alejamiento de los indígenas del mandatario.  Sus palabras son básicas para interpretar lo que ocurrió en Bolivia entre 1990 y 2005.

Agua y aceite

Fabricano tiene fuertes convicciones religiosas, como muchos pobladores del Tipnis que  desarrollaron una base religiosa en la escuela, como sus antepasados. Esa formación, que abarca a la mayoría de los nativos orientales, difiere diametralmente de la del presidente. No es fácil determinar la profundidad de tal formación, pero es aceptable  decir que los  indígenas de las tierras bajas son esencialmente  cristianos y católicos, en contraste con el marxismo-castrismo que predomina en las élites gubernamentales. Agua y aceite.

Al quedar con el costado oriental del Tipnis clavado por las plantaciones prohibidas que medraron en las últimas décadas, los pobladores del lugar intentaron fijar límites para el  área cocalera: el Polígono Siete, y la “línea roja”. La franja cocalera representaba 144.640  de las 1.236.296 hectáreas que originalmente conformaban el Tipnis. Curiosamente, la delimitación la acordaron en la década de 1990 dos personas que despuntaban entre los  líderes bolivianos: Marcial Fabricano y Evo Morales. La “línea roja” pretendía ser un muro que los cocaleros no sobrepasarían. Los cocaleros no respetaron los límites y han mantenido un avance persistente. El avance colonizador del territorio fue estimulado con la promesa de la carretera del ahora presidente a los cocaleros en 2005. En Brasil, el candidato presidencial José Serra la llamó “la  transcocalera”.

Fabricano coloca 1984, cuando tenía 31 años, entre los hitos de sus convicciones. El peregrinar entre el Beni y Santa Cruz, sin poder continuar sus estudios estancados en el sexto año de primaria, le permitió conocer mejor la realidad boliviana, ya  regida democráticamente. Comenzó a difundir entre los pobladores de San Lorenzo de Mojos, el lugar donde había nacido, la noción de que Bolivia estaba cambiando y era regida por  un sistema democrático. En San Lorenzo, una las misiones jesuitas en las llanuras orientales, la audiencia de Fabricano eran principalmente amigos y parientes, pero haber viajado por otras latitudes le confería autoridad.

Allí ocurrió algo que lo marcó. “En la capilla de la iglesia el padre me dio una biblia. ‘Compadre, me dijo, Ud. va leer para mi, de aquí hasta aquí.’ Empecé a leer y algo sucedía. Sentía que no era yo el que estaba leyendo, sino que alguien leía por mí. Le pedí que me prestara su biblia. Me  la prestó por tres días y leí todo lo que pude. Me quedé con ganas de saber más…” Embarcó en su canoa y, al lado de su esposa y un hermano, se fue a Trinidad a buscar un ejemplar. “Era una búsqueda ansiosa por saber para qué vivía”, dice. En la parroquia de La Santa Cruz un padre le dio una  y, como no podría capacitarse en su  lectura antes de dos meses, retornó a San Lorenzo. Tenía la biblia tras una travesía que le había llevado dos semanas. Su casa se convirtió en un apasionado centro bíblico día y noche.

Como lo explica Fabricano, los nativos empezaron a organizarse intuitivamente hasta llegar a una forma entre “kibutz” y “moshav” israelíes en la que todo apuntaba al bienestar colectivo.

Poco a poco los nativos percibieron que no eran tan dueños del territorio que habitaban como habían creído. Las décadas de 1960-1980 “fueron de mucha caza y recolección de cueros de caimán, lagartos, lobo, de todo”, recuerda Fabricano.  Por esos años, comerciantes inescrupulosos aprovechaban  la ignorancia de los nativos para estafarlos y robarles. Había rescatadores que, ávidos de lucro, invadían cabañas y casas y buscaban cueros hasta debajo de las “chapapas” (camas improvisadas con madera silvestre). “Nos hacían creer que todo lo que era el curso del rio Sécure era de ellos. Otros señalaban porciones del río y nos hacían creer que tenían derecho sobre los ríos. Trataban de amedrentarnos y uno no sabía hasta dónde lo que decían era verdad”. Fue entonces que los comunarios comenzaron a relacionarse con instituciones de Trinidad y otras ciudades y “nos enteramos que el Isiboro-Sécure había sido un Parque Nacional” protegido.

Se enteraron también que había un funcionario dentro del parque para atender el lugar que era ganadero. Como tal, el funcionario autorizaba cacerías y rescataba productos de la zona. “Ahí empezamos a debatir sobre nuestros derechos sobre nuestro territorio”.

En ese tiempo, una persona que recopilaba  información sobre los pueblos indígenas le pidió ayuda. Y Fabricano dice que empezó a hacer preguntas a los mayores, y conoció “historias de terror” que los  indios no contaban por temor a que se repitieran, como las crueldades que sufrían los mojeños en la recolección de goma y castaña, en el norte, y el martirio de uno de ellos, a quien lo mataron sádicamente: le cortaron la lengua, la nariz,  las orejas, para que informase sobre el paradero de nativos rebeldes y que confesase que un cacique  había matado al hijo de un prefecto.

Una niñez feliz

Vista en retrospectiva, la niñez que cuenta Fabricano fue relativamente feliz, incluso cuando los maestros lo obligaban a hincarse sobre granos de arroz o de maíz tras sorprenderlo hablando mojeño-trinitario cuando debía aprender castellano, que para él “era chino”.  “Eso lo recuerdo ahora con alegría…porque en la medida en que fui creciendo me hicieron un bien; aunque sea a chicotazos, aprendí a hablar castellano”. Y con orgullo que su voz no esconde dice que vivió “en libertad”.

Tras el servicio militar fue empleado en la Comisión Mixta Boliviano-Argentina  que construía un ferrocarril. Al dejar el empleo después de  un año recibió una cantidad de dinero que jamás había visto. “Repartí; a mi  tío, mi hermana, mi hermano, mi primo, mi tía. No sabía para qué era la plata. No sé si era mucho, pero repartí. Y con el resto, de ocultas, sin avisar a nadie…en diciembre del ’73 me  vine con  un amigo a Santa Cruz en un avión carguero”.

Ya en Santa Cruz, cuenta, el amigo con el que había viajado le robó su dinero. Pero la fortuna no lo abandonó. La señora donde vivía le habló de  un taller de mecánica donde buscaban ayudantes. Fabricano dice que convenció  al dueño que le diera el trabajo pues, a pesar de no conocer del oficio, tenía una fuerte voluntad. Aprendió el quehacer y en seis meses era jefe de talleres. Tiempo después  volvió a San Lorenzo, se estableció y sembró yuca, plátano,  arroz y maíz. Para 1983 ya tenía pareja y participaba de la preparación de los festejos  de la comunidad, cada 29 de septiembre.

Comenzó entonces a conocer pormenores del funcionamiento de las comunidades en esos parajes. A causa de los festejos, casi todo el poblado tenía deudas. Incluso las cosechas estaban comprometidas. Hizo lo que mejor sabía: coordinar y trabajar juntos. La primera oportunidad se dio con la necesidad de un jefe militar para desmontar un área para construir una franja de aterrizaje. Con hacha y machete, limpiaron el área y en cuatro días tenían suficiente dinero para pagar toda la deuda.

La tierrra prometida

La experiencia fue una lección que agradó a la gente, que hizo de los trabajos comunitarios una rutina, recuerda Fabricano, y la preparó para nuevos emprendimientos.  Pronto descubrieron una falla fundamental: para comprar una aspirina o una inyección de penicilina había que viajar 40 kilómetros hasta el lugar más cercano. Dedicaron entonces  una cosecha entera de  arroz  y trasladaron la carga en callapo hasta Trinidad. Dedicaron la paga a  comprar medicamentos con los que instalaron una farmacia. “Teníamos todo”, recuerda orgulloso.  “Otras comunidades venían para procurar medicinas”.  Pronto estaban haciendo trabajos para otras urgencias.

“Los indígenas son madrugadores…hacíamos chacos entre cuatro, cinco, seis personas y (el fruto de la cosecha) se lo dedicábamos a los ancianos. Logramos organizar a las señoras. Se organizaban veinte, treinta; ponían una especie de cuota en gallinas. Nosotros les hacíamos el gallinero y su canchón. Y era una pequeña granja para la economía de las mujeres. Llevaban a Trinidad 100, 150 gallinas…construimos una pista de aterrizaje  en el puerto de San Lorenzo para aviones de hasta 500 kilos” que permitían llevar productos a otros lugares. En resumen, dice Fabricano, la responsabilidad  económica de la comunidad  involucraba a todos “sin pedir a nadie…”

“Dios nos ayudó”, dice, al ensamblar ese y otros episodios para una conclusión: “Entendimos que la tierra prometida es el Isiboro-Sécure (la “Loma Santa” de algunas leyendas indígenas)  y comenzamos a reclamar nuestro territorio”. En los anos ’88 y ’89 los nativos trasladaron su experiencia a otras organizaciones y bien pronto la región hervía de comunitarismo. El miedo que experiencias dolorosas del pasado se repitieran desapareció “pues estábamos reclamando un derecho”.

“Hasta 1990 ya habíamos tenido tres reuniones de comunidades con problemas similares que decidieron que “el siguiente paso era lograr que el estado reconociera el territorio y el dominio que sobre él ejercían los nativos”.  Los nativos de otras latitudes (en Santa Cruz acababa de nacer la CIDOB) también se organizaban y el movimiento indígena adquiría una dinámica excepcional. ¿Cómo hacerlo? Marchar a pie hasta La Paz y presentar allí el reclamo y legitimar una propiedad que  ellos siempre habían considerado suya.

La primera marcha

Fabricano ya era líder formal de los nativos, de quienes se había ganado respeto también por algo que parecía un detalle que su gente, sin decirlo, tomó en cuenta: hablaba el mojeño-trinitario del lugar sin avergonzarse (a este punto de la deposición, habla unas frases en ese idioma). En los cuatro encuentros entre comunarios del lugar habían participado representaciones de 54 comunidades y Fabricano quería a todas representadas en la marcha que se iba a iniciar. Eran  poco más de 300 personas las reunidas en el atrio de la catedral deTrinidad cuando entre el 25 y 26 de julio de 1990 iniciaron  la marcha de 33 días para cubrir 630 kilómetros hasta La Paz. Nunca en Bolivia se había intentado semejante hazaña.

El gobierno que presidía Jaime Paz Zamora percibió tardíamente lo que estaba ocurriendo, o quizá no encontró cómo salir del jaque en extremo delicado de los nativos. La marcha siguió su curso. Sólo al llegar a Yolosa, antes del ascenso hacia las alturas y cuando manifestaciones populares recibían alborozadas a los marchistas Paz Zamora dio un paso que, visto en retrospectiva, fue un gesto audaz y conciliador: Dio encuentro a la marcha a la cabeza de su equipo de gobierno al que se sumaron legisladores. El paso ofrece una marcada diferencia de actitudes entre un gobierno del corte socialdemócrata de Paz Zamora y otro pro marxista del presidente Morales. Veintiún años más tarde, en Chaparina, los marchistas que venían del Tipnis serían brutalmente reprimidos antes de empezar a subir hacia las cumbres. Otra marcha sería sólo meses después, prohibida de ingresar a la Plaza Murillo y sus integrantes gasificados y reprimidos en incidentes que pocas veces habían ocurrido entre la gente de la selva y la policía del gobierno.

En la lógica de Fabricano “la última palabra para resolver nuestros problemas era del presidente”. Paz Zamora les dio encuentro en Yolosa, los escuchó y dictó resoluciones pero no fue suficiente para los nativos,  entusiasmados, recuerda Fabricano, con el regocijo de la población a lo largo del trecho final desde Caranavi. Los pobladores se habían volcado a recibirlos. Hasta la  Central  Obrera Boliviana (COB), dirigida por Víctor López, de la vieja estirpe minera, se movilizó para reunirse con los marchistas.

“Como a las 10 de la mañana (no cita el día, probablemente a fines de agosto)  nos reunimos en una cancha. Tras los discursos de bienvenida nos instalamos “frente a frente, de jefe a jefe.” Dice que el presidente les dijo que traía la solución y que intentó disuadirlos de subir a la cumbre. Pero los marchistas, dice Fabricano, querían más que compromisos. Se les ofreció transportarlos hasta La Paz, pero respondieron que llegarían a La Paz caminando. Paz Zamora y sus ministros se retiraron y los marchistas continuaron la travesía.

El abrazo entre tierras bajas y altas

Cuenta Fabricano: “A medida que subíamos, vino  una nube blanquísima por encima de toda la columna y nos siguió y se disipó cuando ya salimos como a una puerta grande, a la cumbre, donde hay una cruz. Ahí se disipó la nube…En la planicie había quechuas y aymaras que nos esperaban. Ahí se confundió todo. Empezamos a estrecharnos en abrazos. Fue emocionante. Era hartísima gente. Se llenó toda la planicie…de ahí nace esto de la unidad y la solidaridad (entre indígenas de la selva y del altiplano).” Invitaron a todos los que habían ido a recibirlos a que se uniesen a la columna  para llegar a La Paz. Fue un trecho alegre y musical cubierto incluso jugando fútbol en la vera del camino. “Era la cultura amazónica que llegaba al corazón del poder político de Bolivia.”

El humo  blanco que salió de las negociaciones se tradujo en cuatro decretos reconociendo cada uno de los territorios: el Sirionó, el Isiboro, el Multiétnico y la formación de una comisión. “El país –recuerda Fabricano- nos reconocía a todos los pueblos indígenas constitucionalmente, con respeto a todos los pueblos indígenas. Esa fue la marcha de 1990. Gracias a la  solidaridad del pueblo boliviano representado por el pueblo de La Paz”.

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