La suerte está echada

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Al filo de comenzar la marcha de la confederación de Indígenas del Oriente Boliviano (CIDOB) para proteger el TIPNIS e impedir la construcción de una carretera que el gobierno a toda costa quiere acometer por el medio de ese territorio, también sonaron las campanadas de un conteo regresivo nacional. Si la marcha empieza sólo mañana jueves, desde Trinidad o Chaparina, poco cambia el panorama conflictivo que ahora envuelve al país: médicos y todo el sistema de salud (huelgas de hambre en casi todas partes), COB (48 horas e inminencia de una huelga indefinida); mineros en La Paz abriendo su paso por las calles a dinamitazos que hicieron estallar vidrios de ventanas; transportistas, fabriles; maestros, estudiantes (enfrentados con la policía, que tiene varios heridos de dinamitazos mineros). A partir de este miércoles, el potencial de cambio en las directrices políticas del país es un tic tac estruendoso. Pocos discutirían estos días la noción de que la Bolivia de abril de 2012 está cada vez más parecida a la del 2003 que pavimentó el camino para la llegada al gobierno de las actuales autoridades.
La cuenta regresiva precursora de reajustes de dirección y de conducción ha sido común a lo largo del presente siglo. Pero en pocas ocasiones se llegó a las tensiones generalizadas por todo el país como las que se viven en estos días. Predice, como toda tensión y su cuenta regresiva, un crescendo progresivo. Comenzó en la mañana del martes, cuando Fabriles y Mineros iniciaron una huelga de 48 horas para torcer el brazo del gobierno y conseguir una mejora salarial superior al 7% ofrecido por las autoridades. El paro, auspiciado por la Central Obrera Boliviana (COB), marca una ruptura que ya se dio con los indígenas del oriente, con los médicos y el sector salud, transportes y los maestros. Al lado del gobierno sólo quedan, como fuerza de cierta lealtad, los cocaleros del Chapare, la última línea de resistencia del presidente Morales.
La imagen del día la ofrecieron estudiantes de medicina que querían ingresar a las oficinas del Ministerio de Salud en La Paz. El edificio estaba resguardado por un círculo de policías que cubrían todo el frontis del lugar. Con sus escudos antimotines, los policías formaban una fila al parecer inexpugnable. Los estudiantes formaron su propia fila a unos 10 metros de distancia. Y como en una batalla de otro tiempo, a un solo grito se abalanzaron sobre el cordón policial y piernas en alto trataron de derribar a los policías y sus escudos. No lo lograron, pero el gesto exhibió la determinación combativa de los grupos que ahora están al frente del gobierno. Han quedado atrás los días en que los gobernantes sólo recibían loas y flores.
El problema mayor –la madre de todos los problemas- estaba distante: en San Ignacio de Mojos, donde cientos de partidarios del gobierno y de la carretera tal cual la quiere el gobierno –atravesando el TIPNIS por el medio- tenían bloqueado el acceso que llevaría a los marchistas del TIPNIS a iniciar su peregrinaje hasta La Paz. El bloqueo en Bolivia no es solamente colocar obstáculos en la vía. Es también amenazar físicamente a quienes se atrevan a querer romperlo. En este caso, los bloqueadores de San Ignacio llevaban las de ganar. Pues, al estar en su propio lugar, sus recursos para mantener el bloqueo son mayores que los marchistas que podrían tener para romperlo.
Nadie ha explicado –si se lo hecho, la explicación ha sido insuficiente- que los marchistas SÍ quieren un carretera, como todo el mundo en Bolivia, pero no quieren que atraviese su lar por corazón, pues eso acabaría con gran parte de la riqueza natural del lugar y socavaría la vida de quienes lo habitan. El Colegio de Ingenieros Civiles de Bolivia ha mostrado tres rutas para contornar el TIPNIS sin causarle daño. No creo haya quien, razonablemente, pueda discutir esa posición.  Tampoco es cierto que no quieran la consulta a los pueblos indígenas. Rechazan ESTA consulta, por considerarla extemporánea y no previa, como dice la propaganda del gobierno.
El asunto que pocos quieren abordar es que la ruta, tal como está diseñada, favorecerá principalmente a los cocaleros del Chapare, ávidos de nuevas tierras y con la promesa bajo el brazo que les hizo el presidente en su primera campaña presidencial de construirla. Eso explica el pertinaz respaldo a la obra en su diseño original de los plantadores de coca, en su mayoría pobres como los del TIPNIS, en el que ven algo así como la tierra prometida de la que mana leche y miel. Eso explica también el dilema que ha calado en el presidente Morales. Desobedecer al reclamo de sus bases de la coca y el de su condición autoproclamada de defensor de la madre tierra y la naturaleza.

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