¿Quién?

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La pelota rebota de  un lado a otro y nadie quiere agarrarla.  Estamos cerca del segundo mes del asalto policial sobre los marchistas del Tipnis y  nadie asume la responsabilidad de haberlo ordenado. Saber oficialmente quién dio la orden para intervenir la marcha y tratar de desarticularla a palazos, llevando presos a decenas de  marchistas se ha vuelto una adivinanza cuya respuesta todos parecen conocer  pero nadie en las altas esferas se atreve a decirla. Las únicas versiones oficiales  sobre la cadena que llevó a la represión están nebulosas.  Es como si Obama callase  sobre quién ordenó la operación que acabó con la vida de Bin Laden o si el presidente Chavez asegurase  que él nada tuvo que ver con el levantamiento militar de  febrero de 1992.  Sin embargo, ya han sido apuntados el jefe policial responsable de ejecutar la operación, el subcomandante Oscar Muñoz, y los “mandos medios”, acusados de “cometer excesos”.  La culpa, entonces, está, hasta ahora, en el ex subcomandante  (relevado tras ser divulgadas las imágenes  del apaleamiento) y en esos “mandos medios”  cuyas identidades son también secretas. La instrucción original, de donde partió la luz verde para la operación, es el secreto oficial del año.

El ex viceministro de Régimen Interior, Marcos Farfán, también destituido,  ha dicho que la ejecución correspondió al general Muñoz y que la orden “vino de La Paz”. La ex autoridad se queda corta y vaga, pues no termina la frase. La Paz tiene 700.000 habitantes. ¿Cuál de ellos dio la orden? ¿La ciudad entera que días después se volcó a dar la bienvenida a los marchistas? Ahora tampoco se acepta un careo entre Farfán y el ex ministro Sacha Llorenti, también arrasado por la crisis derivada del apaleamiento.  El vicepresidente García Linera dijo que lo sabía y pidió no impacientarse al periodista que hacía la pregunta pues pronto la identidad del o de los mandantes no sería un secreto.

Justa Cabrera, la dirigente guaraní, lo dijo con voz clara y alta hace dos semanas, que muy pocos no  habrán escuchado: el Presidente de la República (si verbalmente o por memorándum, no interesa). En  una entrevista, me aseguró que se lo había dicho sin pelos en la lengua  el mismo día de la represión  un senador indígena del MAS, cuando ambos coincidan en un programa de la TV en Cochabamba. Y que lo mismo lo había dicho a varios medios de informativos, pero que el presidente no leía periódicos ni escuchaba la radio o la TV. La información que recibió  Justa Cabrera no decía nada extraordinario.  Una operación de esa magnitud no podría haber sido lanzada  si no la ordenaba la máxima autoridad en cualquier lugar del mundo. El presidente,  sin embargo, no ha salido al frente para decirlo  al país  ¿Por qué? Las victorias tienen muchos padres. Las derrotas son huérfanas. Y la intervención del Tipnis se convirtió en una derrota amarga que arrasó con el “quieran o no quieran”.  Pretender revertir esa derrota es jugar con fuego.

El tema lo verán con más cuidado  los historiadores.  Como otros observadores, creo que el presidente Morales tendrá muchas  dificultades para eludir  su responsabilidad sobre lo acontecido, que marca el punto más bajo de su administración. Presenciamos  los estertores de una ruptura entre el gobierno y los movimientos indígenas de todo el nororiente, el sector de nativos que con sus marchas de la década de 1990 pavimentó la ruta para la  llegada del actual gobierno al poder.

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