Día: octubre 26, 2011

Periodismo a media asta

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La noticia me vino como un relámpago en cielo despejado. Johnny Zeballos, el amigo de todas las estaciones y colega de tantos años y de tantas coberturas, políticas y deportivas, dentro y fuera de Bolivia, acababa de fallecer en una clínica de La Paz, en donde había sido internado sólo horas antes.

Johnny, tras haberse retirado de las actividades como corresponsal extranjero (fue corresponsal de Reuters en varios países), volvió a Bolivia para vivir aquí muchas primaveras, al lado de Patricia, el pilar de su vida. Vivió esas primaveras intensamente, bajo el desafío de readaptarse a un medio del que había estado ausente muchos años. Lo logró y donde estuvo lo rodearon de afecto, respeto  y simpatía. Hizo lo que sabía hacer -comunicar- c0n la eficiencia de quien sabe que esa condición es el mejor tributo a la propia carrera. El suyo fue un “reimplante” exitoso.

Yo y mi familia  habíamos desembarcado hacía pocas semanas en Brasilia, cuando en 1981 estalló la guerra entre Ecuador y Perú. Por entonces, Johnny era corresponsal titular allí. Brasil, que junto al lado a Estados Unidos, Argentina y Chile, es garante de la paz entre las naciones que en ese momento estaban en guerra, convocó a los países involucrados y a los otros tres garantes. Comenzó una larga jornada en Itamaraty, el palacio diseñado por Oscar Niemayer y una de las joyas de la entonces dormilona capital brasileña. Pasamos toda la noche sentados en los bancos de madera fina y dura del amplio pasillo enmarmolado de la entrada a aquel palacio. Junto a nosotros estaba otro corresponsal boliviano de vara alta en Brasilia, Walter Sotomayor, de la agencia italiana ANSA, y un latinoamericano muy conocedor de Bolivia gracias sus amistades profesionales con bolivianos, Guillermo Piernes, que trabajaba para la UPI. Ninguno se movió del lugar hasta que los dos países decidieron suspender hostilidades y reiniciar el proceso de paz. Curiosamente, era una “legión” de periodistas bolivianos la que había en la capital brasileña. Y Johnny era un experto en cuestiones brasileñas. Esa noche, no habría sido fácil sin su compañía.

Dos años más tarde, coincidimos en Caracas, para los Juegos Panamericanos de 1983, pues Johnny era de los especialistas en deportes con que contaba Reuters. Mucho tiempo después, nos encontramos en Lima, durante uno de los sacudones informativos bajo Alberto Fujimori.

La noticia, transmitida inicialmente por una amiga  común de La Paz, que la repasó a su hermana en Santa Cruz, me dejó mudo. Demoré días antes de sentarme a escribir esta despedida.

Algo que me sorprendió en Juan Javier  (también lo llamábamos así), fue su optimismo en la batalla desigual que todos libramos frente al tiempo, peor aún cuando en las filas adversarias está un enemigo artero y fatal. Pero, más que nada,  me sorprendió gratamente la pasión y valentía con las que supo defender la libre expresión y la libertad de prensa desde la ANP, la entidad que reune a una veintena de medios impresos bolivianos. Nunca se rindió ni dio tregua a quienes agredían a periodistas ni a quienes sostenían que la libertad de expresión es un supuesto dulce sólo para burgueses.  Escudo y espada, fue un portaestandarte de esas libertades en Bolivia. Y portó su propio estandarte en la lucha contra el cáncer que lo aquejaba –me dicen que el cáncer lo tenía  bajo control, y que su fallecimiento se debió a una súbita complicación pulmonar-  sin que, entre sus amigos, nadie le escuchara alguna queja. Siempre abierto a las bromas, tomaba  la decisión inteligente de reír antes que quejarse. Sonreía antes que estallar.

La partida repentina de Johnny deja un vacío grande en las filas de los militantes de la lucha perenne por la libertad de prensa. Los periodistas en particular, sentirán su ausencia. Sin excepciones.