La noche del poeta

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Lo ví pasar dando trancos por la Plaza del Estudiante de Santa Cruz hace poco más de una semana, rumbo a la biblioteca municipal. Saco de lana acorde con el frío que padecía la ciudad, iba presuroso quizá a completar su búsqueda para lo que escucharíamos de él cerca de un centenar de privilegiados que el lunes pasado nos reunimos en el Salón Pedro y Rosa de El Deber a escucharlo contar historias sobre su infancia en Riberalta, los primeros años de su juventud y sobre la figura delicada y sabia de su padre, un hombre de naturaleza tranquila que había emigrado años antes de Japón en busca de tierras más acogedoras. El de entonces era un Japón que distaba mucho del de hoy, y su gente, temerosa de las guerras y necesitada de tierra, emigraba. Y por supuesto, para oír retazos de algunos de sus poemas sobre los que levantó el pedestal sobre el que se encumbra.

Pedro Shimose nos contó cómo su padre lo tomaba de la mano y caminaban juntos hasta el barranco que le ponía freno al impetuoso río Beni y que, al juntarse con el Madre de Dios, les permitía contemplar la agonía deslumbrante del sol rojo que desaparecía sobre la confluencia de los dos ríos, de los mayores de Bolivia y de la cuenca amazónica. O cómo le enseño a  mirar una rosa y admirar los crisantemos, la flor de Japón.

De nuestros años comunes de colegio, cuando los amigos lo visitábamos en su casa, recuerdo que conservaba un busto de su padre que él mismo, ya por sus 18 o 20 años, había esculpido. Evocar su niñez y  juventud fue trasladar a quienes lo escuchábamos hasta los años que todos hubiéramos querido que se quedaran quietos y no se movieran más. Y a mostrarnos una Riberalta cuando era “apenas un pueblito de cinco mil habitantes” con los mismos  paisajes y personajes seguramente parecidos a los que inspiraron el Macondo de García Márquez. Shimose nos leyó poemas, incluso algunos suyos.  Fue causante de suspiros de nostalgia y al recordar cómo en el colegio de ese lugar lejano de nuestra geografía, se aprendía a recitar a Neruda y cómo se conocía aquel poema “En Paz” del mexicano  Amado Nervo, y su glorioso cántico final “Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!”. Nos habló del peruano César Vallejo y hasta de un anecdótico encuentro con el cubano Nicolás Guillén, quien en uno de sus poemas menciona los ríos Pilcomayo y el Mamoré como si los hubiera navegado y conocido sus recodos cuando, en  verdad, no era sí, pues los mencionaba sólo por el gusto musical que sentía al pronunciar sus nombres. Nos habló de poetas benianos como Ambrosio García, todavía insuficientemente reconocido. Y sobre todo, nos reveló su pasión por un rincón especial del colegio Pedro Krámer: la biblioteca, con una colección de libros que de alguna manera había hecho una fundación y cuya llave le había confiado el director del colegio, el profesor don Jorge Rioja. Tal vez por los años y por efecto de manos depredadoras,  de la biblioteca no se ha vuelto a saber.

Para todos los que estuvimos allí, comenzando por el patriarca de la familia Rivero, Don Pedro, fue una de las veladas más emotivas en mucho tiempo. Por eso abordé el tema en esta columna, que se ha ocupado mucho de otros temas, especialmente políticos y económicos, y que ahora quiso darse una escapada por el mundo de las añoranzas que Shimose nos hizo revivir.

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