Ha puesto el pié en la piedra

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El presidente Evo Morles está ahora frente a su destino respecto a la causa marítima boliviana. Ha puesto el pié en la piedra resbalosa que está en el medio del río de la que alguna vez hablé. Tiene dos opciones: cruzar el lugar y llevarse el mayor premio que pueda lograr Bolivia o caer al agua y fallar  en el intento. Contrariamente a la idea de muchos internacionalistas que he visto desfilar por TV, no se trata de un paso de largo aliento. Puede ser un acto poco responsable para el que la diplomacia boliviana no parece suficientemente preparada. Creo que todos los bolivianos deseamos sinceramente que el proceso con Chile avance, pero personalmente no puedo evitar algunos pensamientos que conspiran contra el optimismo.

Para comenzar, como dicen los anglófonos, “it takes two to tango”: para bailar el tango hacen falta dos. Es decir, no basta con que Bolivia lo quiera. Chile tiene que estar de acuerdo. Luego, hay que preguntarse si  los argumentos de Bolivia son lo suficientemente sólidos con chances reales de ganar. Tuvo algunas cuando presentó su demanda ante la Liga de las Naciones, poco antes de rayar la década de 1920. Su reclamo contaba con la simpatía de Estados Unidos y aún se hablaba de un plebiscito en Tacna y Arica para decidir a cuál país pertenecerían esas regiones. ¿De qué lado creen que se pondría ahora la primera potencia de la tierra, que acaba de prestigiar al gobierno chileno de Sebastián Piñera? El asunto no prosperó por las mismas razones por las cuales puede no prosperar ahora. Se trataba de revisar  un tratado en plena ejecución. Si el tratado fue impuesto, si Bolivia estaba con el cuchillo en el cuello con sus aduanas tomadas, es otra cuestión. Hay que convencer a Chile que se avenga buscar una solución, y para que eventualmente eso ocurra tiene que haber una corriente de opinión muy grande en todo el mundo, como la hubo durante años para acabar con el dominio estadounidense sobre el Canal de Panamá.

Hay que recordar que hace sólo unos días, el propio presidente reclamaba contra el ataque, aprobado por el Consejo de Seguridad de la ONU, contra Libia. Lamentablemente, el presidente Morales está habituado a la política sindicalista de amenazar y creer que, también en este caso, tras él  irán los “movimientos sociales”.

Llama la atención  que no se encuentre una contradicción entre querer seguir negociando y querer demandar. Es como continuar viviendo bajo el mismo techo y seguir con una demanda de divorcio. O como comer la torta y no querer tocarla. Se trata de posiciones opuestas: “oximorones”. El vicepresidente cree que no hay contraposición sino complemento para la negociación.

Hay muchos parecidos con la gestión emprendida por el general Hugo Bánzer con el también general Augusto Pinochet, cuando ambos eran dictadores de sus países. No sé qué pensaría exactamente el lado chileno, pero en el boliviano se creía que dadas las similitudes ideológicas entre ambos, sería posible un acercamiento y una solución.

Antes de iniciar conversaciones formales con Chile, Bánzer convocó a personalidades de todo el país para discutir el tema, en un acto de apertura raras veces ocurrido bajo su gobierno. Ocurrió  la Reunión de los Cien, en Cochabamba. Ahora el Vicepresidente García Linera insinúa algo semejante. En ambos casos, se percibió que los gobernantes no podían ir solos a esa campaña. En Bolivia, Banzer tuvo que cambiar su comportamiento interno. Debió ser menos intolerante y mostrar una faz democrática que no se le conocía aún. Tuvo que recibir las ideas que le venían desde fuera del gobierno y de su partido. Pues en Bolivia se pueden tolerar muchas cosas, menos que a los bolivianos se les prive del derecho de  opinar sobre el tema marítimo. Si el gobierno no quiere que le den con la puerta en las narices, tiene que mostrar unidad interna. Y eso significa sacrificar mucho de lo que ha hecho hasta ahora a favor de  un poder hegemónico. En tiempos de Bánzer, el tema abrió las puertas del debate también sobre la democracia y, tras fracasar las negociaciones y  volver a romper relaciones diplomáticas, el gobierno no consiguió cerrarlas de nuevo. El dique se rompió y en poco tiempo, todo el tablero se había movido. Acabó convocando a elecciones y, al final, echado del gobierno por su delfín, el general Juan Pereda. Toda esa época fue una frustración en torno a la mayor aspiración boliviana. Pero también fue cuando mayores avances se consiguieron en negociaciones bilaterales y por primera vez se habló de un corredor soberano por el extremo norte de Chile. Perú, cuya aceptación a la propuesta era fundamental, sugirió una fórmula tripartita que no agradó a Bolivia, menos a Chile. Y ahí llegó a su fin la negociación. Todos estos años, los desenlaces son diferentes, pero han dejado el sabor amargo de una acción fallida.

Cuando se planteó el tema ante la reunión de la OEA, que en 1979 se realizaba en La Paz, Bolivia estaba en la cúspide de su prestigio como país que desesperadamente trataba de encaminarse por la democracia pese a los grilletes con que la sujetaban los militares de entonces. Contaba con aliados firmes, entre ellos todas las naciones andinas (Chile ya estaba afuera del grupo) que ya se habían expresado a su favor. Los países europeos e incluso Estados Unidos miraban con simpatía la búsqueda pacífica del más que centenario problema. Ahora es diferente. Con  Estados Unidos las relaciones están poco menos que rotas y el presidente no pierde ocasión de amenazar con expulsar a USAID de Bolivia. Ya lo hizo con su embajador y con la DEA  El prestigio actual boliviano puede ser medido con el 192-1 del voto en las Naciones Unidas sobre la iniciativa del presidente para despenalizar la hoja de coca. A los europeos el tema les debe ser indiferente, insuficiente para arriesgar sus relaciones con Chile.

El presidente ha hecho lo que la mayoría de sus antecesores: en la ribera del frente hay un tesoro, que es el premio marítimo. Para alcanzarlo hay que atravesar el arroyo en el medio del cual hay una roca resbalosa. Para afianzar el cruce, hay que poner los pies sobre la piedra. Para eso hay que mantener un equilibrio firme antes de dar el peligroso salto final.

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