Almas gemelas: Mons. Romero y Luis Espinal

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El siguiente artículo viene del padre Gregorio Iriarte, OMI (Oblato de María Inmaculada), escrito en homenaje a dos sacerdotes que, hace 21 años esta semana, entregaron la vida a sus causas redentoras por un mundo socialmente más justo. Mons. Oscar Arnulfo Romero y Luis Espinal. Lo comparto con Uds.

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La entrega evangélica radical de ambos a favor de su pueblo unió sus vidas en un mismo ideal liberador y la sangre del martirio los hermanó en un memorial de eternidad. El mismo día en que enterrábamos a Lucho en hombros y en olor a multitudes en La Paz, asesinaban en El Salvador a Mons. Romero.

Ambos quedarán para siempre unidos en el registro glorioso de los mártires. Sorprende que no solamente los hermanó la sangre del martirio: fueron similares las causas que motivaron sus muertes, las tenebrosas motivaciones de sus asesinos y los objetivos criminales de los gobiernos de turno… Por otro lado, si se los analiza desde el punto de vista psicológico, percibimos, claramente, que eran dos almas gemelas: ambos tímidos y sin embargo, valientes hasta la temeridad; ambos humildes, y, sin embargo, desafiantes frente a los poderes opresores constituidos; ambos alejados de todo compromiso político-partidista, y sin embargo, acusados de rojos y comunistas ; ambos buscando siempre la cercanía, el servicio y la liberación de su pueblo, y, sin embargo, tratados de subversores, de traidores, de vendepatrias; Místicos y Profetas los dos y, por eso mismo, ambos canonizados por su pueblo.

Podemos ver que enfrentan a las amenazas de sus vidas con admirable entereza y valentía. Se muestran dispuestos a afrontar la propia muerte por ser consecuentes con el Evangelio de Jesús y con su compromiso liberador para con propio pueblo: Mons. Romero decía pocos días antes de su martirio: “Esta semana me llega un aviso de que estoy yo en la lista de los que van a ser eliminados la próxima semana. Pero quede constancia de que la voz de la justicia nadie la podrá matar ya”. “Si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño. Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás.”

Luis Espinal decía: “Si un día nos toca dar la vida, la daremos con la sencillez de quien cumple una tarea más, sin gestos melodramáticos” “La lucidez con que hemos pensado jugarnos la vida en algún momento, me trae un instante de suprema serenidad: la vida es para eso, para gastarla por los demás.” “Hemos visto que hay cosas que valen más que la propia vida ¡No será un ideal muy rastrero el morir de senectud, de vejez!!! ¿No será mejor morir por algo…? Señor, danos coraje para lanzarnos a la corriente de la vida, sin prudencias, sin miedo a la muerte ¡Qué importa adelantarle la fecha!!!!”

Pocas horas después de su muerte, encontramos sobre su escritorio una oración, (lo último que había escrito). Esa oración era, de algún modo, premonitoria de su propio martirio. Se diría que Lucho intuía su propia inmolación, y, en ese momento, surge en su interior un rechazo frontal ante una muerte que podría otorgarle una hermosa aureola de triunfo. Él está decidido a aceptar su propia muerte, pero sin ribetes de heroísmo. Él ha aceptado morir por la causa del pueblo, pero como muere el pueblo….sin alardes… sencillamente… Sin embargo, Espinal, los mismo que Mons. Romero, no aceptan la huida, la retirada prudente o cobarde: “Si nos toca dar la vida, lo haremos con la sencillez de quien cumple una tarea más, sin gestos melodramáticos…” “Somos antorchas que sólo tienen razón de ser cuando se queman: es entonces cuando dan luz a los demás”….

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