Temblores políticos

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En los últimos días, el rugido de las calles en el Oriente Medio hace temblar a todo el mundo árabe, la volátil región que guarda la mayor parte de las reservas petroleras del planeta. La suerte política de Hosni Mubarack, el líder egipcio, pende de un hilo. Los temores de que la revuelta se convierta en un trágico Tianamen (China, 1989) habían decrecido. Al contrario, eran cada vezmás en todo el mundo los que percibían este comienzo de semana cómo la fortaleza de un régimen de 30 años se venía abajo. Lo que ocurre en Egipto, tras lo de Tunisia y ahora también Yemen y Jordania, enseña que nada es imposible cuando los movimientos populares tienen por motor básico el desempleo, baja educación y, su secuela, el hambre. En Egipto, casi la mitad de la población vive con menos de dos dólares por día.

Un poco menos del 40% del petróleo que hay en el mundo se encuentra en los yacimientos de los países de esa región, de donde Estados Unidos importa más del 12% de su consumo.  Japón y China más del  40%.   Se entiende, entonces, por qué cualquier cosa que allí ocurre, emite inmediatamente ondas de preocupación por el resto del planeta.

En muy pocos días el mapa político árabe se ha convulsionado.  Desde mediados de la semana pasada, las calles de las principales ciudades de Egipto están repletas de manifestantes que reclaman la salida de Mubarack, el autócrata que rige ese país milenario. Egipto no es un gran productor de petróleo, pero sí es un aliado fundamental de Estados Unidos en la región y hasta hace pocos días era considerado  como la fuerza de equilibrio ante los radicales y  una pieza vital en el juego político en la región, sustentado por la alianza entre Estados Unidos, Inglaterra e Israel. Anualmente,  Estados Unidos destina 1.500 millones de dólares en ayuda a Egipto. El volumen es sólo menor a la asistencia que le otorga a Israel.

La preocupación de  los líderes mundiales yace no en si la protesta popular lleva a la salida de Mubarack, sino quién vendrá y si las ondas del movimiento en las calles empiezan a agrietar la fuerza de los autócratas de la región, comenzado por el reino saudita, los jeques y los emires.  La revuelta trae a la memoria la caída del  Sha de Irán,  Mohammad Reza Pahlavi, y la entrada de los ayatollás.  Los militantes de la   Hermandad Islámica (se ignora cuán radicales son sus dirigentes, pues la organización fue declarada fuera de la ley por el régimen de Mubarack), han estado activos en las protestas. Con todo, no parecen la fuerza dominante ni prevaleciente en las calles, como era la de los fundamentalistas en Irán. Tampoco está probada la fuerza que podría tener el Premio Nobel   Mohamed ElBaradei , quien ha vivido gran parte de su vida fuera de Egipto, y que aparece como uno de  los pocos capaces de conferir cierta tranquilidad, racionalidad y credibilidad a una transición.

El tambaleante gobierno de Mubarack implantó una rígida censura de prensa que llegó hasta el cierre de las comunicaciones vía internet y de Al Jazeera, la popular agencia noticiosa árabe. Sin embargo, el flujo de información que sale al mundo no ha cesado. Y, en medio de todo, era  notable la contención de las fuerzas militares, que han optado por no actuar directamente en el conflicto y evitar un baño de sangre. Así, al amanecer del martes, parecían haber dejado abiertas las compuertas para que los acontecientos deriven en un desenlace menos violento que el que podría anticiparse.

La revuelta árabe trae un mensaje claro y sonoro sobre la fragilidad de regímenes que poco hacen para llegar a los excluidos, que en un momento se alzan contra su marginamiento y apartan del gobierno,  por el voto o por la fuerza, a quienes no los escucharon. Ejemplos los tenemos en casa.

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