Día: enero 9, 2011

El hombre que venció a Chávez

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Carlos Andrés Pérez (1922-2010) murió en el exilio, en Miami, el día de Navidad. La festividad no contribuyó a que en Bolivia se homenajeara la memoria del político venezolano que con mayor ímpetu hasta entonces  apoyó el reclamo boliviano de una salida al Océano Pacífico. En su primera presidencia, Pérez, en la plenitud de su prestigio político, regaló un barco a Bolivia, en un gesto que simbolizaba su apoyo a este país. Pérez vino a Bolivia en plena dictadura del general Hugo Bánzer, en 1975, y mostró a los bolivianos que lo aplaudían el rostro democrático de un presidente civil, que el país no conocía desde hacía más de una década.

Cumplió sus cinco años de mandato cubierto de un prestigio político que se había robustecido al nacionalizar de una manera pactada las industrias básicas del petróleo y del acero. Era la época de “la Gran Venezuela”, del empleo pleno, de la Fundación Ayacucho que enviaba miles de jóvenes a estudiar al extranjero para capacitarse y traer mayores conocimientos a su país.  Pérez  inscribió su nombre en una epopeya continental: la devolución del Canal de Panamá a la soberanía panameña, a la que contribuyó, al lado de otros gobernantes demócratas del continente. Pérez trabajó activamente con el presidente norteamericano Jimmy Carter para hacer realidad el anhelo histórico de Panamá. Se opuso al dictador nicaraguense Anastasio Somoza y ayudó a mano abierta a los Sandinistas de entonces.

Pero también fue una época de gastos públicos a manos llenas, muchas veces irresponsable, que dejaron al sucesor socialcristiano, Luis Herrera Campins, una pesada deuda externa, difícil de manejar en años en los que el petróleo bajaba de precio y los recursos  menguaban.

Las añoranzas de “los años de oro” de su primera gestión encandilaron a los venezolanos, que lo re-eligieron en 1988, una década después de su primer mandato, pese a las denuncias de corrpción que sobre su gobierno pesaban. Llamado afectuosamente “el Gocho”, sus amigos acuñaron una frase que fue parte de su campaña por la reelección: “Con el Gocho el ochenta y ocho”. Pero una cosa es gobernar en abundancia y otra en escasez. Peor todavía, cuando quienes lo eligieron creían que en poco tiempo sería capaz de revertir las apreturas de la economía. Los números no tienen magia y Pérez tuvo que anunciar, a las pocas semanas de reasumir el cargo, una drástica elevación de precios de la gasolina que, aun con el aumento, seguía siendo la más barata del mundo. Mantuvo las medidas, pero políticamente se desangró.

En el rastro de los disturbios y su pérdida de credibilidad, vinieron dos rebeliones militares de un grupo de oficiales cuyo líder entonces era un desconocido: el teniente coronel de paracaidistas Hugo Chávez. Recuerdo haber escrito que la democracia venezolana, parecía en graves riesgo y que por delante podría experimentar pruebas muy duras. Pérez dijo que yo era un “lunático” que desconocía la realidad venezolana.

Tiempo después, en febrero de 1992, ocurrió la primera intentona de Chávez, seguida de otra en noviembre. Ninguna triunfó, pero dejaron herido de muerte al régimen de Pérez, quien no logró controlar la tormenta política y económica que se había abatido por su país. Enjuiciado por corrupción en el congreso venezolano, tuvo que renunciar.

Es una pena que Pérez, o CAP como era universalmente conocido, no hubiera escrito sus memorias, que podían haber revelado mucho de la Venezuela de hace veinte años y de cómo se abrió la avenida que desembocó en el régimen bolivariano de Chávez,  crecientemente autoritario, como otros gobiernos en América del Sur.  Pese a muchos defectos, era un hombre esculpido bajo ese concepto tan abusado y con frecuencia desconocido y menos aún aplicado: democracia. Curiosamente, falleció bajo el signo de los ocho que lo habían encumbrado: tenía ochenta y ocho años cumplidos.

¿Quién disparó a Gabrielle Giffords?

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Columa Global por Ted Cordova-Claure- Coresponsal en US

Havelock, USA – Enero 9, 2011 – En la década de los sesenta, cuando, en un lapso relativamente breve, fueron asesinados Kennedy y King, en Estados Unidos todo el mundo andaba buscando al autor de los crimenes y, entonces, la voz sonora del famoso sociólogo Thaddeus Kotruvala, de la Universidad de Columbia, de Nueva York, se alzó para decir: “Los asesinos están entre nosotros”. Hoy, después del sangriento episodio de Arizona, son muchas las miradas detectivescas que buscan culpables de ese episodio.

En esta mi columna, ya me he referido varias veces a lo que, en lenguaje político y periodístico de USA se llaman “Las Teorías de Conspiración”. Se trata de los rumores trascendidos que surgen con motivo de la presidencia de Barak Obama. Y es que la presencia de un negro “además muy inteligente” en la Casa Blanca despierta temores de que pudiera prolongarse. Si Obama hace una buena gestión será reelegido en 2012 y de allí en adelante quién sabe. Para evitar esta “negra perspectiva” en la historia norteamericana, están resurgiendo sectores intolerantes que rechazan los civil rights o que simple y llanamente son segregacionistas o racistas. Uno de los grupos que acaparó la atención política ante las elecciones de medio término del año pasado, fue el “Tea Party”. Esta fiesta del te es un titulo que alude a un episodio de rebelión contra los impuestos de la corona británica ocurrido en Boston, antes de la Declaración de Independencia en 1776.

A la sombra del Tea Party florecieron, a lo largo y ancho del país,  oradores, predicadores críticos de la presidencia “afronorteamericana”. Puesto que el tema racial ha dividido la idiosincrasia de esta nación desde sus orígenes, cargadas de radicales prejuicios se han escuchado otra vez diatribas por las diferencias étnicas por el color de la piel. Algunos eran histéricos o pintorescos como una pequeña mujer de voz estridente y aflautada que era la gobernadora del estado de Alaska Sarah Palin, que fue la candidata a la vice-presidencia del Partido Republicano. Ella se propuso ante el electorado republicano como una figura populista de nacionalismo desorbitado, un discurso que, recién ahora los medios coinciden en señalar como nocivo porque predicaba el odio y la intolerancia. En uno de sus discursos, Palin expuso la lista de políticos que pudieron ser castigados por sus ideas. En esa lista figuraba la diputada demócrata, Gabrielle Giffords, baleada en Arizona el 8 de enero. BIP