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Recibimos el Año Nuevo con más ansiedades que esperanzas. Fue tal vez la peor Navidad, política y económica y socialmente  hablando, de la que muchos tengan memoria. Como es hábito en los últimos años, el gas natural y sus reservas eran uno de nuestros centros de ansiedad. Aún hoy, 5 de enero, esa inquietud continúa.

O el gobierno  tiene temor de anunciar el volumen de las reservas o espera que algo suceda en los próximos días para mejorar la calidad de su anuncio. Pues esa riqueza se nos ha escurrido y no sabemos cómo reponerla. Mejor dicho, no tenemos con qué reponerla. Y el gobierno anuncia que se guardará el secreto por algunas semanas más.

El secreto ya es menos secreto, pues se habla de una cifra que oscila entre ocho y doce billones de pies cúbicos. El presidente de YPFB, Carlos Villegas, dijo que la producción de petróleo estaba en la mitad respecto a “hace algunos años” pero no dijo a cuánto equivalía esa mitad ni tradujo eso de “hace algunos años”  ni,  por lo que escuché el  martes en TV, los periodistas le preguntaron.

Cuánto de las reservas es verdaderamente utilizable lo definen los ingenieros y geólogos en el campo. Generalmente se recupera alrededor del 60%. El resto se queda en los bolsones geológicos a lo donde largo de eras se concentró la riqueza. Si se quiere extraer una porción de esos saldos, el “raspado de la olla”, las inversiones requeridas son altísimas, de una escala imposible para Bolivia. Y de tecnologías difícilmente disponibles para nosotros, a menos que paguemos precios muy altos. Entonces, surge una pregunta importante es: ¿cuánto de esos ocho a 12 billones de pies cúbicos es efectivamente recuperable con los medios actualmente a nuestra disposición?

Sin saber el volumen real de reservas,  estamos explotando el gas a ciegas, como quien saca dinero del banco sin saber la cantidad que tiene depositada. De un día para otro, puede quedar con su cuenta en cero.

También llama la atención la rapidez con la que algunos dirigentes oficialistas y oficiosos hablan de enjuiciar a  quienes dijeron que las medidas originales del gobierno traerían inflación (gasolinazo y desgasolizano) y que había rumores de una revaluación del peso boliviano. Las dos versiones eran una verdad de Perogrullo. La primera, era obvia hasta para el más ciego. Por eso muchos ahorristas corrieron a sacar sus depósitos del banco en procura de cómo blindarlo con bienes, alimentos o  con otra moneda.  Aquellas  personas  dispuestas a  enjuiciar ¿leyeron algún libro simple sobre la sicología del rumor? No percibieron que de cualquier manera esas personas irían a buscar cómo proteger sus ahorros?  La segunda versión había sido anunciada por autoridades del propio gobierno: Vamos a fortalecer el peso boliviano, declaró un ministro antes que empezara la baja de la cotización del dólar en un centavo primero y en otro después.

En todo caso, las versiones resultaron de las propias declaraciones del vicepresidente (anular subsidios), primero, y del propio presidente, después (reimplantar subsidios). ¿Con qué lógica pueden rebatir lo que ellos mismos anunciaron?

Lo cierto es que resulta imposible ocultar que el gobierno optó por una  medida impopular y no tuvo más remedio que retirarla apresuradamente. El episodio es como el que ocurriría en un hospital donde los médicos se ven obligados a detener una intervención quirúrgica urgente ante los gritos de los parientes y amigos alarmados por la gravedad de la cirugía que está empezando. Los médicos detienen la operación, tranquilizan a los dolientes parientes y amigos y abandonan al enfermo, que continúa requiriendo de una operación y que, independientemente de la desesperación y nerviosismo de sus amigos y parientes, ahora está con la herida abierta. (Este miércoles, los diarios traían fotografías sobre un recrudecimiento del contrabando de combustibles en la frontera con Brasil y Perú.) La pregunta más común era: ¿cómo capear la tormenta? Nadie tenía una respuesta cierta, excepto la de volver a llamar a los médicos y ver si podrán hacer la penosa y dolorida cirugía “gradualmente”.

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