El Chile que he visto -II-

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Acceso soberano al  Pacífico

En la visita de la semana pasada quedó claro –si es que alguna vez estuvo en duda- que una salida al mar con soberanía sólo será posible al norte de Arica, sobre la línea de la Concordia. Lo escuchamos por la TV y lo leímos en publicaciones escritas. Es decir, una solución que pondría a Chile y Perú separados por una estrecha franja por la que se deslizaría un corredor que recibiría Bolivia. Extensión y otros detalles de esa franja serían objeto de discusiones a iniciarse, o tal vez ya en curso cuando menos a nivel teórico e informal, que una vez definidos serían puestos en consideración de Perú. ¿La resurrección de Charaña? Tal vez, aunque probablemente surjan algunas variantes.

Escuché a un conocido parlamentario decir que Chile está dispuesto a ofrecer una solución en la que esperaba que “no intervenga ninguna creatividad” como la que propuso Perú a mediados de la década de 1970 y que hundió la negociación que habían comenzado los generales dictadores Augusto Pinochet y Hugo Banzer (ambos fallecidos) con el llamado “abrazo de Charaña” de 1975. Se refería a la administración tripartita del puerto de la zona que Chile había ofrecido a Bolivia. El parlamentario sostenía que el problema debe ser discutido bilateralmente y sólo llegado el caso consultar a Perú, en virtud del tratado peruano-chileno de 1929. Fue la frase que escuché repetidamente durante la visita. “Déjennos solos”.

Uno percibe que, bajo la visión chilena, ese tratado mudaría si se llega a un acuerdo con Bolivia capaz de desencadenar un alud de simpatías en la comunidad internacional que conduciría a Perú a aceptarla o a no interferir con condicionamientos inaceptables para Chile como ocurrió con Charaña.

Pero para que surja una solución las discusiones tendrían un alcance sólo bilateral, entre Chile y Bolivia, en sus comienzos y en su definición. Sólo a partir de ahí  quedaría involucrado Perú, si llegare el momento de la consulta prevista en el tratado de 1929. Es decir, Chile no desea ni por asomo la intervención peruana en un problema que considera bilateral y que solamente incluiría a Perú si la definición de una solución llegase a tocar territorios que antes de la Guerra del Pacífico fueron peruanos.

Pero nadie cree que una solución pueda llegar a prescindir de esos territorios. Escuché a algunos interlocutores recordar que un comandante de la marina había preguntado a Pinochet, cuando aún no se había delineado la “solución Charaña”, si creía que la armada de Chile debía consultar a Bolivia cada vez que necesitase avanzar hacia los puertos del norte que estuviesen en el camino de un eventual enclave. Eso, sin muchas historias, ponía de manifiesto la imposibilidad que siente Chile para ceder espacios a Bolivia por los que fueron territorios bolivianos y la oposición interna que entrañaría un arreglo de esas características.

Nada de esto es nuevo ni representa situaciones que no hubieran sido ya exploradas. Lo que es nuevo es la atmósfera de entendimiento que parece prevalecer entre Bolivia y Chile. Cuando menos a niveles de gobierno, el deshielo es evidente. Sebastián Piñera y Evo Morales se han reunido siete veces sólo este año.  Para el gobernante chileno es normal una agenda repleta de encuentros con otros mandatarios, pero con el de Bolivia podemos convenir que es un número excepcional. En Chile se ve al gobierno del presidente Morales como más estable que el de sus antecesores y por tanto aquel con el que puede conversar y negociar.

El elemento novedoso lo ha traído Perú al sostener que no será un obstáculo para una solución. Es obvio que los únicos lugares en los que podría ser un obstáculo se encuentran en territorios que fueron peruanos, pues para encontrar una solución sobre áreas que fueron bolivianas Perú no tiene ningún papel que jugar sino el de eventual espectador de cómo dos antagonistas de la Guerra del Pacífico logran un arreglo que los mantendría unidos.

Por ahora también se aguarda el fallo del tribunal de La Haya sobre la demanda interpuesta por Perú para que se defina el trazado de los límites marinos y submarinos con Chile. Ese fallo, si sigue las líneas sostenidas por Perú, podría dejar a Bolivia con los límites marinos cerrados si la fórmula con la que se trabaja fuese, como casi todos suponen, sobre la frontera norte de Chile.

Un fallo salomónico, como es posible esperar, dejaría márgenes para continuar la negociación. Pero eso significaría otro puente a atravesar antes de delinear una solución. Es legítimo preguntarse si el mismo ánimo bilateral se mantendrá hasta que emerja el fallo, previsto para 2012.

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