Fin de juego

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“Hasta aquí llegué”, escribió José Saramago en una nota de ruptura con Fidel Castro. Esa frase refleja el ánimo de muchos bolivianos respecto a su gobierno. La intransigencia oficial en aprobar un proyecto que lo caracteriza ante una porción importante de la ciudadanía como intolerante y ávido de controlar todos los rincones del poder ha sido inocultable. ¿Qué  más prueba que haber relevado sumariamente del cargo al senador Eduardo Maldonado que desde la presidencia de una comisión del senado buscaba una aproximación de posiciones en torno a la Ley contra el Racismo y la Discriminación?  Nadie, que yo sepa, se opone a combatir el racismo y la discriminación. En cambio, no son pocos los que se oponen a la disposición aún en discusión (hoy es jueves por la mañana y este es el artículo que envío a algunos diarios) que trae mecanismos capaces de controlar la libre expresión.  Pero esos males sociales tienen  un solo medicamento verdaderamente eficaz: la educación, que lleva a la tolerancia. En verdad, me sorprendería si en el cuerpo de leyes bolivianas no existiera ya algún mecanismo para castigar esas aberraciones.

Muchos periodistas sentirán la amargura de haber apoyado lealmente una causa que ahora les da la espalda. ¿Por qué tanto empeño en aprobar esta ley “sin cambiarle una coma”? Si alguna autoridad se considera agredida o mal interpretada, existen canales para expresar inconformidad y reclamar rectificaciones.   El gobierno tiene el monopolio del sistema nacional de Canal Siete, al menos un periódico, la agencia oficial de noticias, y una red de emisoras rurales. O ¿es que no confía en el alcance de esos medios? O ¿tiene un as bajo la manga que cree que habrá de compensar el desgaste innecesario que le impone este proyecto de ley?  O ¿es que de esa manera desvía la atención sobre temas apremiantes, como los niveles de reservas de  hidrocarburos y de importación de carburantes?

Se pueden tejer muchas especulaciones para intentar explicar la inflexibilidad de los negociadores oficiales. Pero queda la evidencia que una relación que comenzó como un idilio con gran parte de la sociedad boliviana, ha llegado a un final. La prensa y  una porción importante de esa sociedad están en esquinas opuestas a las del gobierno en este proyecto de ley. Desde hace tiempo, cada jornada trae un episodio negativo. Las imágenes del partido de fútbol en el que el Presidente comete una falta inexcusablemente antideportiva ha recorrido el mundo. Hoy es el tiempo de los periódicos con sus primeras páginas en blanco con el grito de “no hay democracia sin libertad de prensa” y los periodistas con mordazas y desfiles con exclamaciones de protesta los que llaman la atención informativa dentro  y fuera de nuestras fronteras. ¿Qué vendrá  mañana?

Uno recuerda los soliloquios del ex comisario Rubashov, personaje del genial Arthur Koestler, cuando,  ya preso e inerme ante el Estado que había ayudado a sostener, reflexiona:  “…La causa de los defectos del Partido deben ser  encontradas. Todos nuestros principios eran correctos, pero nuestros resultados eran equivocados… Diagnosticamos  la enfermedad y sus causas con exactitud microscópica, pero cuando aplicábamos el bisturí, una nueva ampolla aparecía. Nuestra voluntad era dura y pura, y debíamos haber sido amados por el pueblo. Pero éramos odiados. ¿Por qué nos odian y nos detestan? Les trajimos la verdad, pero en nuestras bocas sonaba como una mentira. Les trajimos  libertad, pero en nuestras manos parece como un látigo…”

 


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