Día: octubre 10, 2010

La lucha de los periodistas

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Han sido dos jornadas contrastantes. Ayer, todo el periodismo boliviano estaba de duelo por la aprobación, contra toda objeción racional y con puntos y comas originales, de la Ley Contra el Racismo y la Discriminación que contiene elementos para dinamitar la libertad de expresión e incautar medios. Hoy, fue una jornada de remembranza feliz de los 28 años del retorno a la democracia a Bolivia tras 18 años de autoritarismo militar y dos breves interregnos de Lidia Gueiller y Walter Guevara. Y una forma de recordar al gobierno del Movimiento al Socialismo (MAS) que de la democracia que le permitió llegar a gobernar este país el centro-sur suramericano fue una obra del conjunto de los bolivianos que hicieron tanto por recuperar sus libertades plenas, especialmente la injustamente temida libertad de expresión.

El gobierno nacional-indigenista decidió cerrar los oídos y ensoberbecido por el poder electoral que recibió el año pasado y entusiasmado por normas parecidas puestas en vigencia por el presidente venezolano Hugo Chávez, puso el jueves en marcha los pánzer legislativos. Y el viernes toda la prensa se declaró de duelo, con una frase, ahora famosa, impresa sobre su la primera página: No hay democracia sin libertad de expresión. Ayer sábado, los diarios traían un cintillo negro en reafirmación del duelo entre los periodistas. Y no había indicación de que el conflicto fuese a amainar. En la Plaza Central de Santa Cruz había una docena de periodistas en huelga de hambre, el último uno de los funcionarios de mayor jerarquía de El Deber, Pedro Rivero Jordán, a cuyo lado se en encontraban sus padres. “Costó mucho recuperar nuestras libertades. No las podemos perder así nomas”, me dijo Pedro Rivero Mercado. “Quisiera tener más fuerzas para sumarme, pero la vida ya no me lo permite”, agregó el octogenario emprendedor, vestido con una camiseta de presidiario, al igual que muchas de las más de 300 personas que estaban en el lugar.

Ha sido un triunfo temporal para el gobierno. Con un congreso dócil que obedeció a las instrucciones de no modificar “ni una coma” del proyecto original, era de esperar. El presidente Evo Morales ha gobernado hasta ahora en un terreno plano y ayudado por buenos vientos provenientes de los precios altos de las materias primas (no por alza en la producción). Ahora, no es más así. Una porción significativa de la sociedad boliviana, que concentra gran parte de los sectores más lúcidos, ha decidido que el gobierno atenta contra una de sus libertades esenciales y está dando pelea.

No es posible todavía medir los costos políticos de una decisión nada popular. El gobierno atribuye a los “movimientos sociales” la redacción la mayor responsabilidad en la redacción del artículo 16, decía un panfleto distribuido este domingo en la plaza principal. Es uno de los dos artículos repudiados por los periodistas:  “El medio de comunicación que autorizarse y publicare ideas racistas y discriminatorias, será pasible de sanciones económicas y de de suspensión de licencia de funcionamiento, sujeto a reglamentación”. Resultaría, entonces, que esos movimientos serían un poder legislativo paralelo.

El artículo 23 es aún más repudiado. Dice en sus partes esenciales:  “La persona que por cualquier medio difunda ideas basadas en la superioridad o en el odio racial, o que promuevan  y/o justifiquen el racismo o toda forma de discriminación…será sancionado (sic) con la pena privativa de la libertad de uno a cinco años”.

La carpa que alberga a los huelguistas estaba rodeada por una exposición de páginas de los tres diarios cruceños,  de las épocas en que el MAS ganaba opinión con la difusión de sus iniciativas. Era la manera que tenían los periodistas de recordarle al gobierno quiénes le pavimentaron la vía hasta el Palacio de la Plaza Murillo.

El número de firmas adherentes al repudio de esos dos artículos estaba por llegar a los 100.000, decían los organizadores. Y esperaban que siguiese la lista creciendo para exhibirla ante el país como prueba de que la cruzada en la que están empeñados contra esos dos artículos arrastra multitudes. La ley, en sí, es aceptada y hasta encomiada. Pero no esos dos artículos.

La coincidencia de ayer, con el vigésimo octavo aniversario del retorno a la democracia, realzado por la alineación de los números en los que el 10 de repite tres veces ( 10-10-2010),también fue marcado por los graffitti de muchas camisetas decía mucho sobre la campaña: “La lucha no termina”.

Fin de juego

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“Hasta aquí llegué”, escribió José Saramago en una nota de ruptura con Fidel Castro. Esa frase refleja el ánimo de muchos bolivianos respecto a su gobierno. La intransigencia oficial en aprobar un proyecto que lo caracteriza ante una porción importante de la ciudadanía como intolerante y ávido de controlar todos los rincones del poder ha sido inocultable. ¿Qué  más prueba que haber relevado sumariamente del cargo al senador Eduardo Maldonado que desde la presidencia de una comisión del senado buscaba una aproximación de posiciones en torno a la Ley contra el Racismo y la Discriminación?  Nadie, que yo sepa, se opone a combatir el racismo y la discriminación. En cambio, no son pocos los que se oponen a la disposición aún en discusión (hoy es jueves por la mañana y este es el artículo que envío a algunos diarios) que trae mecanismos capaces de controlar la libre expresión.  Pero esos males sociales tienen  un solo medicamento verdaderamente eficaz: la educación, que lleva a la tolerancia. En verdad, me sorprendería si en el cuerpo de leyes bolivianas no existiera ya algún mecanismo para castigar esas aberraciones.

Muchos periodistas sentirán la amargura de haber apoyado lealmente una causa que ahora les da la espalda. ¿Por qué tanto empeño en aprobar esta ley “sin cambiarle una coma”? Si alguna autoridad se considera agredida o mal interpretada, existen canales para expresar inconformidad y reclamar rectificaciones.   El gobierno tiene el monopolio del sistema nacional de Canal Siete, al menos un periódico, la agencia oficial de noticias, y una red de emisoras rurales. O ¿es que no confía en el alcance de esos medios? O ¿tiene un as bajo la manga que cree que habrá de compensar el desgaste innecesario que le impone este proyecto de ley?  O ¿es que de esa manera desvía la atención sobre temas apremiantes, como los niveles de reservas de  hidrocarburos y de importación de carburantes?

Se pueden tejer muchas especulaciones para intentar explicar la inflexibilidad de los negociadores oficiales. Pero queda la evidencia que una relación que comenzó como un idilio con gran parte de la sociedad boliviana, ha llegado a un final. La prensa y  una porción importante de esa sociedad están en esquinas opuestas a las del gobierno en este proyecto de ley. Desde hace tiempo, cada jornada trae un episodio negativo. Las imágenes del partido de fútbol en el que el Presidente comete una falta inexcusablemente antideportiva ha recorrido el mundo. Hoy es el tiempo de los periódicos con sus primeras páginas en blanco con el grito de “no hay democracia sin libertad de prensa” y los periodistas con mordazas y desfiles con exclamaciones de protesta los que llaman la atención informativa dentro  y fuera de nuestras fronteras. ¿Qué vendrá  mañana?

Uno recuerda los soliloquios del ex comisario Rubashov, personaje del genial Arthur Koestler, cuando,  ya preso e inerme ante el Estado que había ayudado a sostener, reflexiona:  “…La causa de los defectos del Partido deben ser  encontradas. Todos nuestros principios eran correctos, pero nuestros resultados eran equivocados… Diagnosticamos  la enfermedad y sus causas con exactitud microscópica, pero cuando aplicábamos el bisturí, una nueva ampolla aparecía. Nuestra voluntad era dura y pura, y debíamos haber sido amados por el pueblo. Pero éramos odiados. ¿Por qué nos odian y nos detestan? Les trajimos la verdad, pero en nuestras bocas sonaba como una mentira. Les trajimos  libertad, pero en nuestras manos parece como un látigo…”