Día: mayo 10, 2010

La realidad y el mensaje

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Carlos Andrés Pérez, un tiempo popular e imbatible presidente socialdemócrata venezolano, tomó posesión en medio de una fiesta que duró dos días. En la fiesta, llamada apropiadamente  “coronación” de Pérez, estuvo representado casi todo el mundo. Recuerdo haber visto a dirigentes bolivianos, entre ellos algunos periodistas,  que observaban con curiosidad cómo asumía el presidente de un país rico en petróleo. Pérez había sido pródigo en sus ofertas electorales y el venezolano común le creía. Estaba seguro que con Pérez retornarían los años felices del empleo casi pleno, cuando la riqueza que les llovía desde abajo hacía que pensasen que estaban llegando a una abundancia sin fin.  En un viaje de su campaña antes de que ganara estruendosamente la elección a su rival socialcristiano, Eduardo Fernández, le pregunté si no temía verse imposibilitado de cubrir las expectativas crecientes de su país. “Me encargaré de bajarlas”, me dijo. Lo intentó con medidas de austeridad que buscaban sincerar una economía en la que casi todo cuanto se comía era importado. Y a las pocas semanas estalló el “caracazo”. Un 27 de febrero de 1989, la multitud salió rabiosa a las calles porque percibía que se le había mentido. Pérez no acabó su mandato. Fue suspendido del gobierno en 1993, medio de una de las peores crisis políticas de Venezuela hasta entonces.

Aquí, en Bolivia, hubo elecciones presidenciales y estaduales y municipales en los últimos cinco meses. Antes de ellas, hubo un desfile estrambótico de promesas. Aquí en Santa Cruz se habló de seguro universal, trenes aéreos y hasta de traer el concurso de Miss Universo. Era también como si hubiésemos entrado al Paraíso.  Lo cierto es que el paraíso que se vislumbraba con el anuncio de satélites artificiales exclusivos para Bolivia, armas rusas y un flamante avión presidencial estaba muy distante y que la realidad del país mostrada por las cifras macroeconómicas del gobierno no se sentía en los bolsillos. En verdad, el 5% de aumento general decretado por el gobierno no se aproximaba a las expectativas de quienes confiaban en que efectivamente Bolivia estaba bajo una era de vacas gordas. La cuerda de estas esperanzas se soltó en Caranavi a fines de abril, a pocas semanas del triunfo del gobierno en seis gobernaciones departamentales. En el potpurrí de ofrecimientos, Caranavi había recibido la promesa de una planta procesadora de naranjas. Entre otras consecuencias, la planta amortiguaría el crecimiento de cocales en esa región del norte paceño. Pero resultaba que la planta iba a ser instalada en Alto Beni, donde una alta producción de cítricos ya existe y es superior a la que se da o pueda darse en Caranavi. Nadie explicó la capacidad procesadora de la planta, hasta este momento un misterio para la mayoría de los bolivianos.  Tampoco se ha explicado a cuánto alcanza la producción de Alto Beni y ni la de Caranavi. Finalmente, cuál sería el impacto de esa industria sobre la agricultura y el empleo en la región. Ni si tendría alguno sobre los sembradíos de coca, la materia prima de la cocaína. Misterios de la vida cotidiana.

Los pobladores se enfurecieron y a fines de abril iniciaron un bloqueo de caminos, el mismo instrumento de presión que había utilizado exitosamente el presidente Evo Morales y su partido, el MAS. El gobierno orgulloso de haber logrado las mayores votaciones en la historia democrática boliviana reciente, tenía al frente a grupos numerosos de trabajadores y campesinos combativos que no sentían que los representaba. En ese marco ocurrieron los sucesos de Caranavi: al menos dos muertos y decenas de heridos y detenidos. El presidente Morales, ausente durante esas jornadas, pues estaba en Nueva York, se encontraba otra vez ante el irritante eco de su compromiso de que no habría “ni un solo muerto” durante su gobierno.

El gobierno no ha cumplido los primeros cien días de su segundo mandato y el frente que lo apoyaba está roto. Si será capaz de recomponerlo, sólo las próximas semanas y próximos meses podrán dar la respuesta.