Día: marzo 15, 2010

Factor Evo

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La semana pasada fui a renovar mi carnet de conductor. Me imaginaba un alud de trámites kafkiano y un sinfín de traslados a las oficinas de la Policía. Era lo que me había tocado hacer en otras ocasiones. Me imaginaba cómo reaccionaría ante los reclamos indirectos de “comisiones” (coimas) en medio de  la multitud que suele apiñarse, a ratos desordenadamente, en procura de llegar hasta el balcón correspondiente.

Fue una grata sorpresa encontrarme con que pude realizar todos los trámites en menos de 24 horas, y pagar estrictamente lo que estaba establecido por ley: unos 240 bolivianos. No me parecía algo de todos los días. Era un hecho novedoso y esperanzador. Coincidencia o no, días antes el gobierno acababa de imponer normas draconianas contra la corrupción. Si se empeña en seguir el camino de cortar la grande y la pequeña corrupción, ese esfuerzo ganará la simpatía de muchos de los que deben realizar trámites que hasta hace poco parecían interminables y que se convertían en un calvario para el ciudadano. Y como muchos otros ciudadanos, espero ver la conducta de las patrullas nocturnas que “inspeccionan” vehículos…

El nuevo grito

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Por mucho que se crea lo contrario, el lema impuesto por el Presidente de la República a las fuerzas armadas en base a su autoridad constitucional puede dejar sinsabores entre los militares bolivianos. No los deja felices.  Primero, no es original. Es una copia del grito de las milicias armadas cubanas. El ser un remedo, en algo que tiene una simbología muy grande en todos los ejércitos, es ya una enorme desventaja. La idea partió del presidente Evo Morales y de allí, como en un juego de dominó, todos en el gobierno fueron secundándolo, encomiando la idea como  una iniciativa brillante. Fue  un “Amén” casi simultáneo. Segundo, es el mismo grito que salía de las gargantas de Ché Guevara y sus hombres que vinieron a Bolivia hace más de 40 años en campaña guerrillera. La guerrilla –tal vez algunos lo recuerden- estalló un 23 de marzo, el día más emblemático de Bolivia después del 6 de agosto.

¿Será que la nueva doctrina militar boliviana hará que los soldados y sus comandantes renuncien al grito de “Subordinación my constancia. ¡Viva Bolivia!” y lo supediten al cubano? Tal vez podremos verlo y oírlo este 23 de marzo, cuando los soldados participen –si es que se les instruye que  lo hagan- en actos cívicos en conmemoración a Eduardo Abaroa. Muchos en el gobierno no lo creerán, pero pienso que en la mayoría de los soldados estará ahogado del grito: “¿Rendirme yo? ¡Que se rinda su abuela! Y probablemente algunos se morderán la punta de la lengua por no gritar siquiera la interjección.

Oía hace unos días a una alta autoridad decir que el nuevo grito es un signo de dignidad y de homenaje por los que ofrendaron sus vidas en la defensa de la patria. No creo que la afirmación hubiese incluido a los soldados que murieron combatiendo a la guerrilla de 1967.

En una cosa podemos estar de acuerdo: el nuevo grito no enfervoriza como el de Abaroa ni el de Ballivián (“Soldados: Los enemigos que tenéis al frente desaparecerán como las nubes cuando las bate el viento!”) antes de la Batalla de Ingavi. La victoria del Gral. José Ballivián consolidó la independencia de la aún naciente república de Bolivia. Ni insufla valor como el de los indios Sioux: “Hoy es un buen día para morir.” Menos aún comparado con el grito de Leónidas, rey de Esparta, frente a los persas: “Aquí luchamos, aquí morimos”.

No creo que los símbolos combinados en frases, himnos o colores, tengan mucho que ver con la realidad. Se trata de formas para apelar a los sentimientos de las personas por encima de la razón. Son apelativos para tocar las áreas de los sentimientos, que por lo general, cuando son profundos, bloquean la razón.

Como al nuevo grito plurinacional se agregará la nueva bandera, la wipala, habrá que preguntarse si será también compuesto un nuevo himno para ese símbolo.  No me imagino que pueda trastocarse aquel del “Pabellón tricolor” que exclama: “…nuestros pechos serán la muralla…” y que en su segunda estrofa proclama: “Pabellón tricolor con tus franjas, de laurel, de oro vivo y de fuego”, en una insalvable contradicción de colores y  geometría con la wipala.