Día: febrero 25, 2010

Argucias transandinas

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Por su importancia, transcribo algunos conceptos de la carta de un amigo, versado en temas de relaciones exteriores.

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“…es difícil creer que haya un “montón” de propuestas para invertir en Bolivia.  La única que hay es la de Gas Atacama. Y éste es un asunto muy obscuro, porque el presidente de YPFB declaró no tener conocimiento de ello.  Y lo seguro es que tampoco lo tenga el ministro de hidrocarburos.

Cabe la pregunta, ¿cómo se han contactado los agentes de esa empresa chilena con nuestro Presidente?  Es un misterio.  Pero se puede inferir que el contacto provino del gobierno chileno.  Mejor dicho, de la propia Bachelet.
Sabemos que los chilenos son duchos y han comprendido que no pueden fácilmente negociar el asunto del gas de Estado a Estado.  Hay mucha resistencia interna contra Chile.  Entonces, la Sra. Bachelet habría sugerido a Evo que este tema se tratara con una empresa privada.  De este modo, si éste fracasa, el gobierno chileno no perdería nada. 

Además, el asunto del pago de la deuda histórica del Silala también debe ser idea del gobierno Bachelet.  Porque a dicha empresa no se le habría ocurrido nunca meterse en ese entuerto.  Además, el gobierno de Chile, oficialmente, no puede pagar la mencionada deuda porque nuncar reconocerá que Bolivia sea dueña del 100% de las aguas del Silala.  Mientras que Gas Atacama puede pagar unos cien millones de dólares a Potosí y todos quedarían contentos.  Y así, el pueblo boliviano podría aceptar que la empresa chilena no sólo adquiera el gas nacional sino que se entremeta en las tierras chapacas o cambas.  (Y cuando una empresa chilena se mete en alguna parte no sale más de ella…)
Creo que es conveniente que se realicen mayores análisis de este delicado asunto. Lamentablemente perdimos la oportunidad de hacer un gran negocio con Chile en base a la concesión del puerto de Patillos para poder exportar el gas no sólo a ese país sino también a ultramar.  Ahora terminaremos por hacer un pésimo negocio con esa empresa privada. 

Así también obramos en el pasado.  Suscribimos un excelente tratado de paz en 1895, donde Chile nos garantizaba la concesión de una salida al mar.  Pero le pusimos tantas trabas que al final quedó anulado, y pronto Chile nos exigió un tratado sin puerto.

Nuevas renuncias en Venezuela

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 Una nueva dimisión en el equipo de gobierno del presidente Hugo Chávez tuvo lugar esta semana. A la del Vicepresidente ejecutivo y Ministro de Defensa, Ramón Carrizales, y de su esposa y ministra del Medio Ambiente Yubirí Ortega, se sumó este miércoles la del Ministro para la Banca Pública, Eugenio Vásquez Orellana. Alegó razones personales, pero su salida imprevista echó más combustible a las especulaciones en torno a lo que ocurre dentro del gobierno venezolano.

“Hay una crisis de gobernabilidad”, comentó el periodista y director del diario caraqueño El Nacional, Miguel Henrique Otero. A la serie de denuncias, que tiene como marco una oleada de manifestaciones estudiantiles en todo el país que, entre otras cosas, protestan por el cierre de la cadena televisiva RCTV en todas sus versiones, se sumó otra: la del gobernador del estado de Lara, Henri Falcón, que se apartó de las filas del partido de gobierno, el Socialista Unido de Venezuela.

Teodoro Petkoff, hombre de izquierda y simpatizante de Chávez en sus primeros años de gobierno, comenta en el diario Tal Cual, edición de este miércoles, la salida de Falcón:

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Nota: Para los no familiarizados con la política venezolana, Chacumbele es el sobrenombre que le da Petkoff al mandatario venezolano. El Gral. Müller Rojas es uno de los hombres de mayor confianza del presidente Chávez: está a su lado desde hace al menos dos décadas. Luis Miquilena fue uno de los ideólogos que acompaño a Chávez hasta hace unos pocos años, cuando rompió con él.

Cada vez menos

Cuando Chacumbele instaba a Henri Falcón a “saltar la talanquera”, a que abandonara el PSUV, y ahora cuando el general Müller Rojas expresa su “regocijo” por el paso dado por el gobernador de Lara, hacen recordar una expresión que acuñara Stalin, acerca de las diferencias de opinión en el partido bolchevique, que rezaba “El partido se fortalece depurándose”. Esta sentencia parte del supuesto monolitismo del partido, en el cual la única opinión válida es la de la dirección. Toda opinión o punto de vista que difiera de los de ésta es considerada una “desviación”, acusación que antecede a la de “traidor” y que termina con la “depuración”. En otras palabras, el partido se fortalecería cuando opiniones distintas a las de su dirección son expulsadas o, a punta de hostigar a sus portadores, estos lo abandonan. Es, pues, una concepción absolutamente antidemocrática, que parte del supuesto de la infalibilidad de la dirección y de la subordinación ciega e incondicional de los seguidores a ella. Los militantes delegan en la dirección del partido la facultad de pensar y decidir y sólo cumplen el rol de obedientes militantes.

Pero la cosa se hace aún peor cuando el partido está dirigido por un caudillo, que sustituye a la dirección y suprime todo debate, haciendo de su voluntad la línea política a seguir. En un partido regido por un caudillo no es posible ningún debate, ni siquiera en su dirección. Es el caso del PSUV. Chacumbele es el amo y señor del partido. Su voluntad es la ley. En el PSUV cualquier discusión o debate es el que Chávez quiere y autoriza. No es posible en ese partido ningún debate o discusión que nazca de “la base”.

Cuando por casualidad alguien expresa alguna opinión no masticada previamente por el capo, basta con que éste exprese su desacuerdo o inconformidad, para que todos se arrodillen ante él y la opinión “no autorizada” desaparezca de la escena. El problema para Chacumbele es que ese modelo de partido es un anacronismo, incompatible con una sociedad democrática, sobre todo en una como la venezolana, donde medio siglo de vida democrática, con todas sus imperfecciones, ha decantado una cultura que ha resistido hasta ahora todos los empujones que Chacumbele le ha dado. Por eso, el chavismo, como movimiento político, se ha venido desmigajando con los años. El de Henri Falcón no ha sido el primero ni será el último episodio de la eterna lucha entre el autocratismo y la democracia.

Desde los lejanos tiempos en que Luis Miquilena rompió con Chávez, hasta hoy, son incontables los que han abandonado a un caudillo que no admite pensamiento propio en otros y exige y espera obediencia ciega. Esas rupturas son las que van conduciendo a la conformación de una nueva mayoría en el país. Una nueva mayoría necesariamente diversa y no monolítica, donde se encuentren, con sus puntos de vista y opiniones propias, todos aquellos, provengan de donde provengan, cuyo común denominador sólo puede ser el de la democracia, que como señala Falcón en su carta, “se forja en la diversidad, en el reconocimiento del otro, en el respeto” para “propiciar la inclusión sin exclusión, la reconciliación nacional y el diálogo constructivo”.