Surrealismo en la TV y otros avatares

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No son frecuentes los episodios de surrealismo puro como el del lunes 8. La audiencia del programa nocturno de PAT “No Mentirás”, conducido por Sisi Añez, notó un ambiente que no concordaba con lo que aprendimos cuando nos dijeron que la razón surge de la fuerza de la verdad y de las evidencias que la sostienen. En el episodio surrealista del lunes había dos razones y dos mundos lejanos uno del otro, y entre ellos una CPE de conceptos difusos y por trechos inasible.

Una media docena de mujeres aymaras y un par de varones (¿aymaros?, pregunto a las “generistas”) fueron hasta el estudio para exhibir sus razones por las cuales defendían a Félix Patzi, quien acababa de ser defenestrado de la candidatura oficial para la gobernación de La Paz. La presentadora hizo la pregunta de rigor (Qué le parece el marginamiento del Sr. Patzi de la candidatura del MAS para La Paz por conducir un vehículo cuando estaba ebrio, o algo parecido). Los ojos fijos y el ceño adusto apenas se le movieron, señal de dominio escénico, cuando sus interlocutores empezaron a responder…en lengua aymara. Ni aun así su rostro mudó. Parecía evidente, empero, que la joven presentadora no hablaba ni entendía esa lengua, una de las 36 que se atribuye a los “pueblos originarios” en Bolivia. Salvo una que otra palabra, como la mayoría de los bolivianos que han tenido algún contacto con esa lengua. Lo sorprendente fue la actitud decidida de las aymaras para apoyar a Patzi, a quien el presidente había amputado su aspiración al cargo de gobernador. Dicen algunos, inclusive el propio Patzi, que de esa manera fue también apartado un posible rival del futuro cercano con cualidades poco comunes estos días: mente muy clara con conceptos bien articulados en buen castellano. La mayoría de la audiencia sentía la falta de las líneas de traducción en la base de la pantalla y había que utilizar intensamente la imaginación.

Aquello que volvía la escena más surrealista era la obstinada defensa a favor de Patzi sin otra argumentación de que no había sido “nada grave”. No era grave en el mundo de ellas, del que supuestamente viene también el presidente Morales. Y entonces no alcanzaban a entender por qué se castigaba a Patzi. Ninguno de los defensores aceptaba que a Patzi se lo hubiese defenestrado y privado de su carnet de conductor para toda la vida porque cometió un delito penado por leyes que no son las de sus comunidades. Para los entrevistados había cometido un pecado venial, de fácil y rápida redención, pero se le aplicaba una pena política y desproporcionada.

El programa, sin proponérselo explícitamente, expuso el conflicto entre dos culturas y dos maneras de ver el mundo (el “cosmos”, está de moda decir): la de la civilización “blanca” o k’ara de la lógica y la de la cultura morena, la aymara, que se sentía abofeteada por la blanca y no entendía por qué.

Delia Quispe, de la agrupación Bartolina Sisa, leyó la declaración reclamando la absolución de Patzi. Con un castellano titubeante (sería cínico e incorrecto exigir algo diferente) puso en evidencia uno de los puntos inaplicables de la CPE –dos justicias- aprobada hace un año en sólo dos días, con sus 400 y pico artículos. (¿Alguien avisó a Guinness?) El documento era puesto en jaque por quienes serían sus mayores beneficiarios. A los defensores de Patzi les faltó énfasis en la comparación con otros casos de gente en el gobierno que habría delinquido y que no habría sido castigada. Habrían ganado mayores puntos para su causa.

Patzi lo afirmó después: fue un ardid tramado por los k’aras que rodean al presidente, entre ellos el vicepresidente García Linera y su ministro del Interior, Sacha Llorenti. Pero no elaboró sus acusaciones y éstas quedaron sólo como tales y, por tanto, bajo sospecha.

En este episodio hubo algunas fallas notorias de los medios. Primero, no percibí que la prensa escrita (ignoro si hubo algún semanario cruceño que lo hubiera hecho), hubiese cumplido la tarea de reportaje del tipo que presentó “No mentirás” y, segundo (vale para todos), ninguno informó sobre dónde ni con quiénes se habría embriagado Patzi; cómo  percibieron que estaba ebrio (alguna información directa de los policías, tipo “lo notamos inseguro en el volante y nos aproximamos”, etc.) y qué significaba el grado alcohólico que le atribuía la prueba de alcoholemia a la que había sido sometido. Un dato que yo habría procurado descubrir: ¿A cuántos más se detuvo ese día por la misma razón? Sólo se supo, por versión de las autoridades, que había dicho, mentirosamente, que estuvo en el velorio de un pariente y que después se echó unos tragos.

El público lector boliviano tiene por una deuda por cobrar, pues, como están las cosas, probablemente habrá más episodios surrealistas.

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