La ausencia de Cristina Kirchner

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Este 1 de enero, Bolivia debía comenzar a exportar a Argentina 27,7 millones de metros cúbicos de gas natural. Hasta un día atrás, las exportaciones debían haber llegado a 7,7 millones de metros cúbicos. ¿Saben cuánto exportamos estos días a ese país? Apenas 1,5 millón de metros cúbicos diarios la semana pasada. Para llegar al compromiso de los 27,7 tendríamos que multiplicar por 26 la exportación de diciembre. Es como quien se compromete a construir un edificio de cuatro pisos y resulta que su capacidad no llega a cubrir lo necesario para construir del muro alrededor de la construcción. O quien quiere estudiar medicina en la universidad, pero cuya libreta muestra que ni siquiera venció el ciclo primario.

La explicación difundida es que la Sra. Kirchner no quiere dejar la silla presidencial al vicepresidente Ricardo Lobos, a quien considera enemigo tras el apoyo que dio a la decisión de frenar la iniciativa del gobierno de utilizar reservas internacionales para pagar deuda externa y temía que ella fuera de la silla fuese una tentación demasiado grande para Lobos y quienes buscarían desplazarla. Por eso no habría venido a Bolivia para homenajear al presidente Evo Morales.

Al margen de esa explicación hay otra. Semanas antes de la re-posesión del presidente Morales, se había informado que la presidenta firmaría un “adendum” a los contratos hidrocarburíferos suscriptos hace poco más de tres años con el antecesor de la Sra. Kirchner, su esposo Néstor. El agregado obligaba a Bolivia a cumplir rigurosamente los términos del documento, que reafirmaba el suscripto en 2006. Es decir, incorporar de una manera cumplible los términos usuales de “take or pay”, lleva el total o paga o recibe por el total de la diferencia. Para hacer efectiva la operación, Argentina necesita construir un gasoducto de 55 kilómetros que unan las terminales del gas de Bolivia con la de Argentina. Sin garantías específicas de Bolivia, los negociadores argentinos estuvieron renuentes a recomendar la firma de un acuerdo que los comprometía a algo que la contraparte boliviana podría no cumplir. El riesgo de CK era muy grande para algo todavía -y nadie sabe por cuánto tiempo- “inmaterial”.

Con los actuales niveles de producción, Bolivia carece de condiciones para comprometerse seriamente a exportar más allá de lo que ya vende a sus vecinos. Son volúmenes incluso inferiores, como en el caso argentino referido arriba, a los comprometidos. Brasil, para alivio boliviano, está comprando cada vez menos, y aunque Lula diga que Brasil seguirá comprando gas de Bolivia, nuestro vecino se encamina rápidamente hacia el corte de su cordón umbilical con Bolivia. Cuando lo haga, no lo hará bruscamente, sino de manera gradual. Pero, al final, el resultado puede ser el mismo: perder, como dicen los venezolanos, “el chivo y el mecate”, la soga y la cabra, el cliente y el ducto,  que no tendria qué transportar.

El plan quinquenal de inversiones de YPFB contempla desembolsos de unos 7.000 millones de dólares, de los cuales $1.400 ya este año, para exploración y perforación. Si lo hace, es probable que corra el riesgo solo, pues las empresas petroleras están renuentes a invertir si no tienen un conjunto de garantías, inclusive la jurídica: que las leyes no cambiarán y que los acuerdos se mantendrán.

Una posibilidad que parece más visible está en la recuperación secundaria de campos ya explotados y semi-abandonados. Son más de mil pozos que con técnicas adecuadas pueden ayudar a suplir parte de nuestros déficits en gasolina y diesel.  El tema es interesante, merecedor de un comentario aparte.

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