Día: enero 17, 2010

La derecha vuelve a Chile: ganó Piñera

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Sebastián Piñera, uno de los empresarios chilenos  más exitosos, ganó este domingo la elección presidencial en Chile y se convierte, así, en el primer dirigente que, desde la derecha, se encamina a asumir las riendas de su pais desde la retirada del general Augusto Pinochet. Su rival demócrata cristiano Eduardo Frei reconoció la derrota y subrayó que la búsqueda de mayor igualdad y justicia social “seguirá manifestándose en cada rincón de Chile”, mientras  las fuerzas vencedoras iniciaban una jornada festiva.

Fue una jornada que tuvo a muchos bolivianos atentos, por la proximidad de Chile y por las relaciones bilaterales accidentadas desde la Guerra del Pacifico.  Tal vez la conmemoración del próximo 23 de marzo sea ahora más visible y menos silenciosa.

El triunfo de Piñera, quien en 1988 votó contra la permanencia de Pinochet y ayudó a reabrir el camino de la democracia en 1990, marca el mayor punto de inflexión en el avance de las fuerzas de izquierda en el continente manifiesta desde comienzos de este siglo. Representa, asimismo, un revés para el presidente venezolano Hugo Chávez y el socialismo Siglo XXI que preconiza y que tendrá en nuestro vecino un rival geopolítico de magnitud. Puede también marcar el final de la luna de miel sin mayores frutos vivida en los últimos cuatro años entre Bolivia y Chile.

El gobierno que presidía Michelle Bachelet era consonante con el de Luiz Inacio Lula da Silva, en Brasil. Ambos moderados, expresaban una “izquierda moderna”, distinta de la de Chávez y sus seguidores en el Proyecto Bolivariano, entre ellos el del presidente Evo Morales, en Bolivia.  Ahora todo el occidente boliviano (Peru y Chile) tendrá al frente a regímenes de orientacion política adversa a la de Bolivia.

La derrota admitida por Frei era, sin embargo, exigua. Sólo el 60,3% de las mesas de votación había sido escrutado y la ventaja de Piñera sobre si contendor era de menos del 1,5% (51,57% vs. 48,12%). Probablemente contaba con informaciones mas amplias que lo llevaron a conceder tempranamente el triunfo al adversario. La prisa, al parecer, procuraba evitar horas de ansiedad a la ciudadanía chilena. Pero también expresaba el carácter hidalgo del candidato, al igual que el de su padre, Eduardo Frei Montalva, el último presidente demócrata cristiano antes de la llegada del socialista Salvador Allende y del golpe militar que dirigió Pinochet en 1973.

“Los chilenos y las chilenas han dado una muestra de madurez cívica”, dijo, adusto, Frei, presidente entre 1990 y 1994. “Fue una elección limpia y transparente”, agregó para de inmediato reconocer que “la mayoría le ha dado (a Piñera) su confianza”.  Y en tono de quien pide sosiego a sus seguidores, declaró que su derrota “es sólo un alto en el camino…Nuestra búsqueda por mayor igualdad y justicia social seguirá manifestándose en cada rincón de Chile…Chile es hoy mucho mejor que ayer, mucho mejor que el país que recibimos en 1990”.

Bajo las dos décadas de gestión de la concertación liderizada por socialistas y  demócrata cristianos, Chile aceleró el crecimiento de su economía y readquirió peso internacional.  El presidente Morales creyó que con una mujer de izquierda, hija de un dirigente perseguido por la dictadura de Pinochet, podría avanzar en la búsqueda de una solución para el más que centenario encierro geográfico de Bolivia. Desde diversos ángulos los historiadores recordaron que Chile no variaría las constantes de su política externa por alguna afinidad política con gobernantes bolivianos. Esa premisa la vivió en carne propia el general Hugo Bánzer, quien restableció relaciones diplomáticas con Chile creyendo que así pavimentaría el camino para una salida al mar. Fracasó y tuvo que volver a romperlas. El presidente Morales tampoco logró avances significativos y dejó pendiente en el tintero un acuerdo sobre las aguas del Silala.

Antes de concluir su circunspecto mensaje, Frei se dirigió a las fuerzas progresistas y demócratas de su país: “Hay que mantener la unidad”, les dijo.

La presidenta Bachelet no demoró en felicitar telefónicamente a Piñera y pedirle mantener los logros alcanzados por Chile en dos décadas de concertación socialista-demócrata cristiana. Piñera la invitó a tomar desayuno al día siguiente (lunes) y le pidió su cooperación. Inclusive habló  la esposa de Piñera y le dijo que el gobierno de su marido necesitaría la ayuda de la presidente saliente. El estrecho triunfo explicaría la actitud conciliadora del presidente electo y puede ser el mejor puente para un entendimiento que entre las dos fuerzas para garantizar la gobernabilidad.

Lo ocurrido en esta jornada electoral en Chile ejercerá una influencia importante en la geopolítica continental. Sin duda, muchas cancillerías empiezan a cavilar sobre los cambios que pueden ocurrir en los ejes de poder sudamericanos.

Tropezar con la misma piedra

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El viernes 18 de febrero de 1983 Venezuela despertó de un largo adormecimiento alimentado por la creencia de que, por ser un país rico en petróleo, no correría la misma suerte de México, que casi cinco meses antes se había declarado en bancarrota. Recuerdo que el presidente socialcristiano Luis Herrera Campins proclamaba que Venezuela era diferente. Tenía enormes reservas monetarias capaces de enfrentar cualquier vendaval financiero.  Las reservas parecían una garantía granítica. Pero semanalmente disminuían en unos 500 millones de dólares. Aquel día, cuando no había más sangre financiera y que los venezolanos conocen como “viernes negro”, Venezuela encontró que tenía sólo 300 millones de dólares, suficientes para un par de días de importaciones.

El libre cambio acabó, vino el control y un triple cambio que, poco a poco, convergería en el más alto, el de 7.50 bolívares por un dólar, en sustitución del de 4.30 por un dólar vigente durante más de 20 años. (Recuerdo que una de las extravagancias del triple cambio era  un dólar especial, a seis bolívares, para importar relojes Rolex y Patek Philip, entre otras joyas que para la mayoría de los venezolanos eran curiosidades.)

Para los venezolanos lo que acababa de ocurrir era increíble. ¿Cómo, si sólo dos años atrás se ahogaba en ingresos petroleros podía Venezuela estar en bancarrota?  A fines de ese año se realizaban elecciones presidenciales y el grito de batalla victorioso de los opositores de Acción Democrática fue una pregunta sin respuesta: ¿“Dónde están los reales?” Para empeorar la situación, el país enfrentaba pesados compromisos externos que ni los funcionarios sabían a cuánto ascendían. Una comisión bancaria llegó a Caracas y tras una auditoría dictaminó: 27.500 millones de dólares.

La devaluación aplicada este 8 de enero también vino tras una torrencial lluvia de dólares que confirieron a Venezuela características de emirato árabe.  La prédica de administrar la abundancia con criterios de escasez nunca fue más allá de un slogan. Sólo las “ayudas”  del presidente Hugo Chávez a los vecinos afines a la línea del socialismo del siglo XXI que predica han superado los 40.000 millones de dólares. No sabemos cuánto le correspondió a Bolivia. Sólo vemos que se estrecha la ventana para exportar textiles y que las pilas del timbre para pedir ayuda están secas pues se acabaron los cheques distribuidos sin control (¿recuerdan quela ministra anticorrupción denunció que algunas alcaldías habían hecho “mal uso” de los fondos entregados por Chávez? Como para darle anticipadamente razón, en 2007 se informaba que un alcalde había se fugado con $US45.000 del programa Bolivia Cambia…)

Como ahora, en 1983 se pregonó que la devaluación marcaría el renacimiento de la industria venezolana, desde la de los alimentos hasta la del vestido. No fue así. Al poco tiempo florecían las importaciones de casi todo, desde automóviles hasta electrodomésticos. Ir a los almacenes de las Fuerzas Armadas era un paseo por el paraíso de productos extranjeros, desde joyas y whisky de las marcas más finas hasta quesos y aceitunas que hacían las delicias de los paladares más sofisticados…a precios exentos de impuestos.

El sacudón financiero alteró todo el sistema político, que anduvo de tumbo en tumbo hasta llegar a los intentos de golpe del Tcnl. Hugo Chávez y su ascenso final a la presidencia, hace once años.  La historia del viernes 8 de enero está todavía en curso. Queda por verse el desenlace.