Día: enero 1, 2010

Libertad de prensa: Un sendero empinado

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El año que acaba ha sido mezquino en acontecimientos para apuntalar la libertad de prensa y disipar la alarma que cundió al final de 2008 tras la reprimenda pública del presidente a un periodista en el Palacio de Gobierno.  Casi 140 agresiones contra la prensa y periodistas han sido contabilizadas este año, una cifra nada envidiable. El cuadro es destructivo para las maltrechas relaciones entre el gobierno y el sector que debería ser uno de sus interlocutores más importantes ante gran parte de la sociedad que conduce. Una pregunta atenaza a todos o gran parte de los periodistas: ¿Es posible mejorar este cuadro?  Apretando los dientes y cruzando los dedos en señal de esperanza, digo Sí.

Ahora que comenzará a regir una nueva CPE, vuelve a hablarse mucho de diálogo. Pero ¿ha habido suficiente diálogo entre el gobierno y la prensa, entre el gobierno y los medios de información en general?  Creo que estos años son deficitarios en esta vertiente fundamental para la democracia.  (No ha sido suficiente que hubiese mejorado notablemente la calidad del café boliviano, tema capaz de calmar cualquier impaciencia en una reunión informativa de alto nivel!) No he sabido de una conversación amplia y serena de los dirigentes de los medios con el presidente. Esos contactos solían darse en otros tiempos y ocurren en otras latitudes, pero por alguna razón, aquí se ha creado un vacío que de persistir tenderá a empeorar.  Para mal de todos.

Por lo visto este año, uno llega casi a convencerse  que las autoridades no alcanzan a entender el papel de la  prensa y parecen confundir el deber de informar con la sumisión a sus intereses políticos. Uno también cree que el entorno del presidente se preocupa poco por mostrarle ese papel. Que el presidente ignore o no le interesen los términos de la relación que debería tener con la prensa es comprensible por muchas razones. No es el único. Lo que no es comprensible es la idea de que el círculo presidencial  no se preocupe por hacérselo conocer. 

La prensa, en Bolivia como en otras partes,  a menudo camina cerca de un precipicio: la necesidad de sus lectores de conocer al máximo los detalles de lo que se le quiere informar y el recelo de quienes serán juzgados por esas informaciones. En un marco legal, nadie tiene que caer al abismo, pues el primer beneficiario de ese camino es la sociedad.

En estos últimos tiempos he visto al presidente impacientarse (nada anormal en cualquiera de nosotros) y frecuentemente tener expresiones sin sentido (Vietnam, por ejemplo) en audiencias internacionales sin que nadie se atreva a plantearle observaciones. No ha tenido conferencias de prensa con la seriedad derivada de su rango. Si no hay conferencias de prensa ordenadas de acuerdo a reglas universales, es difícil llegar a la audiencia de los medios con informaciones públicas de primera mano.

¿Qué tal si, en aras de una mejor relación, comenzáramos  instituyendo salas de prensa apropiadamente equipadas donde las autoridades puedan dirigirse a sus interlocutores confortablemente y éstos sientan lo mismo para poder entender y volver a preguntar en caso que la respuesta no hubiese sido suficientemente explicativa?   No es nada elegante ver a los ministros declarando a los reporteros en la calle, bajo bocinazos y ruidos del transporte, o en pasillos apretados, cuando podrían  hacerlo en áreas diseñadas específicamente para cuando la ocasión lo requiera.  Por otra parte, en la mayoría de los países los reporteros son incisivos y replicadores. Las autoridades tienen que soportar sus preguntas conscientes de que están ante una especie de tribunal que juzgará su comportamiento, habilidades y gestión administrativa y política por la calidad de sus respuestas. 

En el otro lado, hay que admitir que los periodistas, a menudo, exhiben desconocimiento, torpeza y falta de preparación al preguntar, lo que suele exacerbar legítimamente al interlocutor. Pero, como alguien dijo en una ocasión: no hay preguntas  indiscretas o mal elaboradas. Las indiscretas son las respuestas.

En una recientes declaración sobre la prensa, el presidente dijo:   “Yo soy víctima permanente, hay exagerada libertad de expresión, ustedes hasta amenazan de matar a Evo Morales, no son todos por supuesto, pero son de la prensa”.  Poco antes, había ofrecido contratar a los periodistas para trabajar en medios estatales, quizá sin advertir la gravedad ética del ofrecimiento.  Ninguna de las dos declaraciones recibiría aprobación de una audiencia independiente. 

Muchas frases presidenciales han sido debatidas públicamente. Quizá es el momento de hablar en privado para, inclusive, discutir todos los temas que conciernen a la prensa. Lo cierto es que por esta ruta no se debe continuar.

Ninguna democracia ha muerto por exceso de libertad de prensa, así como nadie ha muerto por gozar de buena salud.  Al contrario, uno de los síntomas inmediatos de la muerte de una democracia es la falta de esa libertad.

Nota: Publicado en  La Prensa, de La Paz, el martes28 de diciembre  pasado.