Tentaciones hegemónicas

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Todos estos meses –y quizá todos estos últimos años- hemos vivido bajo el bombardeo del concepto democracia dicho a diestra y siniestra sin que todos entiendan el concepto ni el valor que encierra. Para muchos, democracia se ha vuelto sinónimo de hegemonía que suplanta el equilibrio y la búsqueda armónica del bien común.

Está en circulación desde hace un tiempo un texto que llamó mi atención por su claridad y sencillez: La Formación en los valores de la Democracia (Grupo Editorial Quipus, 131 páginas, tercera edición.) Nadie podrá decir que su autor, Gregorio Iriarte, cura Oblato, es de ideas conservadoras. Lo conocí hace muchos años y creo nunca se movió un centímetro de su compromiso con los valores que siempre predicó y los refiere en su obra que merece ser leída, especialmente en temporadas de fin de año proclives a la solidaridad.

“Generalmente se acepta la idea”, nos dice (Pag. 55), “de que deben existir por lo menos dos partidos políticos para que haya democracia en un país. El pueblo puede controlar al gobierno solamente cuando cuenta con la posibilidad de cambiar dicho gobierno, apoyando a otro partido. Las elecciones no tendrán mayor significado si no existen opciones reales de cambios”.

Transcribo la cita por las tentaciones hacia la hegemonía política que se manifiestan en Bolivia. Agregaría yo que es en la capacidad de decidir entre varias opciones donde reside la esencia de la dignidad del ser humano y su libertad. Fue por el clamor sofocado que gritaba democracia, como se la conoce en el mundo occidental, que cayeron las llamadas “democracias populares” del este de Europa y la propia -ahora fallecida- Unión Soviética. La hegemonía condujo en esos países a feroces regímenes policíacos. La ineficiencia en la gestión económica completó el desastre.

Iriarte menciona las falencias de la democracia boliviana (es el año 2004), en la que los excesos condujeron a un desencanto general con los partidos políticos. Un dato eriza los cabellos: un senador costaba al país unos dos millones de bolivianos anuales (más o menos 300.000 dólares), cifra obscena donde cientos de miles sobreviven con menos de un dólar por día. Esa manera de administrar los recursos del estado condicionó muchas de las conmociones que Bolivia vivió después. Habrá que hacer comparaciones ahora que el número de parlamentarios de la llamada “Asamblea Plurinacional” será mayor. Como hay poca transparencia en los gastos públicos, poco se sabe respecto a cuánto consumirá la asamblea que sucederá al Poder Legislativo. En verdad, se sabe muy poco de cómo el gobierno gasta el dinero de los bolivianos, mucho menos cómo ha gastado lo que el país recibió con la bonanza de precios que produjo la economía mundial para los exportadores de materias primas. Eso suele ocurrir cuando no existe un sistema efectivo de control entre los poderes.

La obra de Iriarte, guiada por el norte básico del bien común, es una manera fácil y rápida de recordar cómo convivir en democracia. Discrepo personalmente de algunos conceptos y premisas de la obra. Los llamados “movimientos sociales” que emergen como un contrapeso a los partidos por lo general obedecen a caudillos y suelen volverse camino seguro a la anarquía y a hundir el bien común que se quiere promover. El tema es vasto y apenas deseaba mencionar la obra como fuente para una sana discusión.

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