Día: julio 18, 2009

Paralelos del pasado

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Un 28 de junio de hace 95 años el mundo despertó para dejar atrás para siempre la que fue denominada como “la belle epoque”, aludiendo un tiempo sin mayores preocupaciones en el que las naciones vivían bajo un aparente equilibrio que creían duradero. Era sólo un espejismo que ocultaba las grietas sísmicas prontas a emerger al menor estímulo. Ese día de 1914 fue asesinado en Sarajevo el Archiduque de Austria Franz Ferdinand. Fue el fósforo para una hoguera que se gestaba desde hacía tiempo. En poco más de un mes todo el mundo estaba en guerra, la más sangrienta conocida hasta entonces por la humanidad: 20 millones de muertos, devastación por todas partes y economías en colapso.

La Primera Guerra Mundial ratificó la lección de que es posible determinar cómo y a raíz de qué puede comenzar un conflicto bélico. Pero nadie, ni sus protagonistas, pueden imaginar el resultado final. Con la conflagración de 1914-18, al grito de guerra no sólo los hombres se mataban, sino que de la faz de la tierra eran barridos el imperio austro-húngaro, la Rusia zarista y el imperio otomano. La Gran Guerra sobrevino en el rastro de la emergencia de Alemania que, unificada por Bismark en el siglo anterior, ponía en jaque –y después en jaque mate- al predominio francés en el viejo continente, que trastabillaba con la presencia de una nueva fuerza que disputaba espacios e influencia con ventaja sobre sus rivales gracias a la reconocida calidad industriosa de los alemanes.

“Los diseñadores del Tratado de Versalles (que selló el fin de la guerra) consiguieron exactamente lo contrario de lo que se habían propuesto conseguir. Habían tratado de debilitar físicamente a Alemania, pero más bien la fortalecieron geopolíticamente. Desde un punto de vista de largo plazo, Alemania estaba en mucho mejor posición para dominar Europa después de Versalles que antes de la guerra”, dictaminó Henry Kissinger, en su obra monumental “Diplomacy” (Touchstone, 1994).

Independientemente de estilos, geografía y protagonistas, son frecuentes los ejemplos de cómo la emergencia de naciones y regiones suele generar conflictos y desplazamientos en un orden que se creía estable y que empieza a decaer más temprano que tarde. Con el Tratado de Versalles, las condiciones impuestas a los aparentemente perdedores del conflicto fueron tantas y tan pesadas que llevaban el germen de su propia anulación. La postración económica de Alemania rebotó en el resto del continente, cuyos líderes empezaron a percibir que habían disparado en el propio pie. De hecho, el virus de aquel tratado desembocó poco más de 20 años después en otra conflagración aún más terrible, en la que el supuesto orden que había nacido de las cenizas de la primera guerra murió sin remedio para dar paso a nuevos actores.

Una lección clara de la historia: Las normas –llámense tratados o leyes nacionales básicas- que pretenden amarrar o encasillar pueblos y regiones bajo visiones e intereses unilaterales, frecuentemente carentes de realismo, acaban convertidas en ciénagas en las que se hunden sus progenitores pues ni ellos mismos consiguen cumplirlas.

 

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