Día: junio 6, 2009

Diplomacia en trance

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Sin miedo a nadie, sin miedo al imperio, hoy día, delante de todos ustedes, delante del pueblo boliviano declaro “persona no grata” al embajador de los Estados Unidos…” Con el índice derecho en alto, agregó: “No queremos gente separatista en nuestro país”. La decisión presidencial, transmitida, así, verbalmente, incluyó instrucciones a la cancillería para comunicarla formalmente a la legación estadounidense. “No queremos gente separatista, divisionista, que conspire contra la unidad. No queremos personas que atenten contra la democracia”, dijo. Fecha: 10 de septiembre, un día antes de Pando.

Con esa frase y esos gestos, el presidente Evo Morales selló la suerte de las relaciones de Bolivia con EE.UU. que ahora procura reparar. Las acusaciones de conspiración y separatismo no fueron probadas y en gran parte de los observadores quedó la sospecha de que se trató de paranoia más que de realidades. Como las denuncias en torno a la foto famosa con un colombiano de quien no se ha vuelto a hablar y ahora está desaparecido, probablemente de vuelta en su país.

Quizá pensando en relaciones personales elementales, los funcionarios de la cancillería creyeron que era cuestión de un cambio de gobierno en Estados Unidos para recomponer el cristal roto y que con el presidente Obama se practicaría rápidamente un borrón y cuenta nueva. Lamentablemente para los que pensaron así, el mundo no funciona con un “discúlpame, hermanito” para reparar un daño. Es probable que la entrevista del domingo antepasado concedida por un portavoz del Departamento de Estado y ex funcionario de la embajada estadounidense en Bolivia al diario La Razón hubiese sido un balde de agua fría. El funcionario dijo que la expulsión había sido “injusta”, una manera de desmentir la teoría conspiratoria.

De hecho, pasan cinco meses desde la posesión del nuevo líder estadounidense y el retorno a una relación normal no está a la vuelta de la esquina. Mientras tanto, se diluyen las concesiones de que gozaba Bolivia en el mercado estadounidense y, peor aún, de contar con un aporte gratuito de más de $600 millones para la carretera hacia el norte, un paso gigante para vertebrar Bolivia, ahora eliminado a raíz de las bravatas que precipitaron la expulsión del diplomático.

Parece que en Bolivia se ha vuelto un hábito ignorar el valor de las palabras y los gestos. Lo vemos dramáticamente con Perú. Gracias a las afirmaciones del presidente de que estaba informado que la Corte de La Haya fallaría a favor de Chile y que el planteamiento peruano buscaba entorpecer un acuerdo entre Bolivia y Chile, el primer mandatario nacional se ha convertido en bolsa de piñata sobre la que la prensa peruana descarga palazos furiosos. Quizá por imprudencia más que por un afán deliberado, ahora hay un ambiente más empinado que nunca para el consentimiento peruano con una salida por territorios que fueron peruanos antes de la guerra de 1879. No se concibe una solución por los territorios que fueron de Bolivia.

En la más reciente y más acalorada embestida, el presidente Morales dijo: “…sepan que el gobierno boliviano va a defender su (sic) salida al mar y no es posible que con algunas demandas perjudiquen el retorno de Bolivia al mar…” 

A Chile debe preocuparle la animadversión boliviana hacia Perú, pues como dice un popular vals peruano, en cuanto cambian las circunstancias es fácil caminar del amor al odio.