Día: mayo 23, 2009

Un estado plurinacional

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Con este subtítulo el analista político argentino Emilio J. Cárdenas analiza episodios actuales en su país, en Bolivia y Venezuela. Sólo transcribo la parte relativa a Bolivia. El texto completo del artículo puede ser leído directamente en el sitio Economía para Todos.

Bolivia: un «estado plurinacional» 

Bolivia es, hasta 2010, uno de los 47 miembros del Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. En la página web de ese organismo se describe concretamente al país como un «estado plurinacional». Esto es, por lo demás, lo que en líneas generales surge del insólito y caótico texto la nueva Constitución del país, a la que, desde las columnas de La Nación acaba de referirse el colorido Carlos Escudé como un auténtico (y preocupante) «Viva la Pepa». Tiene razón. Es así. Y, como veremos a continuación, lo cierto es que desgraciadamente cada vez hay más episodios concretos que lamentar, que así lo acreditan. 

El más reciente, que describiremos, es realmente de terror. Le puede pasar a cualquiera. Incluyendo a los visitantes. Este es el caso de un indígena del Beni: Marcial Fabricano, que acaba de ser flagelado impune y salvajemente. 

Esto es lo que pasa cuando ex profeso se atrasan (varios siglos) las agujas del reloj y todos los calendarios. Inevitablemente. Vamos a ver más de estas cosas, presumiblemente. Con todo lo que significan como desprecio a la dignidad humana. 

Fabricano es un hombre mayor, ex dirigente indígena de la llamada Confederación de Pueblos Indígenas del Oriente Boliviano (CIDOB). Fue azotado por personeros de la llamada «justicia comunitaria», que es, según queda visto, inhumana, atávica y salvaje. Como consecuencia de la agresión sufrida, fue trasladado de urgencia para ser atendido primero a la clínica de Trinidad y de allí Santa Cruz, en muy mal estado. 

El 6 de mayo pasado pobladores indígenas de la reserva forestal Isiboro Sécure (en el Beni) que militan en el partido de gobierno (el MAS) decidieron «retener» (eufemismo utilizado para referirse al crimen conocido como «secuestro») a Fabriciano para aplicarle una «sanción» presuntamente aplicada -meses antes- por una asamblea («ampliado») campesina, por «traición» a su raza. 

El castigo aplicado fue de una «arroba» (50) de inhumanos azotes o latigazos en la espalda. La víctima estaba en el lugar de visita como funcionario público, representando al Prefecto del Departamento. Ese fue su error. Carísimo. 

Consumado que fuera el horroroso atropello, el nuevo presidente de la CIDOB (del MAS), un tal Adolfo Chávez, quien primero había aplaudido el hecho, reconoció luego que la dura flagelación realmente fue «un exceso». 

Fabriciano fue azotado por una turba, con saña sin par, hasta que quedó tendido en el suelo, en la más profunda inconsciencia. 

Pero Chávez «no pudo con su genio» y acotó (tratando de excusar a los partícipes del delito) que la «traición» de Fabriciano tiene que ver con pensar distinto. Porque ella, dijo, se remonta a una década, cuando Fabricano cometiera el «error» imperdonable de trabajar para el gobierno de Jorge («Tuto») Quiroga, entre el 2001 y el 2002, del cual fuera Viceministro de Asuntos Campesinos. 

Pese a lo cual, según Chávez, la aplicación del «chicotazo» (pena aprobada por la justicia comunitaria) fue exagerada. La intolerancia llevada a su máxima expresión, con mente criminal por cierto. 

El presidente de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos de Bolivia, Jorge Sueiro, condenó el episodio; también el representante del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de las Naciones Unidas, Dennis Racicot; y la Iglesia Católica, así como la Human Rights Foundation. 

Hasta la belicosa Ministra de Justicia, Celima Torrico, aseguró a los medios que la justicia comunitaria nada tenía que ver con el episodio, recordando que la Constitución garantiza la «integridad física» de las personas. «Tarde piaste», Celima. De horror, por cierto. 

Como si el castigo inhumano propinado a Fabricano fuera poco, los indígenas decidieron (motu propio) «desterrar a Fabriciano. En paralelo, la Confederación de Pueblos Indígenas del Oriente Boliviano emplazó (también motu propio) a la justicia ordinaria a abstenerse de investigar el hecho. Increíble, pero ésta es la realidad boliviana en la «era» de Evo Morales. Una que ha detenido primero y retrasado después la marcha de la civilización.

Aislamiento espléndido

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Durante los últimos años del Siglo XIX, Gran Bretaña consolidó una política externa que la aislaba de las disputas del continente europeo sin disminuir su capacidad de forjar alianzas y actuar cuando peligraba el equilibrio mundial entonces asentado en el viejo mundo y que le garantizaba su poder colonial y el dominio de los mares. Era, como fue definida aquella posición, un «aislamiento espléndido» que le permitió ser árbitro –y favorecer su interés nacional- durante décadas. Inglaterra podía jugar ese papel apuntalada por su posición geográfica: ser parte del continente europeo sin estar en él.

De una manera caricaturesca, el gobierno también quiere encaminar a Bolivia hacia un «aislamiento espléndido». El adjetivo «espléndido» es sarcástico, pues Bolivia es una isla al revés: está rodeada de tierra. Por eso debe tener el máximo cuidado en la relación con sus vecinos. En los últimos años, sin embargo, sus relaciones exteriores se han deteriorado progresivamente, no sólo con algunos vecinos sino más allá.

No tiene relaciones con Chile desde hace más de 30 años. Con Brasil, las relaciones han perdido el vigor de años atrás, por decir lo menos. El vecino gigante camina presuroso hacia su independencia energética. En este nuevo cuadro, Bolivia tiene un papel irrelevante: Si el principal comprador sudamericano de energía puede prescindir del gas boliviano, pues no quiere estar amarrado a «humores», ¿cómo invertir en buscar y desarrollar nuevos campos gasíferos? Con Argentina, las relaciones no tienen mayores frutos, al igual que con Paraguay. Con Colombia, son frías y con Estados Unidos tal vez lleguen a una tibia restauración. En la Comunidad Andina de Naciones la presencia boliviana se ha vuelto incómoda, pues dificulta el diálogo hacia un acuerdo de libre comercio con Europa, por el cual tienen prisa sus tres socios.

Y ahora quiere romper con Perú, su hermano siamés, a causa del asilo concedido a tres ex ministros. El gobierno boliviano se niega -o no alcanza- a comprender el derecho de asilo y exige que los refugiados se entreguen sin garantías de un juicio imparcial…con la Corte Suprema descabezada, sin Tribunal Constitucional y con mitad del Congreso obediente a la batuta del gobierno y la otra mitad bajo amenaza de cercos. (Sólo los reconoce cuando le interesan. Por eso se niega a extraditar a algunas personas procuradas por otros países. Ha negado la extradición de por lo menos un ciudadano peruano y de algunos paraguayos). El gobierno espera que su similar de Perú y el Alto Comisionado para los Refugiados reviertan la decisión que protege a los ex ministros. Creo que el presidente Morales y el canciller Choquehuanca han hecho un pedido sin retorno. El Presidente, en una manifestación de impaciencia, ha amenazado también con recurrir a La Haya para obtener su propósito. De Perú le han contestado que, si lo hace, se arriesga a protagonizar la madre de los papelones. Con todo esto, ¿habrá una ruptura de relaciones?

En sus academias, las fuerzas armadas bolivianas solían imaginar estrategias frente a una amenaza chilena. Un ensayo llegó a plantear en caso de una guerra el abandono hipotético de La Paz y un repliegue a Cochabamba o Santa Cruz. ¿Será que los estudios actuales se basan en una supuesta amenaza peruana?

La pregunta de las cancillerías estos días es si Bolivia llegará a una ruptura con su vecino históricamente más importante. Personalmente creo que una lógica mínima indica que no. Un instinto primordial debería hacer al gobierno enganchar en retro.

Si alguien gana en esta controversia absurda, ¿quién es? No creo que sea Bolivia. Ni Perú. Adivinen.