Día: mayo 9, 2009

Raspando la olla

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 Al ritmo que van los acontecimientos en Bolivia, pronto surgirán personajes de tercer y cuarto nivel como protagonistas principales. Esta vez ha sido un personaje con prontuario lleno el que ha servido de base para acusar a algunas personalidades cruceñas. Creo que quienes conocen a los generales Gary Prado Salmón y Lucio Añez no se los imaginan como integrantes de un “estado mayor terrorista”.  La calidad del acusador constituye una maxi devaluación de la tesis de terrorismo bien ensamblado que el fiscal Marcelo Sosa se ha esmerado en presentar. 

El Gral. Prado, desde hace años en silla de ruedas, registró su nombre en la historia cuando, al mando de una compañía del Regimiento Ranger, de Montero, derrotó y capturó a Ernesto Ché Guevara. El Gral. Añez también inscribió su nombre al alzarse contra sus camaradas de armas que abusaban del país. Su actitud resultó fundamental en la reconquista de la democracia. Los dos dijeron que las acusaciones que se les había hecho constituían “un soberano disparate”. Ambos resultaron víctimas, junto a otras 17 personas,  del ventilador que el Fiscal puso en la lengua del “testigo fundamental”, quien era un asiduo alojado  de la cárcel de Palmasola.

Como dicen en Venezuela, se está raspando la olla. Ha habido un persistente deterioro de la calidad y de la trama de las historias que nos han contado. La de Pando 11/09 es una historia aún no contada pero que tiene a cuando menos 11 muertos,  parte del balance de la jornada más sangrienta  del más joven departamento boliviano.  A lo malo se suma lo peor. En ese rastro tenebroso ha quedado latente la acción de contrabandistas que utilizaban esos parajes para nutrir su actividad.

 El año pasado surgió la especie de que desde el Cine Center, el complejo cinematográfico más moderno de Santa Cruz, unos jóvenes planeaban asesinar al Presidente Evo Morales con un fusil Máuser y la ayuda de una mira telescópica manual. Nadie se ocupó de averiguar si los supuestos magnicidas tenían conocimientos de física y balística, necesarios para calcular el efecto de la gravedad y la rotación de la tierra sobre el proyectil, para acertar a  un blanco móvil a unos 1.000 metros de distancia con un arma obsoleta, y el pulso firme para sostener la mira telescópica manual. Lo cierto es que el bullicio que se armó en torno a esa supuesta conspiración asesina murió porque no se sustentaba. Hace pocos días, al universitario Nemesio Mamani Lima se le ocurrió hacer un embudo con un periódico y aguzar la vista sobre una caravana de vehículos de la escolta de protección al presidente Morales. Pagó cara su audacia: lo llevaron preso con el argumento que su actitud podría manifestar un deseo criminal. Estos días otoñales de abril y mayo, el gobierno del presidente Evo Morales ha dado lugar a un torbellino de acontecimientos, uno detrás de otro, que supera sus propios récords atiza-conflictos.

La historia del Hotel Las Américas todavía está en pleno desarrollo. A estas alturas, el gobierno tiene mucho que explicar. Esta semana surgió el  factor Venezuela como centro de atención:  ¿Fue sólo una coincidencia que el día 13 de abril se hubieran registrado cuatro ciudadanos venezolanos y tuviesen  salida marcada el 15, horas antes del episodio sangriento del día 16? La TV ha divulgado ampliamente documentación indesmentible sobre la presencia del cuarteto, desde sus nombres completos hasta fotocopias de  pasaportes y números de teléfonos celulares. Los datos están en la red desde el 8 de mayo.  Se trata de Daniel Gonzalo Sánchez Nieves, Alirio Ramón Ortega Ríos, José Ramón Garrido Salcedo y Jesús Ordaz Landaeta. Estaban un piso más debajo de Eduardo Rozsa, Arpad Magyarosi y Michael Dwyer, muertos en la operación del 16. La Embajada de Venezuela, en un comunicado poco usual, aclaró que el grupo vino de La Paz a Santa Cruz en misión para trasladar a un grupo de funcionarios de YPFB y Petróleos de Venezuela a un campo hidrocarburífero (Bulo Bulo). ¿Fue sólo coincidencia?