¿Y ahora?

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“Tal vez, al principio, habrá un régimen más justo. Pero nosotros sabemos que todos los hombres son débiles y que las tentaciones del poder son a menudo más fuertes que las de la carne”. Del Papa Francesco, en una obra de ficción del novelista estadounidense Walter F. Murphy (El Vicario de Cristo, 1979).

Cada día de la semana pasada estuvo cargado de nitroglicerina informativa. Muchos bolivianos han vivido pegados a la TV, las radios y medios escritos para enterarse de los detalles que surgían del mayor escándalo del régimen del presidente Evo Morales. El arresto y prisión de Santos Ramírez parecen los últimos clavos en el catafalco de la creencia, cada vez más disminuida, de que el actual gobierno, fundamentalmente por sus orígenes, sería inmune a la corrupción. La creencia de que un gobierno como el actual sería diferente y que con él acabarían la inmoralidad administrativa, las “comisiones” y el cínico surgimiento de ricos de la noche a la mañana, tan comunes en los años más recientes de este período democrático, fue el resorte que catapultó su victoria en 2005. Ramírez parecía inamovible. El propio presidente Morales rehusó, en principio, aceptar las acusaciones contra el dirigente que, dentro del MAS, sólo se ubicaba detrás de él. Pero las evidencias abrumadoras acabaron llevándolo a una decisión que resistía, pero que puede jugar también a su favor.

No existe todavía una cuantificación seria de las pérdidas sufridas por el país, pero nadie duda de que son millonarias. (Todo bajo un gobierno que juraba austeridad y fijó límites para que nadie dentro del estado ganase más que el presidente.) A eso se suma la denuncia sobre la aparición de otra empresa, SIPSA, creada durante la gestión de Ramírez, para servir a YPFB y que agregaría otros seis millones de dólares a las pérdidas del estado. Más grave todavía es el debilitamiento moral de la empresa, refundada con el propósito aparente de apuntalar la economía del país y su desarrollo. (Que ese propósito no hubiese sido tenido norte, incluso por la forma torpe en que se lo condujo -peleando con Petrobras, que debía ser socio permanente de Bolivia, cerrando mercados, ahuyentando inversiones y estancando la producción que la tiene en un callejón sin salida- es otra cosa). Uno pagaría para ver con qué cara YPFB buscará socios extranjeros.

Tampoco se puede cuantificar el daño en el partido de gobierno ni en el gobierno mismo. Pero es sonoro el rugir público por la decencia para llevar la onda anti-corrupción a todos los niveles.

Recuerdo que tras comenzar el gobierno de Lula, en Brasil, estalló un escándalo de proporciones, del que no se libró ni el Ministro Secretario de la Presidencia, Jose Dirceu, quien debió renunciar al cargo que ostentaba todopoderosamente. Le siguió el Tesorero del PT, quien había recibido dinero irregularmente para la campaña de Lula. No aguantó el peso de las evidencias y no sólo perdió el cargo. Fue expulsado del PT, al igual que media docena de otros dirigentes, incluso el propio presidente del partido, que había recibido como “obsequio” un jeep de lujo. Lula cumplió así a cabalidad su promesa de “cortar en la propia carne” para extirpar la corrupción. Fue una amputación masiva que ahora lo tiene con uno de los niveles más altos de aprobación del público brasileño a un presidente, a menos de dos años de dejar el cargo. ¿Será el presidente Morales capaz de llegar a algo semejante?

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