Los avatares de Chávez

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Pasó inadvertido en Bolivia un aniversario significativo en la vida política sudamericana. El 4 de febrero se cumplieron 17 años de la insurrección fallida del Tcnl. Hugo Chávez contra Carlos Andres Pérez. Era la primera intentona militar contra la democracia que sólidamente habían construido Rómulo Betancourt, Rafael Caldera, Rómulo Gallegos, Aristides Calvani, Simón Alberto Consalvi y otros demócratas pura sangre para quienes la democracia genuina, con alternabilidad del poder, era un mandamiento. Esa democracia, que parecía ejemplar cuando los regímenes militares pululaban en la región, perduró imbatida por más de 30 años.

Pero la avalancha de petrodólares disparada por dos shocks petroleros –cuando los exportadores se sentían blindados- empantanó esa democracia en corrupción e ineficiencia. Las acusaciones de sobreprecios y sobornos eran plato diario para los venezolanos. En ese ambiente, surgió un grupo militar de mandos medios del que Chávez era uno de los cabecillas. Con una ideología difusa, el grupo proponía una nueva democracia y extirpar la corrupción. La hora del alzamiento llegó al rayar el 4 de febrero de 1992. Pronto los insurgentes habían tomado la mayoría de las plazas militares del país. La plaza decisiva –Caracas- había sido asignada al Tcnl. de paracaidistas Chávez. Y ¿saben dónde fue derrotada la insurrección? En Caracas. Chávez no logró lo que sus compañeros habían conseguido. Pérez se le escapó en las narices.

Gran parte de la guarnición caraqueña apoyó la institucionalidad que representaba Pérez, electo en comicios que, como en todos los de la democracia venezolana tras la caída de Marcos Pérez Jiménez (1958), parecían exentos de sospecha de fraudes. El joven comandante paracaidista acabó juzgado como manda la ley, sentenciado y encarcelado. Pero las ideas de extirpar la corrupción y la incapacidad administrativa, más visibles con la escasez de recursos que dejaba el fin de la bonanza petrolera, habían calado profundamente en los venezolanos. Acabaron eligiendo democráticamente a un Chávez ya indultado. Para muchos venezolanos fue como saltar de la sartén al fuego.

Con nuevos aluviones de petrodólares, Chávez se afirmó y logró aliados en el continente. Forjó alianzas con Irán y Rusia, apadrinó a Cuba y se peleó con el ex presidente George W. Bush. Pero su país aún está lejos de ser un país desarrollado.

Ahora se le presenta otra situación complicada. Cree -y tal vez con razón- que el destino político y económico de América del Sur yace en Mercosur (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay). Ha conseguido ingresar al bloque comercial, pero para que ese ingreso sea efectivo se requiere la ratificación congresal de los socios. Resulta que una porción importante de legisladores brasileños teme que el ingreso de Venezuela con Chávez perturbe la unidad del grupo. El año pasado, dio un ultimátum para que sancionase el ingreso venezolano hasta septiembre o no se interesaría más en el grupo. En Brasil le contestaron: «Haga lo que quiera. A nosotros nadie nos presiona».

No ha vuelto a hablar de plazos. Y ahora el senado brasileño acaba de elegir como su presidente a José Sarney, ex presidente de Brasil y social demócrata, reticente al ingreso de la Venezuela de Chávez.

Con el petróleo otra vez en picada, un nuevo referéndum sobre su ansiedad por ser reelecto, un gobierno en Estados Unidos no más dispuesto a aceptar desplantas y las puertas formales de Mercosur todavia cerradas, el horizonte de Chávez se cubre otra vez de nubarrones.

 

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