Día: enero 27, 2009

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Tomado del diario caraqueño Tal Cual, de Teodoro Petkoff, edición del 26/01.

 

La Constitución no se puede estar cambiando para ajustarla a las conveniencias políticas contingentes de los gobiernos de turno. La Constitución establece las «reglas de juego» de un país, fijando normas que cubren por parejo a todos los sectores de la sociedad.
La Constitución equivale, para poner un ejemplo, a las «reglas de juego» de cualquier deporte. Que cada entrada en el béisbol se completa con tres outs.

Es una regla pareja para ambos equipos en play. Sería absurdo que un equipo que estuviera ganando un juego, apelando al respaldo popular de la fanaticada, consultara a ésta para que decida si al equipo contrario se le acaban sus turnos al bate con sólo un out. O, en caso contrario, sería igualmente absurdo que un equipo que está perdiendo, consultara a la tribuna, abarrotada de sus fanáticos, si sus innings se extienden hasta cinco outs. Podría ser que los fans no aceptaran tamaño disparate, pero el mero hecho de que se les consulte crea el peligro de que tal proposición eventualmente pudiera ser aceptada, vulnerando con ella la regla de juego establecida en la «constitución» del béisbol y afectando los derechos del otro equipo.

Cuando el presidente colombiano, Álvaro Uribe, sabiéndose con una elevadísima popularidad, se aprovecha de ella para proponer una modificación a la Constitución de su país para establecer una nueva reelección para él, pretende ajustar la carta magna a sus propias conveniencias.

Su argumento nos es familiar: sólo él podría darle seguimiento a la política contra las Farc.

Es lo que ocurre en nuestro país. La regla de juego establecida, por acuerdo de la nación al aprobar la Constitución en 1999, da derecho a una sola reelección. Cuando el gobierno, tratando de aprovecharse de su popularidad (que es un hecho circunstancial, como todo en la vida), para cambiar la constitución y crear la posibilidad de reelección indefinida, crearía también el peligro que avizoraba El Libertador, de que el reelegido «se acostumbre a mandar» y el pueblo se acostumbre a
obedecer», de lo cual, según Bolívar, «derivarían la usurpación y la tiranía». Bolívar no hablaba de un gobierno en concreto, sino de un principio, de una regla de juego para la República, y no creía conveniente abrir la posibilidad de que una misma persona se quedara un tiempo excesivo en el poder. No distinguía entre un buen gobierno o uno malo.

Hablaba del gobierno en general. Hablaba de una posibilidad y de un peligro, no de un gobierno en particular –ni siquiera del suyo–, fuera aquel bueno o malo.

Quería establecer un principio constitucional, una regla de juego que comprometiera por parejo a todos los gobernantes, fueran quienes fueran. Esas palabras, de dos siglos atrás, conservan plena vigencia.

Ningún gobierno puede aprovechar una coyuntura de popularidad para cambiar la Constitución a su favor. Esta no puede ser de plastilina, para que cada gobierno la moldee a su antojo.

Pero puesto que se consulta al país sobre esto, entonces hay que negar la remienda y dejar la Constitución como está.

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