Día: enero 4, 2009

El profesor Huntington y Bolivia

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Recomiendo la lectura del texto siguiente, del ex canciller Fernando Salazar Paredes, publicado este domingo en La Prensa, de La Paz. 

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El fallecimiento del profesor Samuel Huntington, autor de la significativa obra Choque de civilizaciones, provoca algunas reflexiones sobre la realidad que estamos experimentando en Bolivia. Su tesis se centra en que, con el fin del bloque comunista, se esperaba que Occidente se impusiese plenamente. Sin embargo, ha emergido un mundo plural, un mundo de civilizaciones. El resurgimiento de viejas civilizaciones implica un rechazo de todo aquello que proviene de Occidente y supone un retorno a los más autóctonos orígenes culturales, algunos fundamentalmente religiosos. 
Esta vuelta a las culturas autóctonas —añade— dificulta hablar de principios y valores universales. Para algunos chinos y muchos musulmanes, la democracia y los derechos humanos son creaciones occidentales, no universales. Para evitar peligrosos enfrentamientos, es imperativo buscar atributos comunes en todas las civilizaciones: aceptando la diversidad, debemos indagar la moralidad mínima que se deriva de la común condición humana. Paralelamente a Huntington, Giovani Sartori, en su libro La sociedad multiétnica, exalta una sociedad pluralista, basada en la tolerancia, consenso e integración dentro de la diversidad, pero se opone al multiculturalismo, patrocinando una sociedad en que culturas minoritarias coexisten sin interrelacionarse: cuando éstas rechazan el pluralismo —dice—, la sociedad abierta se pone en riesgo a sí misma. 

Es obvio que la visión de Huntington y Sartori es global. No obstante, sus observaciones podrían servirnos en algo para explicar esa suerte de choque de civilizaciones que se da en Bolivia. Cuando la reforma constitucional introdujo el concepto de que somos una República «multiétnica y pluricultural», aceptaba que, dentro de una misma unidad política, cabían diversas etnias y culturas y se les estaba dando un reconocimiento como entes diferenciados y diferenciables. 

A partir de entonces y, en especial, desde la asunción del presidente Morales y la aprobación de un nuevo texto constitucional que debe ir a referendo, se evidencia, dentro de Bolivia, un choque de civilizaciones puesto que prevalecen dos visiones de país, en apariencia, fatalmente enfrentadas. Ese enfrentamiento, que algunos consideran étnico y hasta geográfico, es más bien cultural. Unos tienen una visión de reencuentro con antiguas civilizaciones y otros, una perspectiva más occidental. Los primeros abrazan una ideología socialista con un papel prominente para el Estado y los segundos optan por el libre mercado donde el individuo tiene primacía. 

Según Huntington, en un escenario como éste, se deben buscar aspectos que unen y fortalecerlos para evitar peligrosos enfrentamientos. En Bolivia, ello pudo haberse dado en el proceso de aprobación de la nueva Constitución, pero se optó por tratar de imponer, en vez de consensuar. Un pacto, como es una Constitución, es un encuentro en medio camino… pero eso no sucedió. Ante el inminente enfrentamiento, se trató, en el Congreso, de limar asperezas. Se consiguió un camino mínimo de convergencia que, lamentablemente, no convence a muchos porque consideran que las normas de convivencia interculturales no están claras. 

Con una evidente crisis económica ad portas y un posible resultado que fraccione al país geográficamente en cuanto a la aceptación o no de la nueva Constitución, una vez más, podríamos estar rumbo a ser clasificados como un Estado fallido, es decir uno en que la existencia del Estado es dudosa, producto, en nuestro caso, de la imposibilidad de encontrar puntos de convergencia entre dos enfoques de civilización dentro del país. 

 

 

 

El costo del bono JP

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A lo largo de su gobierno, el presidente Evo Morales invirtió 846.299.000 bolivianos (poco más de 120 millones de dólares al cambio actual).  Eso benefició a 4.088.507 niños que de otra manera posiblemente habrían desertado de la escuela. Las dos cifras son asombrosas en un país donde la educación deja mucho, mucho que desear. Pero lo que no se ha dicho oficialmente es cuánto cuesta el bono Juancito Pinto. Por lo que se sabe, su entrega es encomendada a las FF.AA. El costo por bono, me aseguran, es de cinco bolivianos. Eso representa 20.442.535 bolivianos. Casi siete millones de dólares o más de dos millones de dólares por año.

¿Cómo se desglosa ese valor? ¿No costaría menos si la entrega estuviese a cargo de cooperativas o entidades de beneficencia con representaciones financieras en todo el país?

Preguntar no cuesta nada. Responder, tal vez sí.