Al desnudo

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El presidente Evo Morales no puede hacerse el desentendido del acto vergonzoso del 9 de diciembre cuando ofendió al país al maltratar a un periodista. Con ese episodio, el presidente quedó al desnudo con lo peor que hay en él: maleducado, torpe, irascible, no soporta nada que contradiga su visión. Ya se acabaron las indulgencias que, para excusarlo, subrayaban sus posibles perfiles nobles (orígenes humildes, esfuerzo y superación). Es lamentable reconocer que todavía desconoce el papel de la prensa.

Ignora los buenos modales. Que no los aprendió en Orinoka ni en los cocales es una cosa. Su vida, como la de muchísimos bolivianos, era terriblemente dura para dedicarle tiempo a las buenas maneras. Nadie se las enseñó y no podía esperarse que las aprendiese espontáneamente. Esos primeros años condicionan mucho de lo que hoy hace y dice, y la forma en que lo hace y lo dice. Pero también es cierto que el individuo es capaz de moldearse de manera diferente. En homenaje a la trayectoria de penurias, debió haberse empeñado en aprender y constituirse en un ejemplo universal. Tres años en el gobierno no son poco. Así como aprendió a vestirse, también debió aprender a hablar con cierta sintaxis y sindéresis, conocer el significado exacto de algunas palabras, y a respetar a los demás. ¿O es que sus allegados tampoco saben de buenos modales y no podían enseñarle?

Tenemos aquí al lado el ejemplo de Lula. Emigrante del noreste rumbo a la metrópoli paulista, tampoco podía esperarse que aprendiese las maneras del buen comportamiento. Pero, con un esfuerzo supremo suyo y de su madre, consiguió aprender el oficio de tornero y cuando llegó a la presidencia rápidamente aprendió el respeto que debe a la investidura presidencial. Las normas de buena conducta son esenciales para un primer mandatario. Lula, de acuerdo a un informe verbal del canciller Amorim al congreso de su país, se lo dijo al colega boliviano cuando tuvieron una borrascosa reunión en Paraguay, en 2006, tras la toma militar de las instalaciones de Petrobrás en Bolivia. “Eso no se hace con un país amigo, con un gobierno amigo, Presidente”, le reprendió Lula, lamentando la forma aparatosa en que el presidente Morales había conducido la principal medida de su gobierno y la más dura recibida por Petrobrás en sus cincuenta y tantos años de existencia. Chávez debió intervenir para ayudar a Morales a salir del embarazoso aprieto.

Evidentemente, aquel había sido un acto de innecesaria prepotencia cuyas consecuencias vemos hoy, con Petrobrás invirtiendo apenas para garantizarse los suministros que Bolivia está obligada a darle.

El Presidente considera natural cometer exabruptos como el del Palacio de Gobierno. Pero eso tiene un costo que no logra captar. Porque no le han enseñado y no ha aprendido a percibir la realidad. Los sicofantes ni se esforzaron en ruborizarse ante el episodio de su jefe. Más bien lo aplaudieron.

Creyeron equivocadamente que iban a sepultar el episodio bochornoso de Quintana. Los días que vienen podrían demostrarles lo contrario, pues el fenómeno Quintana es otro capítulo que ha quedado impreso como el “trademark” del gobierno que prometía ser una referencia mundial de honestidad. Pero quedará imborrable por mucho tiempo el estoicismo de Rafael Ramírez y la serenidad de la reportera que rehusó subir los peldaños que la separaban de la primera autoridad del país.

Todo esto es una pena porque refleja mucho la imagen que Bolivia y su presidente proyectan al mundo.

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