Batahola de la semana

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Pues resulta que el viernes, el día en que me ausenté de Santa Cruz, fue una jornada violenta en esta ciudad. Hay varios heridos, cuantiosas pérdidas materiales y una sensación general de que se acerca el momento en que de los palazos se pasará a los balazos. Y ahí no se sabe a dónde irá a parar el país (si es que tiene a dónde ir a parar). No creo que la suerte de Tupac Catari se reproduzca en Bolivia, pues este país, por su posición geográfica y los juegos geopolíticos de poder regional y global, es conveniente para todos. Pero, infelizmente, nada muestra que estemos yendo en dirección diferente.

Todo indica que los disturbios del viernes empezaron cuando un grupo del MAS intentó marchar por el centro de la ciudad rumbo a la Plaza 24 de Septiembre y sentar presencia allí, como en Iwo Jima, de su partido, y de paso festejar los decretos fujimorizantes lanzados por el gobierno en la víspera. Encabezados por su dirigente Lucio Vedia, los masistas sumaban más de medio millar de personas que gritaban vivas a su partido y a Evo Morales. En el proceso atacaron el vehículo del Secretario de Autonomía de la Prefectura, Carlos Dabdoud, quien logró escapar de una paliza segura. Pero les salió al encuentro una centena (el número es de El Deber) de militantes de la unión Juvenil Cruceñista, quienes con violencia la emprendieron contra el grupo oficialista. En la batahola que resultó hubo vendedoras de pollera que fueron atacadas. (Este es el resultado de la intolerancia sembrada por el gobierno: a quienes visten pollera se les hace ver que no son bienvenidos en estas tierras, y viceversa en La Paz: cuidado con atreverse a hablar con acento camba).

La actitud de Vedia y su grupo, que acabó dispersado por el centenar de unionistas, dicen los diarios, fue cuando menos una provocación. A nadie se le ocurrió ir hasta el Plan 3.000 a celebrar el triunfo de los autonomistas el 4 de mayo. Habría sido una provocación, como conmemorar la muerte de Oscar Unzaga de la Vega en Villa Victoria, en La Paz. Nadie tendría la insensatez de celebrar el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Japón el 6 y 9 de agosto de 1945.

La jornada estuvo plagada de cohetazos, chicotazos y palazos.

Pero el hecho más bochornoso ocurrió horas antes con el analista cruceño Alfonso Román –uno de cuyos libros, “Cambas y Collas”, tuvo una acogida exitosa en la Feria del Libro 2007, aquí en Santa Cruz. El escritor fue agredido e insultado, dice El Deber, por “algunos falangistas y autonomistas”, y por la señora Amelia Dimitri, quien lo abofeteó cuando una persona lo tenía con las manos agarradas por la espalda. Todo esto se vio en imágenes transmitidas por la TV.

Atentar contra una persona a causa de su derecho de emitir sus opiniones es violar la Declaración de los Derechos Humanos. Román puede emitir opiniones que no gusten a muchos, pero al hacerlo ejercita un derecho que nadie puede quitárselo. Dice esa declaración universal, de la cual este año se celebran 60 años:

Art. 19. Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.

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