Día: agosto 31, 2008

Itaipú entra en escena

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En la década de 1970, en plena guerra fría y en el auge de la rivalidad geopolítica argentino-brasileña, por las cancillerías latinoamericanas corría una afirmación: la presa hidroeléctrica de Itaipú no sería posible si alguno de los competidores tuviese la bomba atómica. No fue casual que en mayo de 1974 el general Ernesto Geisel, cuarto presidente de la dictadura militar brasileña, anunciara en Cochabamba, durante una reunión regional, que su país había suscrito un acuerdo nuclear con Alemania que, si quisiese, le permitiría producir la bomba atómica. El continente tembló. Brasil se adelantaba a su rival financiera y tecnológicamente. El acuerdo le confería ventaja en la carrera geopolítica precisamente cuando los precios crecientes del petróleo hacían crujir su maquinaria industrial. Al final, Itaipú fue posible y Argentina construyó una presa menor (Yaciretá). La tranquilidad se restableció cuando los rivales decidieron entrar en concordia, y en paz y amor se juntaron para fundar Mercosur, al lado de Paraguay y Uruguay. La de Itaipú fue una de las grandes maravillas contemporáneas. Produjo una revolución en la matriz energética brasileña. Entre el 20% y 25% de la energía que consume sale de sus turbinas que generan 14 millones de megawatios. Será la presa más poderosa del mundo hasta que empiece a operar plenamente las Tres Gargantas, en China, que generará 18 millones de megawatios.

Estas cifras miden los esfuerzos de nuestro vecino por su independencia energética. Pero la hidroenergía no es tan confiable. Depende del humor de San Pedro. Y hace algunos años hubo una sequía que redujo gravemente las aguas de las presas brasileñas. Ocurrieron apagones y racionamientos que alteraron la vida ciudadana y llevaron a nuestro vecino a apretar el acelerador del viejo proyecto de gasoducto Bolivia-Brasil. Entró en juego el gas boliviano con el que se esperaba disminuir la dependencia de la hidroelectricidad (90%!). El idilio con el gas boliviano duró pocos años. Vino Evo Morales e intervino los campos que operaba Petrobras. Con el gas boliviano no se podía contar como se esperaba.

Los brasileños dicen que Dios es brasileño y, como para darles razón, vino la apertura del negocio petrolero a los capitales externos capaces de desplazar dinero en volúmenes de los que que Petrobras carecía. Y entre otros descubrimientos, ocurrió el de ricos yacimientos en subsuelo marino, a 6.000-7.000 metros de profundidad. Un negocio capaz de extraer petróleo por un valor de cientos de miles de millones de dólares, muchas veces más las fortunas que habrá que invertir entre 2008 y 2012. Y puede haber un valor igual o mayor en otra capa petrolífera más profunda.

Pero ahora entra en escena Fernando Lugo, el presidente que puso fin a la dinastía Stroessner, frecuentemente despótica y corrupta. Y se viene una batalla de precios. Lugo quiere que a Paraguay le paguen mejor por el 50% de la electricidad que le toca de Itaipú, que ahora vende a Brasil. Los astros le son menos favorables, pues Brasil puede pronto comenzar a producir petróleo submarino que le daría cierta fuerza negociadora. Brasil seguirá contando con Itaipú, que, al fin y al cabo, es binacional. Pero es muy probable que tenga que pagar más. Una cosa es cierta: Paraguay y Brasil no romperán. Ambos se necesitan y saben aplicar el concepto de la buena dependencia.

A concluir el contrato con Bolivia en 2019, a Brasil le tocará repartir las cartas. Evo Morales probablemente no esté en el escenario, pero su recuerdo estará indeleble en la diplomacia brasileña. Especialmente su frase: Quiero consultar a mi hermano mayor en las grandes decisiones de mi gobierno.

Las tropas bolivianas ocuparon Petrobras el 1 de mayo de 2006 y el presidente Luiz Inacio Lula da Silva fue de los últimos en enterarse.

(*) Premio Nacional de Periodismo 2007. https://haroldolmos.wordpress.com

 

Batahola de la semana

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Pues resulta que el viernes, el día en que me ausenté de Santa Cruz, fue una jornada violenta en esta ciudad. Hay varios heridos, cuantiosas pérdidas materiales y una sensación general de que se acerca el momento en que de los palazos se pasará a los balazos. Y ahí no se sabe a dónde irá a parar el país (si es que tiene a dónde ir a parar). No creo que la suerte de Tupac Catari se reproduzca en Bolivia, pues este país, por su posición geográfica y los juegos geopolíticos de poder regional y global, es conveniente para todos. Pero, infelizmente, nada muestra que estemos yendo en dirección diferente.

Todo indica que los disturbios del viernes empezaron cuando un grupo del MAS intentó marchar por el centro de la ciudad rumbo a la Plaza 24 de Septiembre y sentar presencia allí, como en Iwo Jima, de su partido, y de paso festejar los decretos fujimorizantes lanzados por el gobierno en la víspera. Encabezados por su dirigente Lucio Vedia, los masistas sumaban más de medio millar de personas que gritaban vivas a su partido y a Evo Morales. En el proceso atacaron el vehículo del Secretario de Autonomía de la Prefectura, Carlos Dabdoud, quien logró escapar de una paliza segura. Pero les salió al encuentro una centena (el número es de El Deber) de militantes de la unión Juvenil Cruceñista, quienes con violencia la emprendieron contra el grupo oficialista. En la batahola que resultó hubo vendedoras de pollera que fueron atacadas. (Este es el resultado de la intolerancia sembrada por el gobierno: a quienes visten pollera se les hace ver que no son bienvenidos en estas tierras, y viceversa en La Paz: cuidado con atreverse a hablar con acento camba).

La actitud de Vedia y su grupo, que acabó dispersado por el centenar de unionistas, dicen los diarios, fue cuando menos una provocación. A nadie se le ocurrió ir hasta el Plan 3.000 a celebrar el triunfo de los autonomistas el 4 de mayo. Habría sido una provocación, como conmemorar la muerte de Oscar Unzaga de la Vega en Villa Victoria, en La Paz. Nadie tendría la insensatez de celebrar el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Japón el 6 y 9 de agosto de 1945.

La jornada estuvo plagada de cohetazos, chicotazos y palazos.

Pero el hecho más bochornoso ocurrió horas antes con el analista cruceño Alfonso Román –uno de cuyos libros, «Cambas y Collas», tuvo una acogida exitosa en la Feria del Libro 2007, aquí en Santa Cruz. El escritor fue agredido e insultado, dice El Deber, por «algunos falangistas y autonomistas», y por la señora Amelia Dimitri, quien lo abofeteó cuando una persona lo tenía con las manos agarradas por la espalda. Todo esto se vio en imágenes transmitidas por la TV.

Atentar contra una persona a causa de su derecho de emitir sus opiniones es violar la Declaración de los Derechos Humanos. Román puede emitir opiniones que no gusten a muchos, pero al hacerlo ejercita un derecho que nadie puede quitárselo. Dice esa declaración universal, de la cual este año se celebran 60 años:

Art. 19. Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, y el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión.