El enemigo interno

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El diario brasileño Folha de S. Paulo trajo el domingo el siguiente artículo firmado por el ex canciller Rubens Ricupero, una de las mentes más lúcidas e influyentes del vecino país. Columnista quincenal en ese diario, Ricupero fue Secretario General de la Unctad (Conferencia de las Naciones Unidas para el comercio y el desarrollo). Vale la pena leerlo. La traducción es del blog.

El enemigo Interno

Exacerbar el nacionalismo no favorece proyectos que exigen seguridad jurídica para las inversiones a largo plazo

Cien años antes de La grave crisis entre Colombia, Ecuador y Venezuela,  el Barón de Rio Branco ya se preocupaba con el peligro de que acciones armadas de rebeldes en las fronteras podrían desencadenar conflictos internacionales. En 1909, el Tratado del ABC que propuso a Argentina y a Chile tenía como uno de sus objetivos principales el compromiso de impedir que revoltosos utilizasen el territorio de un país para intentar derribar a gobiernos vecinos.

Ese principio de absoluta no injerencia se imponía por el proprio buen sentido como base indispensable de un amplio entendimiento entre los tres países en todos los asuntos destinados a “asegurar la paz y a estimular el progreso de América del Sur”, como decía el Art. 1 del tratado. El proyecto fue,  en ese sentido, precursor de casi todo lo que se hizo más adelante en materia de integración latinoamericana, incluso de las recientes iniciativas brasileñas de la Unión Sudamericana y del Consejo de Defensa.

Hoy continúa tan válido como en la época el principio de no intervención, que debería ser la expresión ideal de algo más profundo: la tendencia a la convergencia de valores y aspiraciones. No basta para eso que los gobiernos concuerden en fines definidos de modo genérico: desarrollo, justicia social, integración. También es necesario un consenso mínimo en relación a los medios, es decir, a las políticas y las acciones concretas para alcanzar tales metas.

No hay cómo negar, desde ese punto de vista, que el continente está tan lejano como en el pasado de un denominador común mínimo en por lo menos tres áreas esenciales. La primera tiene que ver con el modelo de integración. Algunos –Chile,  Perú y Colombia (Uruguay también, si pudiera) – optaron por acuerdos de libre comercio con los Estados Unidos, inspirados en la malograda ALCA.

Otros, correctamente, a mi modo de ver, pretenden de entrada la integración natural con las economías semejantes adyacentes. La segunda deriva del estado de “refundación radical” en el que están absortos Venezuela, Bolivia, Ecuador, y de sus consecuencias: la atención prioritaria a los conflictos sociales internos, la exacerbación del nacionalismo, el retorno a las estatizaciones y a las nacionalizaciones de la economía. Nada de eso favorece a proyectos que exigen seguridad jurídica para inversiones de largo plazo, como se vio en los episodios de gas y de las refinerías en Bolivia, la estatización de la siderurgia venezolana de capital argentino, las dificultades de Petrobras en Ecuador, etc.

En fin, la ambiguedad ideológica y hasta la simpatía de algunos gobiernos con la guerrilla colombiana volvieron inevitable la alianza estrecha de Bogotá con Washington. De ipso facto se inviabilizó todo esquema de defensa que, en apariencia o realidad, implicase escoger entre los Estados Unidos y los demás, lo cual, sospecharon algunos, sería escoger entre Brasil y los Estados Unidos.

Las reticencias argentinas retardaron el proyecto ABC, que se concretó debilitado y desfigurado años después de la muerte de su idealizador. Diplomático cuidadoso, coronado por el éxito en casi todo lo que emprendió, Rio Branco admitió que la iniciativa, uno  sus raros fracasos, había sido prematura.

El difícil creer que las crecientes divergencias de América del Sur guarden ahora mejores oportunidades de éxito a propuestas como las actuales, cuyo nivel de ambición va mucho más allá del alcanzado en 50 años de integración europea.

RUBENS RICUPERO, 71, director de la Faculdad de Economía de la Faap y del Instituto Fernand Braudel de São Paulo, fue secretario general da La Unctad (Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo) y ministro de Hacienda (Itamar Franco).

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