Día: julio 19, 2008

Kamikazes

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Por estos dias, hace 63 años, resonaba por todo Japón el grito de guerra “un pueblo de cien millones unido y listo para morir por la nación”. Y de hecho los japoneses iban muriendo. La inmolación impuesta por el Vicealmirante Takijiro Onishi de morir destruyendo y matando ya había mostrado su eficacia mortífera en Okinawa. Tomar la isla  había costado a las fuerzas estadounidenses un tercio del total de bajas que habían tenido durante la guerra.  Llegar hasta el corazón de Japón les costaría unas 300.000 vidas más, sólo en los primeros días de ataque, calculaban los estrategas. Los líderes estadounidenses eran conscientes de que la capacidad de lucha de Japón se desplomaba, pero los más interesados, los propios dirigentes japoneses, no lo veían así.

“Parecía que toda la nación estaba siendo movilizada para una batalla suicida. Inclusive los niños recibían órdenes de afilar sus dardos de bambú para matar norteamericanos”, dice el erudito historiador petrolero Daniel Yerguin en The Prize (Touchstone, Simon & Schuster, p. 365). Aun después del lanzamiento de dos bombas atómicas, Japón estaba dividido entre la rendición y la muerte colectiva. En la noche del 14 de agosto, 1945, un grupo de soldados intentó detener el mensaje grabado de rendición que el Emperador iba a difundir. Fueron vencidos , recuerda Yerguin,  no sin antes asesinar al jefe de la guardia imperial.

Cito estos pasajes porque el gobierno boliviano, especialmente el presidente Evo Morales, no parece percibir que su experimento tiene límites y que si quiere salvarlo tiene que modificar el rumbo. Esto parece imposible, pues iría contra su naturaleza. Su entorno, desde los tiempos en que sembraba coca, ha hecho que se forme una imagen incompleta de sí mismo. Le hace creer que casi toda Bolivia está a su lado y que en contra están sólo unos cuantos. Él es sólo una representación de la Bolivia andina, a favor de la cual hay que realizar enormes esfuerzos para poder avanzar armónicamente como nación. Miren sus limitaciones, sus “metidas de pata” internacionales, su lenguaje primario. Y todo eso en  un personaje que logró levantar cabeza desde un lugar perdido del interior de Oruro para ascender y llegar, apoyado en monumentales bloqueos de caminos, hasta la primera magistratura. Imagínense las condiciones de cientos de miles como él o peor que él.

Pero la ceguera en reconocer la realidad lleva a él y su gobierno a actuar como los kamikazes. El proyecto socialista que encarnan es una ilusión mal concebida.  Primero, la historia no puede retroceder 500 años en busca de un socialismo idílico que nunca existió. El que existió a partir desde 1917 se derrumbó hace 20 años aplastado en su ineficiencia despótica. Salvo en el plano militar, no logró ser competencia para el capitalismo (neoliberalismo, para utilizar un neologismo) que con la llegada de la era electrónica acabó vencedor sin disparar un cohete. El socialismo de Cuba es un socialismo de museo.  El que quiere implantar Venezuela ni cuenta, pues se guía a medias por el agónico modelo cubano.  Restan Corea del Norte e Irán. No conozco de filas de ciudadanos, ni en Bolivia ni en parte alguna del mundo, que quieran irse a cualquiera de esos países ni como turistas. Los que se van, viajan con destino a Italia, España, Inglaterra, Estados Unidos, los del “neoliberalismo” que tanto vitupera el residente Morales y que le inyectan sangre en divisas a la economía boliviana.

 Aún es posible una paz honorable, que preserve los principios nobles que dieron origen al gobierno de Morales.  Pero persistir en la ruta en que está empeñado es como emprender el vuelo de un kamikaze. Obviamente, sin pasaje de vuelta, porque no había gasolina para el retorno.