Riocentro

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El nombre probablemente signifique poco para los bolivianos. Riocentro es un extenso complejo cívico en el sudeste de Rio de Janeiro. La noche el 30 de abril de 1981 había unas 20 mil personas que asistían a un festival musical. Dos miembros del ejército, desde dentro de un automóvil, manipulaban un artefacto explosivo poderoso. Objetivo: hacerlo estallar y sembrar pánico entre los asistentes, ensangrentar el lugar con un sinnúmero de víctimas y responsabilizar del atentado a la oposición. Consecuencia? Marcha atrás en la política de apertura política iniciada por el cuarto gobierno militar consecutivo, que entonces presidía el general Joao Figueiredo.

Pero, como acontece con frecuencia, ocurrió lo imprevisto. Los ejecutores, escogidos por sus cualidades terroristas, fallaron. Hicieron una mala conexión y el artefacto estalló en las faldas de un sargento, quien murió instantáneamente tras perder toda la genitalia y vaciarse los intestinos. El capitán del ejército sentado a su lado perdió una pierna y no murió. Pero se convirtió en el testigo principal del atentado criminal en curso y en poner en evidencia a sus mandantes: el sistema de seguridad de ejército.

El gobierno intentó esconder la cara y acusó al “extremismo”. Sin mayor éxito, el general Figueiredo procuró cubrir a su gobierno que, a partir de ese momento, no tuvo más que seguir adelante con la cartilla de apertura democrática. Nunca más hubo atentados (el de Riocentro fue el último de una cadena de hechos misteriosos que habían conmovido a la sociedad brasileña y endurecido a quienes pretendían la dictadura perpetua.) Cuando dejó el gobierno al retornar la democracia, el general pidió ser olvidado. Y se le hizo caso. Murió rodeado del olvido de la mayoría de la sociedad brasileña.

El hecho viene a la memoria al ver los dos recientes atentados contra medios de comunicación, en Tarija, primero, y ahora en Sucre, en el que aparecen presuntamente oficiales vinculados a la seguridad del Palacio de Gobierno.

En ambos casos la motivación es la misma: afectar, puesto que frenarla es imposible, la onda expansiva que desplaza las ideas contrarias al centralismo. La onda crece: cuatro departamentos están en abierta oposición al régimen social-arqueológico que postula el gobierno con la idea del retorno al ayllu y al comunitarismo indígena, tan primitivo como impracticable en un mundo que permite la lectura de este trabajo desde cualquier lugar con conexiones a la internet. A la onda se une Chuquisaca, que se propone, según postulaba su ahora prefecta Savina Cuéllar, echar al viento su bandera autonomista en pocos meses. Después Cochabamba y quizá Potosí. Me pregunto si La Paz y Oruro se quedarán solos. (Como en aquel cuento pre caída del muro de Berlín: un guardia pregunta a otro. Si se cae el muro, qué harás? Y qué quieres?, responde. Que me quede solito?)

Una amiga me decía la semana pasada. “La Paz ya no está dormida. Empieza a reaccionar. Y verás que, al final, será la que precipite el desenlace”.

Es posible. Lo cierto es que aunque las cosas se den de esa manera, es muy improbable que vuelvan a estar como lo estuvieron en el punto de partida. La Paz difícilmente podrá recuperar la posición que ostentaba antes de la llegada de Evo Morales y el MAS al gobierno. Se han puesto de manifiesto otros liderazgos, entre ellos el ímpetu y la fortaleza de la vanguardia cruceña en el país, el ascenso de Tarija; los resurgimientos de Beni y Chuquisaca (que ahora probablemente repondrá su reclamo de capitalidad plena), la toma de conciencia de Pando como polo fronterizo y la afirmación de Cochabamba como centro territorial integrador, así como el renacer de la industria minera de Potosí y Oruro, al impulso de los altos precios de las materias primas en mercados internacionales.

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