Día: marzo 29, 2008

Turbulencia sin fin

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Los bloqueos de carreteras y de aduanas, que a comienzos de semana causaron zozobra en las fronteras, están suspendidos sólo temporalmente; la inflación encajonada en los dos dígitos azota a todos, pero aún más a los que tienen menos; una aproximación entre el presidente Morales y sus opositores está cada vez más distante; los industriales de la soya y el aceite pierden, los mini agricultores se desesperan; el sábado Camiri estaba aún en paro compacto, a pesar de la intervención militar, de la represión causante de más de 20 heridos y el epílogo de la retirada y confinamiento de la tropa desmoralizada en el cuartel local; y Sucre continuaba en rebelión contra el gobierno y su Prefecto designado. No hay comunismo sino en amenazas e intenciones, y sin embargo ya se ha notado una de sus características más odiosas: la escasez. La tormenta está muy fea por estos lados y nada indica que vaya a amainar.

Este es el cuadro multifurcado que ofrece Bolivia al final del primer trimestre del 2008.

Los decretos que prohibieron la exportación de aceite de soya de han vuelto un boomerang. Han sido como sacudir el avispero. La televisión ha mostrado imágenes de tropas del ejército en aprestos para apertrechar las fronteras del país para apuntar hacia adentro, para evitar la salida de aceite. El transporte pesado estaba intransigente y al igual que los industriales exigía la abrogación de los decretos anti-exportación.

Un país que requiere de exportar cinco, diez o veinte veces más pero que cierra sus fronteras para no exportar protagoniza un absurdo. Dispara sobre su propia pierna. Y por lo visto, los cálculos en los que esos decretos se basaron estaban equivocados. Si es sólo un quinto de la producción de soya el destinado al mercado interno, podría haberse buscado una transacción para el 20% de consumo local. Pero se quiere matar a la gallina de los huevos de oro. Los decretos han echado vinagre sobre los intentos solicitados a la Iglesia para aproximar a los grupos en pugna. Este diálogo es el único hilo deshilachado que mantiene la esperanza de una salida racional al desencuentro que se da entre el gobierno y cuando menos seis departamentos (Beni, Pando, Santa Cruz, Tarija, Chuquisaca y casi ciertamente Cochabamba. Salvo El Alto, la actitud de La Paz es incierta para el gobierno.)

Un posible diálogo tiene una dificultad. El gobierno tendría que aceptar las observaciones de la Iglesia en torno al proyecto de Constitución. Son casi 20 puntos sobre los cuales habría que ponerse a discutir. Dirigentes del proyecto del MAS dicen que no quieren cambiar ni una letra (pero otros aseguran que discutirían los 411 artículos!). Y se desconoce lo que podrían poner en la mesa los departamentos autonomistas.

En el supuesto negado que las fuerzas armadas y la policía tuviesen que aplicar la fuerza para sofocar los varios 4 de mayo que se vienen, cabe preguntarse: ¿Por cuánto tiempo? ¿Podrán ocupar seis departamentos? O, de hecho, ¿todo el país?

Estos 26 meses han sido de turbulencia sin fin, como de frustración y desesperanza fueron los años precedentes. Pero no podía esperarse algo diferente de un gobierno indígena, con escasa o ninguna experiencia en la administración de sociedades más complejas. Lo que también muestra la magnitud del esfuerzo educativo a ser realizado, especialmente ante grupos numerosos impacientes por redistribuir una riqueza que aún no existe. Con mil –o menos- dólares per cápita (Perú: $6.400, 1996) es difícil pensar en una torta tan grande como para cubrir las necesidades de casi 10 millones de bolivianos. Esa torta tiene que crecer, y para que crezca son necesarias inversiones y educación masivas. Y el gobierno parece poco interesado en ambas. Ahuyenta las inversiones y sus líderes proclaman sin rubor alguno que hay que leer no en libros sino en las arrugas de los ancianos.