Los días que vendrán – II

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Texto actualizado con sólo algunos ajustes en la redacción

Crece la sensación de que habrá más días conflictivos y  dolorosos antes que ocurra una paz real y efectiva en Bolivia.  El gobierno del presidente Evo Morales ha ido malgastando paulatina y progresivamente la popularidad  que lo convirtió en el primer indio auténtico en gobernar un país sudamericano.  Por lo que puede verse, porciones masivas de las clases medias y populares no ideologizadas se han alejado de él.  Ese alejamiento creciente a lo largo de este año ha sido patente más que nunca en Sucre estos días. Bastaba ver los rostros de la gente que asistía  a las protestas antigubernamentales.

El  lunes, en el entierro de las víctimas, trenzas y polleras se juntaban con ternos, corbatas y chaquetas en el dolor de enterrar a personas que no tenían razones para morir y sí muchas para vivir. Quienes lloraban eran mayoritariamente  personas del pueblo, gente común como cualquiera de nosotros. Podían haber sido hasta los primos del presidente.

En las marchas en Sucre los rostros eran morenos casi todos y no tenían las caras de aristócratas que los portavoces del gobierno insisten en señalar mecánicamente como a los principales participantes de las marchas que lo han puesto en jaque.  El argumento de “aristócratas” ya consumió todas sus pilas y no convence más.  

Parece tan lejano aquel día de posesión hace 22 meses, cuando tronaron los pututus en el Palacio Legislativo y hubo algarabía en los corazones bolivianos. El presidente Morales era bienvenido con alegría en cualquier rincón del país. Ahora dudo mucho que se lo pueda ver por el centro de Tarija, de Cochabamba o de Santa Cruz, menos aún de Sucre.  La tortilla de la popularidad empieza a voltearse. El movimiento puede ser irreversible, a menos que el presidente escuche voces sensatas.  

Este miércoles, con algunos incidentes aislados, se ha cumplido un paro cívico de seis de los nueve departamentos del país: Santa Cruz, Beni, Pando, Tarija, Chuquisaca y Cochabamba. No sólo han sido dos tercios de los departamentos bolivianos. Han sido más de dos tercios de la extensión territorial del país y más de la mitad  de toda su población de nueve millones. Esto debe decir algo a quienes nos gobiernan. Ya hubo otro paro similar el 27 de agosto y resultó en violencias también aisladas, pero sin víctimas fatales. Ese fue un alerta. El paro del miércoles ha sido el comienzo de una cadena de acciones en la que se eslabonan distintos motivos: la violencia en Sucre, la reducción de la porción que corresponde a los departamentos del  Impuesto sobre los Hidrocarburos (IDH),  la escasez de combustible, la inflación, la aprobación supersónica y “en grande” de la constitución oficialista en un liceo militar, con la lectura sólo del índice de por lo menos seis capítulos.

Escuchaba por radio Fides que cuando el asambleísta David Vargas reclamó por qué no se leían los capítulos en su integridad, incluso el de la capitalidad, y no solamente los titulares, un vicepresidente replicó: “No te preocupes. Eso que dices es sólo una formalidad”.  

Sin comentarios.

Sin embargo, eso explica la orden del presidente para que la constituyente, que se creía originaria y autónoma, se reúna cuanto antes y apruebe en detalle los artículos de la constitución que, casi sin mirar, aprobaron sus partidarios. El domingo  hablaba de someter ya ese texto a un referéndum. Ahora reconoce que aún hay que aprobarlo en detalle y con prisa. Es otra expresión de conducta errática que sus asesores deberían ser los primeros en hacerle notar.
Infelizmente, las acciones buenas del gobierno, como las que combaten la corrupción, la desnutrición infantil, y los intentos de mejorar la educación y la salud, se deslucen ante la magnitud y frecuencia de sus tropiezos, especialmente políticos y diplomáticos.

El presidente está en un laberinto. Y sus asesores más inmediatos deberían alertarlo. Pero creo que más bien atizan la confusión que con frecuencia  impera en el primer escalón del gobierno. Parece ignorar que gestos de humildad y sinceridad pueden hacer mucho para reparar errores.

La aprobación entre cuatro paredes y sin lectura completa de textos constitucionales ha sido la gota de agua que ha rebasado el vaso de esta crisis. Este paso ha sido el “alea jacta est” de Julio César al cruzar el Rubicón. 

Ya no hay vuelta atrás.  Ahora el gobierno y su partido están encerrados en una lógica militar suicida: todo o nada. Los comités cívicos y  los prefectos no pueden evitar esa lógica. Tal como le dijo en una oportunidad, marcando diferencias, Lula a Chávez. A él, a Lula, como dirigente obrero, no le interesaba una victoria que arrasase con una fábrica con cuyos dueños negociaba aumentos salariales. En cambio Chávez, le reprochó Lula, actuaba únicamente en pos de la victoria sin importarle si la fábrica (y los puestos de trabajo) sobreviviría.          

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