Día: noviembre 16, 2007

El legado (turbio) de El Niño

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Este blog aún no existía cuando a fines de febrero pasado pasado escribí el siguiente artículo, publicado por Los Tiempos, de Cochabamba, y Hoja Sur, de La Paz, entre otros medios. Al ver anoche la TV que mostraba vacías las vitrinas de los friales y de los puestos de carne en los mercados, (y las protestas de las amas de casa por los altos precios) se me ocurrió  colocar el artículo  en el blog tal cual fue publicado hace ocho meses y medio.

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En Santa Cruz llovió durante 27 de los 31 días de enero. Fueron lluvias torrenciales y lloviznas persistentes. En febrero sólo 16 días no tuvieron lluvias, de acuerdo con el Departamento de Meteorología de AASANA. Eso marcó un récord de 300 litros de agua por metro cuadrado, o un turril (200 litros) y medio por metro cuadrado. El promedio de las últimas décadas era de 180 a 185 litros por metro cuadrado.
“El volumen que cayó en Santa Cruz fue impresionante. Fue como si en algún momento cada uno de nosotros hubiese estado sumergido en un metro y medio de agua”, me dijo Luis Sandóval Sandóval, meteorólogo de AASANA en Santa Cruz. Pero el agua en esta ciudad es absorbida con relativa facilidad por la condición arenosa del suelo y porque fluye hacia zonas más bajas del sureste. Eso no ocurre en el Beni, donde el terreno es más bien plano, es menos arenoso, no tiene los declives del de Santa Cruz y gran parte del agua permanece en la superficie del suelo. Esta diferencia explica en parte la tragedia que viven el norte y noroeste de Bolivia.
La furia de las lluvias, ya récord en Santa Cruz, fue aún mayor en el Beni.
En Trinidad llovió durante 24 días en enero, dice Sandóval, pero con un caudal 30% mayor: 396 litros por metro cuadrado. Es decir, casi dos turriles por metro cuadrado, de acuerdo a la comparación del meteorólogo. Y en febrero, llovió durante 16 días que acabaron por convertir la llanura en un inmenso lago de aguas turbias.
La magnitud de esta tragedia agarró desprevenida a la mayoría y puso en evidencia la imposibilidad de un país con escasos recursos como Bolivia de lidiar individualmente con desastres de esa escala. En el laberinto de cifras que trajeron los medios escritos y audiovisuales se destacan algunas que harían erizar los cabellos: 35 muertos (tal vez 40, y aún no se sabe de desaparecidos) 343.000 damnificados, muchos de ellos bajo grave riesgo de contraer enfermedades, y pérdidas materiales en principio estimadas en unos 100 millones de dólares en el Beni y otro tanto en Santa Cruz.
Es difícil no dudar de esos valores y pensar que son conservadores, sobre todo después de ver las imágenes transmitidas por la televisión y las fotografías que publicaron los diarios. Las dos últimas cifras representan un 2% del Producto Interno Bruto (PIB, el volumen total de la riqueza que genera en bienes y servicios el país a lo largo de un año). Si se les agrega el efecto multiplicador de las pérdidas y los daños a la infraestructura de caminos, el impacto del desastre sobre la economía será aún mayor. Es decir, la economía boliviana podría no crecer este año.
Supongo que el gobierno no ignora esta desagradable posibilidad y sus consecuencias.
No he leído ni he escuchado una cuantificación del efecto de dos cifras divulgadas por la Federación de Ganaderos del Beni: las riadas pueden haber acabado con siquiera 300.000 cabezas de ganado (medio millón, dijo un informe) y habrían colocado bajo riesgo a 1,1 millón de cabezas. Es decir, cuando menos el 10 por ciento de todo el ganado del Beni (3,2 millones de cabezas, según datos de la Federación de Ganaderos de Santa Cruz) puede haberse perdido. Combinadas las dos cifras, el 44% del ganado vacuno del Beni, el mayor rebaño del país, está amenazado.
No sin razón algunos dirigentes benianos han dicho que su departamento está quebrado.
Pero no es solamente el Beni. El rebaño amenazado representa un quinto del total de siete millones de cabezas de ganado vacuno que tiene Bolivia. La ganadería es un sector dinámico y sus altos y bajos repercuten sobre toda la economía: sobre el empleo, los servicios, el aprovisionamiento del mercado interno, la exportación. Hoy, todos esos elementos están en jaque y son ingredientes para la inflación. No se sorprendan si los precios de la carne y derivados empiezan a subir o si el producto escasea o desaparece de los puestos de venta.
Reparar los daños en la red caminera, graves en un país con notorias deficiencias infraestructurales, replantar los pastizales, mejorar la tierra y el repoblar las pampas de ganado será una tarea de años.
Un aspecto en particular llamó mi atención. El desastre estaba en pleno desarrollo antes y durante las fiestas de carnaval. Ninguna voz institucional se atrevió a decirle al país: Tenemos una tragedia de magnitud y antes que celebrar coloquémonos el corazón a media asta. ¿No creen que cualquier región que hubiese diferido el carnaval para dedicar esos días a socorrer a los damnificados se habría erigido en vanguardia moral del país? El gobierno perdió una magnífica oportunidad para convocar a la concordia, olvidar agravios recíprocos y exhibir una dimensión generosa. Un mensaje a la nación, llamando a la acción solidaria, habría dado un tono distinto y apaciguador a la atmósfera tensa que prevalece en el país.
Sólo en los últimos días pareció percibir la magnitud del desastre.
Hubo excepciones, sin embargo, como el llamado del Cardenal para volcar esfuerzos hacia las zonas damnificadas en vez de bailar. Pero fueron voces solitarias rápidamente apagadas por la algarabía carnavalera.