Día: noviembre 9, 2007

Crematorio de Cerebros

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Encontré en mi correo electrónico el siguiente artículo de Cristovam Buarque, un ícono de la educación en Brasil. La moraleja: La importancia de la educación, de poder leer (en los libros, por favor) y escribir, y el drenaje mortal que sufren los países con la falta de educación. Este y otros trabajos del profesor y senador brasileño Buarque pueden ser leídos en su página web:

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Es corriente el horror que se siente ante la brutalidad de los dirigentes que queman libros y apresan o matan intelectuales, como el emperador chino Shih Huang Ti, quien, 210 años antes de Cristo, decidió quemar todos los libros y matar a todos los estudiosos de su imperio. Hasta ahora, la Inquisición horroriza a la humanidad por el crimen de destruir libros y matar a los intelectuales durante la Edad Media. En Berlín, en el campus de la Universidad Humboldt, hay un local de reverencia indignada en donde Hitler ordenó quemar miles de libros.

Pero no nos horrorizamos cuando se impide que los libros sean escritos y que los jóvenes se transformen en escritores. Nos indignamos con la quema de libros y la prisión de escritores, pero no con la incineración de cerebros como en Brasil, al negar la educación al pueblo. Peor que quemadores de libros somos los incineradores de cerebros que escribirían libros si tuviesen la oportunidad de estudiar. La historia de Brasil es la historia del impedimento de que libros sean escritos y que florezcan científicos e intelectuales.

Cuando se quema libros, algunos se salvan. Pero si no son escritos, no hay nada para salvar. Cuando los escritores se salvan, ellos escriben otros libros, pero cuando no aprenden a leer, se queman todos los libros que podrían escribir.
Brasil es un crematorio de cerebros.

Al nacer, todo ser humano trae el potencial inmenso de un cerebro vivo y virgen. Como un pozo de energía a ser construido por la educación. En Brasil, el 13% de los adultos es analfabeto, apenas el 35% concluye la enseñanza media; de este total sólo la mitad tiene educación básica con calidad superior al promedio. Por tanto, 82% queda impedido de escribir, todos los libros son quemados antes de ser escritos.

Como si Brasil fuera un inmenso crematorio de inteligencia.

Las consecuencias son perfectamente perceptibles: basta ver el rostro de la escuela pública actual para ver el rostro del país en el futuro. A pesar de nuestros casi 200 millones de cerebros, el quinto mayor potencial intelectual del mundo, Brasil continuará siendo un país periférico en la producción de conocimiento. De la misma forma en que China retrocedió intelectualmente después de Shih Huang Ti, Alemania con Hitler, la Península Ibérica con la Inquisición, Brasil está perdiendo el potencial de sus cerebros interrumpidos. El resultado ya es visible: ineficiencia, atraso, violencia, desempleo, desigualdad, tolerancia con la corrupción y contravenciones. Un país dividido por un muro de desigualdad que separa a pobres y ricos, y separado de las naciones desarrolladas.

Durante años se habló de “decolar” económicamente. Se creía que para que un país tuviese futuro bastaba educar a una élite, a un pequeño conjunto de profesionales superiores al servicio de la economía. Formamos una minoría en la enseñanza superior, escogida tras rechazar a una inmensa mayoría en la educación básica y perdimos el potencial de decenas de millones dejados atrás.

O Brasil educa o fracasa, o educamos a todos o no tendremos futuro y la desigualdad continuará; o desarrollamos un potencial científico-tecnológico o quedamos atrás. Si la universidad es la fábrica del futuro, la enseñanza fundamental es la fábrica de la universidad. Sin una profesora de primaria que le enseñó las primeras letras, Albert Einsten no se habría vuelto científico. Nuestros Premios Nóbel murieron antes de aprender las cuatro operaciones. No podemos mejorar la educación superior sin una educación realmente universal y de calidad para todos.
Sólo el desarrollo pleno del inmenso potencial de la energía intelectual de los brasileños permitirá derribar el muro del atraso y el muro de la desigualdad. Pero eso exige que el horror que sentimos con los extranjeros que quemaban libros y sabios sea transferido a nosotros, incineradores de libros que no fueron escritos, de doctores que murieron analfabetos.

Incineradores de cerebros.

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P.S. Traducción libre del blog.