Mes: agosto 2007

Parada de la discordia

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El gobierno del presidente Evo Morales parece dispuesto a llevar a cabo el desfile mixto campesino-militar (en ese orden) el próximo martes. La concentración puede resultar en un gran fiasco para quienes la organizaron, con el supuesto propósito de ganar prestigio para el gobierno y afirmar la unidad boliviana. Nada de esto aflora a pocos días del acontecimiento. El gobierno no gana políticamente ni un ápice ni la unidad del país se ve fortalecida. Al contrario. Por todo lo visto y oído desde el anuncio del desfile, se tratará de la manifestación cívica más controvertida de los últimos años y la más repudiada por los inconsultos anfitriones.

En las dimensiones bolivianas, Santa Cruz representa la California de este país. Sumaba en 2002 el 30,3 % de toda la riqueza que produce Bolivia. El analfabetismo, que en todo el país era del 13,28 % hace un par de años, en Santa Cruz era casi la mitad: 7,26%. Y el volumen de las recaudaciones nacionales será este año en Santa Cruz probablemente superior al 40% del total registrado en 2004. Su población representará el 30% de los bolivianos en 2010 (3,1 millones de habitantes), con menos pobres (38 %) que el resto del país (58%). De la población cruceña actual, casi el 40% corresponde a inmigrantes. (“Santa Cruz es el crisol de Bolivia. Aquí se está formando la nueva nación”, dice sin ambages Isaac Sandoval Rodríguez, un cruceño notable.) Los datos, registrados por la página web de CAINCO (www.cainco.org.bo), podrían continuar en cascada para demostrar la condición exitosa de Santa Cruz, explicativa del porqué el gobierno ve con recelo y codicia política a esta región. Un punto importante ayuda entender todo el cuadro: este departamento lidera los movimientos autonómicos departamentales, que el gobierno detesta pues escapan de su control y le son adversos.

Hay alguna justificación para realizar ese desfile campesino-militar aquí y ahora? No encuentro ninguna. Sería, guardando proporciones, como realizar una parada militar con soldados norteamericanos en My Lai o en Ciudad Ho Chi Minh (Saigón). Pues muchos en el gobierno parecen ignorar (o no quieren saber) que hace casi 50 años hubo una masacre en Santa Cruz protagonizada por grupos de campesinos (así se los llamaba) de Ucureña. No hay novela costumbrista cruceña de los últimos años que no transite por ese escenario salvaje que contribuyó a marcar, hasta ahora con tinta indeleble, la relación entre cruceños y collas . Era obvio que el anuncio de que vendrán indígenas de poncho rojo –cual milicias, así no sean precisamente de Ucureña- evocaría aquel episodio. Además, ocurre en el momento menos oportuno: cuando la tensión gobierno-departamentos autonomistas crece y el desplazamiento de unidades campesino-militares suena a provocación. En política, nada suele ser casual. Pero si se pretendía irritar y amedrentar al movimiento autonomista el resultado puede ser un boomerang. El desafío acentúa el sentimiento autonomista de esta región y estimula una mayor solidaridad de los departamentos que sustentan similar posición. Además, la iniciativa para que otras organizaciones se sumen al desfile en ambiente festivo puede ahogar cualquier otra motivación no cívica.

En todo caso, esta parada promete ser un hecho novedoso entre las cosas raras que vienen ocurriendo en Bolivia en los últimos tiempos. Si, como se dice, desfilarán las 36 etnias bolivianas, debería convocarse a concurso entre los fotógrafos que tomen las mejores imágenes de algunas tribus tan minúsculas que en cualquier año de estos podrían desaparecer. Tendrían en sus cámaras verdaderos tesoros fotográficos. Imagínense si aparece alguno de los ocho guasaragues que se cree que aún sobreviven, o si algunos de los 32 pacahuaras de las espesuras de Beni y Pando salen de su hábitat para venir a desfilar en Santa Cruz. Los antropólogos deberían estar bajo alerta rojo y preparando maletas para venir a Santa Cruz. Se encontrarían ante una situación que jamás volverían a ver. En realidad –y lo digo con todo el respeto que esas etnias merecen- la imagen de representantes de tribus en peligro de extinción desfilando en El Trompillo sería algo digno de ver (y probablemente de impedir). Para los espectadores sería un paseo fulgurante por la historia de quienes han vivido hasta ahora en edades remotas y que de repente, por un acaso, aparecen ante nuestros ojos, quizá sin haber sido siquiera consultados. En todo caso, sería un hecho único y una prueba de genialidad boliviana.

(*) Harold Olmos, periodista boliviano (haroldolmos@hotmail.com) fue director de la Associated Press en Venezuela y Brasil