El siguiente es el más reciente comentario del diplomático Ramiro Prudencio Lizón. Su actualidad me lleva a compartir su lectura con Uds.
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El Congreso está por aprobar una ley contra el racismo. En verdad, pareciera que nuestro país fuese Sudáfrica, donde no hubo mezcla de razas y donde efectivamente, la población negra sufrió durante siglos un sistema de apartheid que la tuvo sometida y discriminada en forma inhumana. Pero aquí sucede lo contrario, porque no hay gran diferencia racial en la población boliviana. Cabe recordar la encuesta que propició hace pocos años el Fondo para la Democracia de Naciones Unidas, donde se determina que siete de cada diez bolivianos se consideran mestizos. Es decir, el 68% de los encuestados expresó sentirse mestizo, y sólo un 20% indígena. Los que se suponen blancos apenas sumaron un 5%
Esta encuesta destruye la creencia que dejó en Bolivia, el censo del año 2001, donde absurdamente había una pregunta muy poco clara, ya que su pretensión era cultural y no racista, que consultaba a la población nacional si consideraba tener un ancestro originario. Basado en ella, el gobierno del presidente Morales ha difundido en la comunidad internacional la idea de que una gran mayoría poblacional boliviana es indígena, la cual anteriormente estaba sojuzgada por un pequeñísimo sector descendiente de europeos. Esta profundización de lo indígena ha llegado al extremo de que se imponga una constitución política que privilegia al indio y divide a la nación por el racismo.
Cuando las repúblicas latinoamericanas nacieron a la vida independiente, todas ellas contaban con poblaciones indígenas que hablaban sus propias lenguas. Pero la mayoría se esforzó por unificar culturalmente su país en base a la enseñanza masiva del castellano o del portugués en el caso del Brasil. El resultado ha sido su conformación en verdaderas naciones, conjuntadas por el idioma, la religión cristiana y la tradición histórica.
En Bolivia se trató de hacer otro tanto, sobre todo después del conflicto del Chaco, ya que hubo la consciencia generalizada de que una de las causas del fracaso de la guerra había sido precisamente el hecho de que una mayoría de sus habitantes no estaba integrada todavía a la vida nacional. En consecuencia, se consideró perentorio intensificar el nacionalismo y encaminar la política hacia el levantamiento del indio con el fin de hacer de él un verdadero ciudadano.
Pero en los últimos años del siglo veinte, insensatamente se decidió cambiar esta política integradora por otra encaminada a indianizar al campesino. Se llegó al extremo de que hasta en la anterior constitución política se señalaba que Bolivia es un país pluricultural y multiétnico. Como era de esperarse, esta peregrina teoría ha dado sus frutos con el brote de un fuerte racismo, ahondado en el actual gobierno, al extremo de que en la nueva constitución, Bolivia dejó de ser una nación para convertirse en un Estado Plurinacional. Lamentablemente el señor Presidente y sus consejeros no han tomado en cuenta que la ONU ampara a las naciones de un Estado plurinacional que se sientan sometidas y explotadas por las otras y, algo más grave, les da derecho a separarse de dicho Estado, como ha sucedido con países de la Europa Oriental.
Es menester destacar además, que desde un principio, muchos de nuestros mandatarios y hombres públicos fueron hijos o nietos de mujeres de pollera. Por ello, se puede afirmar categóricamente que Bolivia es el país menos racista del continente americano. En consecuencia, y con el fin de superar estos indicios racistas, es necesario que los bolivianos comencemos a concebir al país como una verdadera nación, en base al reconocimiento de que la gran mayoría del país no es ni indígena ni blanca, sino mestiza: chola o camba. Y en cuanto a los indios, basta que aprendan castellano o se avecinen a una ciudad para que culturalmente sean mestizos. Por lo tanto, ¿para qué insistir en una ley antirracista, cuando la inmensa mayoría de la nación, probablemente un 95%, desciende de indígenas y se siente orgulloso de ese vernáculo ancestro?